lunes, 27 de noviembre de 2017

estrategias

Anoche tuve un sueño de aquellos que son muy difíciles de contar porque están llenos de arbitrariedades anti narrativas. Mucha gente en ellos, de distintas épocas de mi vida, y yo allí, tratando de estar a la altura y evidenciando todas mis carencias, mis ausencias, todo yo vulnerable y falible. 

Me desperté angustiado. Hice un poco de ejercicio porque la panza a comenzado a notarse de manera casi escandalosa. Me di un baño y salí de casa comiendo una manzana. Manejé escuchando un poco de la música que me gusta y no me hice mala sangre por el tráfico. 

Llegué a dar clases con la emoción de siempre, vi los ejercicios de mis alumnos de sexto grado y reí con ellos. 

Sin embargo, la angustia no se va. Esta sensación como de mal presagio que nace en el pecho y se extiende, si la dejo, hasta habitarlo todo. Recuerdo sentirla desde que era niño, solo que en esa época todo era mucho más solitario porque no sabía bien cómo etiquetarla ni qué hacer al respecto.

Aunque hoy mis estrategias no han servido de mucho, hay una certeza que me hace sentir a salvo o al menos no tan solo. Los otros, mis otros. Esos prójimos que han decidido quedarse y que con su sola presencia me recuerdan quién soy detrás del velo de la pesadilla de anoche. 

Por un lado está ella que es buena y me ama y le da sentido a las cosas que tengo que hacer y que a veces no sé por dónde empezar.

También está la familia que desde su brutal amor está de mi lado contra todo presagio.

Y los amigos. Los que están aquí cerca y de los que me ha separado el tiempo y la distancia. Ellos son un poco yo y quererlos es, también, una manera de quererme.

De esta última estrategia me agarro cuando todo lo demás parece fallar. Son los otros los que me me ayudan a rearmarme con su existencia. Desde ellos, a partir de su presencia o su recuerdo, recuerdo el sabor de la manzana que estaba comiendo esta mañana y la música acompaña llena de imágenes claras.

Desde aquí los abrazo. Porque solo su amor me salva cuando el hundimiento parece inevitable.




jueves, 8 de diciembre de 2016

Hola, profe

Hay algo profundo en mi relación con los alumnos. Hay algo de mí en cada uno de ellos. Frente a ellos, me encuentro con el que fui cuando tenía trece o catorce, cuando no sabía cómo decirle lo que quería decirle a la chica que me gustaba, cuando el mundo visto a través del filtro de mi emociones era un cúmulo indescifrable, cuando me sentía solo como solo un adolescente puede sentirse.
Tuve la suerte de estar rodeado, en parte, de un mundo adulto que me marcó un norte prometedor. Creo que fue por esa época en que me di cuenta de que quería ser profesor. 
Supongo que fue por la admiración que sentía y siento por esos mis profesores, por su manera tierna y directa de confrontarme, de reír conmigo, de ser papá/mamá, amigo (a), una mezcla de muchas cosas. En suma, de no soltarme.
A veces me pregunto cómo pude sobrevivir a mi caótica adolescencia y creo que la respuesta está en mi ámbito escolar, en mis profesores, en su serenidad.
He sido profesor de historia, inglés, literatura, historia del arte, entre otros tantos temas y siempre he disfrutado el proceso porque la materia se vuelve un excusa para el cotejo, para ofrecerles un espacio de mi mundo adulto y recibir la oportunidad de verme en ellos, falible, indagador, recordándome y comprendiéndome. 
Está tarde me encuentro con una alumna frente al helado de pistaccio de 4D y me lleno de una luz al verla. 
Ella me dice 'hola, profe'. Y yo me quedo pensando en Constantino, en Fabián, en Cecilia, en Fito y Arnaldo, en Mónica y Silvana, en Javier, en Raúl, en Wili, Susy, Miguel, Lili, Jorge, en todos. 
Ellos me enseñaron a querer ser una mejor persona. Un profesor como ellos.


sábado, 16 de abril de 2016

Los ochenta de mi tía Picha

Mi tía Picha cumplió hoy ochenta años.

Ella vivió, en su juventud, una temporada en Buenos Aires. Una temporada que la marcó tanto que, durante los años en que vivimos en su casa, nos pasábamos juntos largas horas sentados en la cocina fumándonos sus Salem mentolados y contemplando esos recuerdos porteños que renacían en su mirada perdida en otros tiempos.

Siempre me ha gustado querer a mi tía Picha porque no se deja querer. Cuando la abrazo efusivamente, se limita a darme un par de palmaditas en el hombro. Las veces en que le he dicho lo que la quiero, me ha respondido con un "ya, cojudo", tan suyo cuando no sabe cómo decir que algo que alguien hace por ella le gusta o la hace feliz.

Hoy cumplió 80 años y le han tomado fotos con los primos, con los sobrinos, con todos. Ella muy bien sentada, con un gesto neutral y la gente diciéndole 'sonríe, Picha'. Ella parece no escucharlos pero yo sé que no le importa. Como para que dejen de decirle, comento en voz alta que mi tía Picha sonríe por dentro. Y escucho a alguien por ahí que dice 'es verdad'.

Como regalo sorpresa, le han traído a una pareja que bailó tangos y bailó milongas. Hoy la he visto mirar, encantada por esa música que la transportaba, a pesar de su resistencia, a esos días que la marcaron y que habitan el cajón feliz de su historia.

He visto en sus ojos la melancolía de su temporada argentina, del golpe del humo de sus Salem mentolados, de sus cafecitos con leche evaporada, de sus castañuelas flamencas. 
La he visto cotejar esos recuerdos con el que nacía hoy: su hija Claudia tomándole fotos con sus primos, su hermana Mónica dándole la sorpresa del tango, su nieta Daniela animándola a bailar y su nieto Alonso mandándole besos por FaceTime. 
Y todos los demás, sus sobrinos, sus amigos de toda la vida. 

Hoy cumple ochenta años y yo pienso en escribirle algo mientras la miro bailar tango. Y me acuerdo que casi no tengo fotos con mi tía Picha.

Le pido que pose conmigo para un selfie y yo sonrío un montón porque sé que ella sonreirá por dentro.

Y, así, en el día de su cumpleaños ochenta, mi tía Picha me hace este regalo. Esta sonrisa por fuera vivirá en mi recuerdo siempre. 

Le digo que la quiero y me sonríe de nuevo, en lugar de decirme "ya, cojudo".


sábado, 9 de enero de 2016

un viaje

"Ten siempre a Ítaca en tu mente. 
Llegar allí es tu destino. 
Mas no apresures nunca el viaje. 
Mejor que dure muchos años 
y atracar, viejo ya, en la isla, 
enriquecido de cuanto ganaste en el camino 
sin esperar
 que Ítaca te enriquezca."
K. Kavafis

Hace veinte años me di cuenta de que quería irme. No sabía bien a dónde. Quizá fue un deseo inconsciente de escapar, pero la cosa es que quería irme. Había pasado tres años de mi vida viajando por trabajo.

Mi primera huida fue a los Estados Unidos. Tener familia allá hacía el plan mucho más viable y, de paso, me quitaba el peso de esa inminente e inconsciente necesidad de hacerme responsable de mi vida.

Inconsciencia. Gran parte de esos años los viví en un estado en el que me inventaba tareas imposibles para estar muy ocupado llevándolas a cabo y poder culpar a todo el mundo de mis frustrados intentos de ser feliz, de crecer, de tomar una postura.

Ese primer intento de emancipación no fue más que una suerte de extensión del cordón umbilical. Vivía en casa de mis tíos en donde no pagaba un centavo por nada, me dedicaba a escribir líneas intrascendentes pero con tono erudito y devoraba cantidades impúdicas de brie y coca cola. No hacía más. Según yo, quería estudiar en FIU pero lo único que hice al respecto fue presentar el TOEFL y averiguar que debía esperar seis meses para cambiar mi estado de turista al de estudiante, idea que hasta hoy me parece, también, una invención de mi miedo a fracasar.

Una tarde de tormenta decidí rapar mi melena de Lion-O y regresar a Lima. Así volví: como me fui. Solo que con la cabeza rapada.

Tuvo que pasar un tiempo más para emprender una nueva partida, una que me instalaría por más de una década en México, donde me convertí en el tipo que soy ahora. No sé si eso está mejor o peor pero, sin duda, me ha dado mejores resultados.

Allí conseguí otro trabajo gracias al que viajé mucho, esta vez haciendo lo que más me gusta: teatro. Hicimos funciones en teatros abandonados habitados por murciélagos, en plazas públicas sin pavimentar, en patios de escuelas rurales, en cines viejos, en pabellones infantiles de hospitales, en festivales, en salones de clase, en Casas de la Cultura. Cargamos escenografías y vestuarios en aviones, en autobuses, en las tolvas de camionetas, tiramos dedo en las carreteras; comimos en los comedores comunales, recibimos diplomas firmados por alcaldes de municipios difíciles de pronunciar, escuchamos discursos de funcionarios de gobiernos que hablaban sobre la importancia de la cultura, como no; dormimos en hostales, en colegios, en cuartos húmedos, en camas polvorientas, en suelos fríos; comimos garnachas, chiles rellenos y tacos dorados hasta hartarnos; fuimos celebridades fugaces en lugares perdidos, se nos llamó 'artistas' extendiendo los brazos hacia los lados al pronunciarlo.

Ese viajar no para llegar sino para vivir el trayecto y aceptar el cotejo con los demás me enseñó a mirar hacia dentro.

Esta semana, Patricia y yo recorrimos un largo camino, cargado de un simbolismo especial para nosotros. Al final del trayecto nos esperaba un pueblo que parecía pintado por Hopper, un faro, los mejores bagels que he comido en mi vida y una playa helada. Nos sentamos en una banca frente al faro, donde el camino termina en una inexorable vuelta en U que te regresa al lugar de donde viniste. Yo cebé unos amargos para mí porque a ella el mate no le gusta. Corría un viento helado. Y ahí estuvimos un rato, contemplando el paisaje sin decirnos nada.  

Recuerdo una tarde, hace muchos años, en que viajaba en autobús desde Orizaba a Zongolica, en la sierra del estado de Veracruz. Yo no podía dejar de mirar por mi ventana y me sentía conmovido por la belleza del camino. Hay un término en japonés, mono no aware (物の哀れ), que describe la capacidad de conmoverse, de sentir cierta melancolía al contemplar lo efímero.

El camino es hermoso y pasaba ante mis ojos, quedándose atrás y dejando en mí una melancolía intensa. Es importante contemplarlo porque, brevemente, nos habla de nosotros mismos, de nuestra belleza.

El camino me enseñó sobre consciencia. Contemplando el camino aprendí a quererme como soy y a hacer lo necesario para ser quien quiero ser. 

Hace veinte años descubrí ese impulso que me ha traído hasta aquí, que me seguirá llevando por rutas que me invocan con una voz antigua, que me invitan a calmar el paso y a mirar por la ventana para verme hacerme adiós con la mano.

viernes, 1 de mayo de 2015

desde mi eterno retorno


He vuelto después de cinco años. Y ya me estoy yendo. 
Esta ciudad ha permanecido intacta y también ha cambiado ante mis ojos impávidos mientras cotejaba el referente en mi memoria con la implacable realidad.
En estos días he intentado organizar actividades y visitas, buscando recorrer las mismas calles que hace tanto tiempo habité, cuando era otro, aquel que quería seguir aquí, vivir aquí, aquel que no sabía bien cómo irse, cómo dejar todo esto y desprenderse de este suelo que hoy vuelvo a pisar. 
Pero, sobretodo, cómo sobrevivir a la partida. Cómo hacer prescindibles todas esas presencias que no alterarían sus coordenadas y que parecían quedarse con algo muy importante.
He vuelto después de cinco años y sigo sin respuestas. Esa partida fue también un regreso pero hace tiempo me convencieron de que el regreso no existe. 
He vuelto a subir y bajar calles mojadas, me he movido bajo la lluvia con la soltura de un lugareño más, he abrazado y me han abrazado en mitad de la calle en encuentros no planificados que reacomodaron piezas que parecían inamovibles. 
Ya me estoy yendo. Tan solo como cuando llegué. Allá en casa me esperan lo ojos que ahora son mi norte.
Este norte apunta en otra dirección desde su neblina y yo ya nos soy el que fui aunque su importancia sigue pulsando en mí como los abrazos que me llevo y que permanecerán intactos en mi memoria, en decidida afrenta contra tiranos del olvido.

lunes, 6 de octubre de 2014

a quince años


Un día como hoy, hace quince años, estaba sentado en un ADO camino a Xalapa
El panorama era desolador: a la carretera le faltaban enormes pedazos que el agua había arrastrado en el transcurso de los últimos dos días a causa de la depresión tropical número once, según la versión oficial. No paraba de llover y el chofer hacía malabares para que el autobús pase sin desbarrancarse. 

El viaje, que según me dijeron duraría cinco horas, terminó durando once. Llegué a la ciudad de Xalapa pasada la media noche y me enteré que habían cerrado las carreteras y que mi autobús era el último en llegar hasta nuevo aviso.

Toda la ciudad estaba mojada. Mi maleta también.

Me había subido a un avión casi veinte horas atrás, en el aeropuerto de Lima, con más dudas que certezas y fingiendo no estar muerto de miedo. 
En Xalapa, demasiado lejos como para regresarme al primer ataque de nostalgia o pánico, me esperaba gente maravillosa. Me esperaban, también, una serie de situaciones que viviría y que me transformarían en el tipo que hoy las ve pasar a un pedazo de vida de distancia.

La primera casa en la que me hospedé quedaba al lado de una reserva ecológica, una enorme plantación de café. Mis anfitriones decidieron poner en pausa importantes asuntos que los ocupaban para recibirme, para amortiguarme. Traté de hacer muchas cosas para agradecerles de alguna manera, pero creo que ninguna me salió bien. Todo lo contrario. 
La primera semana ya había chocado el carro y tenía una cuenta por pagar de más de cien dólares en llamadas de larga distancia internacional. Estos dos hechos hicieron que mi tímida bolsa de viaje se viese reducida a su mínima expresión.

Pero no me rendí y quise seguir demostrando mi nocivo agradecimiento. Lo que realmente aprecio de mi amistad con ellos, mis primeros huéspedes en tierras mexicas, es que me siguen queriendo. 

Pocos días después, conocí a dos chicas que decidieron unilateralmente que lo realmente consecuente era llevarme de fiesta por la ciudad. Comenzamos en La Tasca, donde escuché por primera vez el son de aquellas tierras y me enamoré para siempre de su ritmo, de sus letras, del desparpajo con el que se canta. Me acuerdo que jugamos billar en un bar. Me acuerdo que aprendí a bailar quebraditas. Me acuerdo que entramos a decenas de bares porque una de ellas insistía en que quería cerveza de barril. Me acuerdo que me dejaron casi de día en la casa junto al cafetal y que el son seguía sonando en mi cabeza en medio del silencio de la noche en una reserva ecológica.

Me acuerdo, también, que me quedé solo muchos domingos. Estar solo es una cosa, pero estar solo en medio de una tarde de domingo en la que llueve a cántaros es algo completamente distinto. Todo aderezado por la inconmensurable distancia que me separaba de todo y todos los que había dejado atrás. Tenía mis libros, eso sí. Me aseguré de llevarme una maleta entera de libros. Eran los únicos que me salvaban del delirio de la no pertenencia. En la soledad de ese cuarto conocí a José Emilio Pacheco, a Guillén, a Lorca y releí en espiral a Ribeyro, a Rulfo, a Mempo Giardinelli, a Bryce, a Cortázar, hasta que una noche soñé con una voz de mujer que llamaba a los gritos a Horacio y me desperté por el ruido que esa voz causaba no solo en mi sueño, si no que también fuera de él.

Entonces decidí creer que en esa ciudad me esperaba mi maga. Que esos lugares que todavía no me atrevía a recorrer llevaban años esperando mi llegada, el cotejo, con una alta propensión al milagro.

Y, después, los hermanos. Esa gente que aparece ante uno e inmediatamente te das cuenta. Así, fui llegando para desembocar en un entrenamiento actoral de un año en el que aprendí más de lo que pensé que me permitiría aprender. Todavía hay tardes en que me siento en la terraza y cierro los ojos para verlos y verme, sentados en el suelo, confrontándonos, transparentes, hermosos. Hoy todos estamos repartidos por aquí y allá, pero también todos habitan aquí, conmigo. Ahora lo sé como esa noche en que escampó y abrí la ventana para que me llegue el olor que deja la lluvia tras de sí. Entonces, como si hubiese estado esperando a que me asome, se encendió la primera luciérnaga de mi vida ante mis ojos. Y, en su luz, descubrí a aquellos que había dejado en el sur poblando ese mismo páramo en el que esta noche acampo.

También encontré familias que decidieron hacerse cóncavas y contenerme en la tibieza de sus detalles, de sus confianzas; encontré demonios sin nombre que han vivido conmigo desde siempre; encontré calles que subían, empinadas, solo para volver a bajar; escenarios de tierra y sin techo, inmensos salones de clase que no se terminaban de llenar; andenes de estaciones en las que no me esperaba nunca nadie; caminatas nocturnas, bordeando el lago, al final de una función.

Recuerdo, al azar, la casa comunitaria de la calle Alvarado; el frío al bajarse del autobús que llega antes de las seis am al DF, las clases de jarana en el taller de Ramón, en el Patio Muñoz; el café de las mañanas de primavera en el balcón de mi departamento; la Navidad comiendo sushi y viendo la trilogía de El Señor de los Anillos en un televisor que solo funcionaba si estaba de cabeza; los viajes al alba rumbo a Carrizal, el profesionalismo y el cariño de los dueños de la lavandería de El Dique; las enfrijoladas de La Sopa, siempre bien tarde; manejar un carro ajeno tarareando El Cascanueces a gritos; a mis alumnos del taller de periodismo y del taller de juego dramático; las madrugadas jugando Age of Empiresfingiendo que en el Teatro J. J. Herrera no hay fantasmas o contándole a la gente cómo era mi casa.

También extraño a la gente que pasó por esos once años de exilio voluntario y que se fue pero también se quedó. Yo entre ellos. 

Todavía los recuerdo mientras persiste en mí el vaivén de esos sones.

Hoy, a quince años de distancia, los abrazo.



martes, 24 de junio de 2014

plantar lechugas es una metáfora


Anoche hablaba con mi hermano. 
La vida, a veces, te impone uno o varios y te los tienes que aguantar. Yo soy un afortunado. Los que me tocaron en la repartición han sido un lujo. Unas temporadas más cerca y otras más lejos. Y lo que falta.
Anoche hablaba con mi hermano, uno que alcancé a agarrar al vuelo cuando él tomaba impulso hacia el norte. Me acuerdo clarísimo de la primera vez que fui a su casa y nos tomamos no sé cuántas teteras y el agua no se le hirvió ni una vez, prodigio que no se volvería a repetir más. El comedor era una pieza aparte de la sala porque la sala-comedor era taller de laudería-sala de estar del Pochote, un labrador negro, cabezón, medio pelotudo y adorable. 
Anoche, mientras hablaba con mi hermano, me enteré de la vida de algunos amigos en común, de la situación de mierda que se vive en esa ciudad que hace casi veinte años me recibió alejada de la compulsión violenta que hoy la amordaza y que hace cuatro años me intentó retener desatando una tormenta eléctrica la noche en que yo metía los últimos dos libros a la maleta. Me enteré, también, de que a pesar del entorno adverso él ha pintado la casa, ha puesto un mantel en la mesa, ha colgado un cuadro en la sala y hasta ha plantado lechugas en el jardín.
Anoche, mi hermano y yo nos hemos encontrado en la misma banca del parque virtual. Nos hemos descubierto de fácil sonrisa, de cara al mundo y habiendo librado al jardín de futuras inundaciones. Fue como si él hubiese atinado a traer la yerba y el termo con agua y yo el mate y la bombilla. 
La vida no ha sido fácil para ninguno de los dos. Sin embargo, el destino tuvo el detallazo de juntarnos hace más de diez años y de obligarnos a este cotejo que no termina y que me devuelve un reflejo certero, directo a la corteza como para que me deje de cojudeces y me ponga a hacer lo que tendría que estar haciendo.
Ayer lo he visto bien y me he dado cuenta que eso también ha sido verme bien a mí mismo. Y que, a mi manera, yo también he pintado mi casa, he puesto un mantel en la mesa, he colgado un cuadro en la sala. Y yo también he plantado lechugas en el jardín.

jueves, 13 de marzo de 2014

un buen tipo


Hace muchos años me fui con mi papá a New York. Éramos los dos solos caminando esas calles que él me llevaba varios años de ventaja imaginando. El viaje incluía un tour por la ciudad del cuál solo aguantamos los primeros 40 minutos y a la primera distracción del guía nos bajamos del bus y corrimos a escondernos en uno de esos cafecitos del barrio italiano en los que uno podría pasarse la vida sentado releyendo la cartelera.
Hasta el día de hoy ese viaje me dejó con la sensación de que New York tiene algo guardado para cada una de las personas que han pasado o pasarán por ella. O al menos te inocula esa sensación desde el primer instante del cotejo.
Una vez libres del tour y su guía, caminamos y caminamos. Mi papá me compró el reloj más bello que he visto en mi vida (mismo que años después me robarían en la esquina de Benavides con Caminos del Inca) en la tienda de relojes más linda que he visto en mi vida. Nos encontramos un paraguas negro minutos antes de que empiece a llover. Y eso nos pareció mágico como casi todo lo que pasaba a nuestro al rededor.
Desayunamos en una de esas bodegas que venden de todo, almorzamos en uno de los restaurantes con vista la pista de hielo que había en el Rockefeller Center y cenamos en Sardi's.
Estuvimos en los teatros. Nos subimos a un yellow cab. Y casi perdemos el vuelo de regreso.
Mi papá es un buen tipo. O al menos su intención siempre ha sido serlo. Puedo dar fe de ello. Tengo varias cosas que quisiera reprocharle, pero ese es otro tema. Pienso que tipos como yo siempre tendremos algo que reprocharle a alguien.
No sé bien por qué comencé a escribir esto. Supongo que hay días en los que prefiero ver pasar la tarde tomando un espresso es uno de esos cafecitos del barrio italiano y recordar que mi padre es un buen tipo.


jueves, 27 de junio de 2013

con Nilda, saliendo para el teatro


Ahora mismo tendría que estar escribiendo otra cosa, pero estas letras que en este momento encuentran una rendija me han venido pisando los talones desde hace ya varias semanas. 
Nilda era viejita desde que yo era chico. Ella siempre tuvo el pelo blanco y a mi corta edad eso era evidencia más que suficiente para saber que se trataba de alguien mucho mayor que todos. En realidad nunca supe su edad. Ni siquiera puedo recordar(nos) celebrando su cumpleaños. 
La primera vez en que me subí a un escenario para formar parte de un elenco profesional fue a principios de los años ochenta, en un montaje de Casa de muñecas que dirigió mi padre en la AAA. Yo interpretaba a Ivar y mi hermano Miki a Bob. Éramos un éxito. Sobre todo entre las chicas a las que les parecíamos encantadores con nuestros seis años y esos trajecitos de época. Compartíamos el escenario con Elva Alcandré y aún recuerdo cuando, durante la función, la veía tras bambalinas esperando para entrar a escena y me parecía que era otra persona. También formaban parte del elenco Ivonne Frayssinet, Germán Vegas Garay, Antonio Zevallos a quien le dio un infarto en plena temporada. Todavía recuerdo el gesto del hombre que llegó a darnos la noticia una noche mientras todo el elenco llevaba un buen rato repitiendo la misma frase como una suerte de mantra a destiempo: "qué raro que no haya llegado Antonio". También compartimos escenario con Nilda. Sobre todo Miki y yo porque ella tenía el papel de Ana María, la mujer que cuidaba a los hijos de Nora. 
A partir de esa temporada en la AAA, Nilda comenzó a frecuentar la casa, al igual que Elva, Ivonne y todos los demás. Me acuerdo de una fiesta de carnavales en el jardín de la casa que terminó a manguerazos porque Nilda le salpicó agua con los dedos a alguien. Al final  todos los hombres volvieron a sus casas con ropa de mi papá y las mujeres con ropa de mi mamá, además de sus prendas empapadas en bolsas de plástico.
Nilda nunca dejó de frecuentar la casa. Siempre nos contaba de los proyectos y más proyectos que tenía. Siempre vivía en unas casas enormes. Primero en una que ahora es un instituto, en San Isidro, frente a la Pera del Amor. Luego en un antiguo palacio miraflorino en los altos de un KFC.
Me acuerdo que a veces llegaba a la casa con la plata justa para el pasaje, pero siempre con un chocolate para mí, uno para Miki y uno para Riki (el hermano menor). Cuando Miki y yo crecimos, ella solo le traía chocolates a Riki, por lo que se ganó el apodo de Nilda Chokete, palabra esta última que reemplazaba a "chocolate" en el vocabulario temprano de mi hermano, el menor.
Después se atravesaron algunos problemas. Esos malentendidos que ocurren cuando alguien recomienda a otro alguien que termina no comportándose a la altura de la situación. Y, entonces, el distanciamiento. 
Varios años pasaron sin verla hasta que una tarde fría de junio, ya de grande, la vi entrando a El Peruanito de la avenida Angamos. Le dije a mi papá que parara el carro y bajé a buscarla. Se había pedido una empanada y un café kirma con leche. En esa época había optado por usar el pelo color castaño y se le veía mucho mejor.
Mi mamá llegó detrás mío y, entonces, el reencuentro.
Se comenzaron a ver más frecuentemente, pero eso no significaba mucho. La última visita que hizo a casa fue al cumpleaños sesenta de mi papá, hace ya algunos años. Casi no veía. Esa noche la acompañé a su casa en un taxi. Me contó de su nuevo proyecto, que le urgía tener una conversación al respecto con mi papá, con Ivonne, con Elva. El proyecto ya estaba a punto de concretarse, pero necesitaba hablar con todos, juntarlos a todos, como antes. Me dio su número de celular. Que no me olvide. Como antes. Había que juntarlos a todos. El proyecto estaba casi listo.
Hace unas semanas nos informaron por escrito que falleció el pasado veinticuatro de diciembre.
No puedo evitar sentirme triste cuando pienso en su partida y en la distancia que se había instalado entre nosotros y que nunca pudimos hacer a un lado. 
Ya casi son las cinco y media. Tengo que salir para el teatro. Es todo lo que puedo hacer. Salir para el teatro. Quizá el mejor homenaje que puedo hacerle en esta fría tarde de junio en la que ningún otro proyecto parece importar. 
Y esta vez no olvidarme de juntarlos a todos. Dondequiera que estén. Porque parece que, en el fondo, eso era lo realmente importante para Nilda. Juntarnos a todos y, así, vencer por fin a la soledad.  

martes, 28 de mayo de 2013

Armonía sin tiempo: milagro para diva y futbolista


ACTO ÚNICO
Escena única

Una playa mediterránea a horas de la tarde. El sol ha comenzado a perder autoridad y dota a todos los contornos y superficies de una aureola onírica. Una gran piedra que ha ocupado ese mismo lugar desde siempre. Semi sentada sobre ella, de cara al público, con los pies descalzos juntos sobre la arena, SOPHIA LOREN mira el mar como si estuviese leyendo algo fundamental en el dorado ondulante. Ella viste una sobria salida de baño de seda, enormes lentes oscuros: lleva el pelo suelto. Vemos y escuchamos que está susurrando algo que, al principio, no alcanzamos a entender (las líneas de Anita Ekberg en la escena de la Fontana di Trevi de La Dolce Vita, de Federico Fellini), como si dijera una plegaria o sostuviera un diálogo con ella misma.

SOPHIA LOREN
(como si le susurrara a un gatito)
Miau, miau, miau… Why you cry so much?
Miau, miau.

Después de unos momentos, LIONEL MESSI atraviesa la escena de izquierda a derecha, pasea por la playa sin un rumbo fijo. Le llama la atención, primero, la deslumbrante figura de la mujer en la piedra, intenta seguir avanzando abstraído a saber en qué ideas.

SOPHIA LOREN
(in crescendo, con sentimiento)
Marcello, where are you?
¡My goodness!
¡Marcello! ¡Come here!

LIONEL MESSI
               (Volteando hacia ella)
¿Perdón?

SOPHIA LOREN
(Saliendo de su abstracción, un poco avergonzada)
¡Ah! Scussi. Parlavo da sola.

LIONEL MESSI no ha entendido nada. SOPHIA LOREN le sonríe, encantadora, como complemento de su disculpa y él eso sí que lo entiende.


SOPHIA LOREN
(con acento napolitano y moviendo delicadamente una mano en el aire)
Pay no attention. I was talking to myself.

LIONEL MESSI menea la cabeza en señal de divertida negativa. Es tímido pero no le quita los ojos de encima. SOPHIA LOREN lo mira entrecerrando los ojos y piensa un momento.

SOPHIA LOREN
No me hagas caso. Estaba hablando sola.

LIONEL MESSI sonríe y está casi seguro de haber reconocido a la mujer de la piedra.

LIONEL MESSI
(acercándose como para salir de la duda)
No sos de por acá vos, por lo que veo.

SOPHIA LOREN
Parece que tú tampoco.

LIONEL MESSI
Y, a veces ya no sé ni de dónde soy.

SOPHIA LOREN
(con tono experimentado)
La crisis de los…, pero ¿cuántos años tienes?

LIONEL MESSI
Veinticuatro.

SOPHIA LOREN
(con divertida solemnidad)
Edad difícil. No me lo tienes que decir.

LIONEL MESSI
(avergonzado, buscando restarle importancia al asunto)
Y…

SOPHIA LOREN
(acogedora)
Tranquilo. Si te sirve de algo creo que vas por buen camino.

LIONEL MESSI
¿Por qué lo decís?


SOPHIA LOREN
No sé. Me da esa impresión.

LIONEL MESSI
Parecés muy segura de todo.

SOPHIA LOREN
(suspirando)
A cierta edad una puede sentirse segura de algunas cosas.

LIONEL MESSI
Claro, si vos sos Sophia Loren.

SOPHIA LOREN
(encantada de ser reconocida)
En este momento no soy más que una desconocida en la playa.

LIONEL MESSI
Le cuento a mi viejo y no me la cree.

SOPHIA LOREN
Entonces mejor no se lo cuentes.

LIONEL MESSI
¡Mirá que venir a encontrarme con Sophia Loren!

Una pausa.

LIONEL MESSI
Y seguro que no tenés la más mínima idea de quién soy yo.

SOPHIA LOREN
Todavía no. No me has dicho tu nombre.

LIONEL MESSI
(un poco para sí mismo)
Claro, qué va a saber Sophia Loren de fútbol.

SOPHIA LOREN
¿Juegas fútbol?

LIONEL MESSI
(buscando restarle importancia al asunto)
Y…

SOPHIA LOREN
(estirando la mano hacia él)
Soy Sophia.

LIONEL MESSI
(estirando la mano hacia ella)
Lio.

Se dan un cotidiano apretón de manos.

SOPHIA LOREN
(con énfasis)
Ya está. Ahora ya sé quién eres.

LIONEL MESSI
(un poco en broma)
Por favor, decímelo que a veces pienso que no sé más quién soy.

LIONEL MESSI se semi sienta sobre la piedra, a un lado de SOPHIA LOREN.

SOPHIA LOREN
Acabas de sonar igual que un tango que me fascina.

LIONEL MESSI
De tango sé poco, deberías preguntarle a mi viejo…

Una pausa.

SOPHIA LOREN
(cantando a media voz)
Decí por Dios qué me has dao’
Que estoy tan cambiao’
No sé más quien soy…
(continúa pero solo tarareando la melodía de Malevaje)

LIONEL MESSI
(mientras SOPHIA LOREN tararea)
No sé si a vos te pasa pero el mar hace que el miedo se vaya.

Por un momento solo escuchamos a SOPHIA LOREN tararear Malevaje y el sonido del mar.

LIONEL MESSI
Vos no sabés quién soy, ¿no?

SOPHIA LOREN
Eres Lio.

LIONEL MESSI
Sí, pero no sabés quién soy. Solo sabés mi nombre.

SOPHIA LOREN
Y que juegas fútbol.
Y que tu padre es un incrédulo.

LIONEL MESSI
Sí, bueno. Pero eso es todo.

SOPHIA LOREN
Hasta ahora, sí.

Una pausa.

LIONEL MESSI
Si nos hubiésemos conocido hace varios años, ¿vos te habrías fijado en mí?

SOPHIA LOREN
(fingiendo enojo)
Creo que no entiendo. No sé si sentirme halagada o agredida.

LIONEL MESSI
¡Perdoná! No he querido…

SOPHIA LOREN
(divertida)
Déjalo. Pregunta lo que quieras.

LIONEL MESSI
(complicado)
Lo que quería saber es si te habrías fijado en mí.

SOPHIA LOREN
(como buscando armar la escena en su cabeza)
Si nos hubiésemos conocido en otro tiempo, en otras circunstancias…

LIONEL MESSI
Eso. Un tipo como yo caminando por la playa. Así nada más.

SOPHIA LOREN
(quitándose los lentes oscuros)
Es difícil saberlo.

LIONEL MESSI
(ansioso)
Bueno, ¡así nada más! ¡Un encuentro casual!

SOPHIA LOREN
Yo ya no soy quien fui entonces.

LIONEL MESSI
(insistente, un poco angustiado)
Imaginá que nos encontramos, que no tenés ningún compromiso, que…

SOPHIA LOREN
(comprendiendo, acercando una mano al rostro de LIONEL MESSI)
Shh. (Pausa.) Tu corazón…

LIONEL MESSI
(Confundido)
¿Ah?

SOPHIA LOREN
Pienso que he visto tu corazón.

Silencio.

LIONEL MESSI
(tímido)
Sos una mujer muy hermosa.

SOPHIA LOREN
La belleza es cómo te sientes por dentro.

LIONEL MESSI llora.

LIONEL MESSI
(y el llanto menguando)
Yo miro dentro y…

SOPHIA LOREN
¿Qué ves?

LIONEL MESSI
(cerrando los ojos)
Mi papá dice que a los dos años ya estaba con la pelota… Y a los cuatro ya estaba jugando. (Una pausa.) No me arrepiento… Si bien tuvimos que dejar mucho de lado… No solo yo sino mi familia… (Una pausa.) Si tuviera que jugar gratis lo haría. El dinero te permite vivir mejor pero no es lo que me inspira… Él no tiene idea de las ganas que me dan a veces de salir corriendo… A estas alturas el rival que tenés delante da prácticamente lo mismo, porque sea quien sea tenés que dar lo mejor para poder ganar y salir adelante… Y a mí me entran unas ganas de seguir corriendo… De seguir de largo y no parar de correr… El pibe a los cuatro ya estaba jugando, dice mi viejo… Y a mí me dan unas ganas de encajarle dos piñas y salir corriendo… (Una pausa.) (Limpiándose las discretas lágrimas) Perdoná. (Breve pausa.) Mirá qué tipo raro, ponerse así con Sophia Loren.

SOPHIA LOREN
(ayudándolo a secar su rostro)
Si nunca has llorado tus ojos no pueden ser hermosos.

LIONEL MESSI
(justificándose)
La verdad es que no tengo nada de raro. (Una pausa.) Me gusta estar en casa. Me gusta disfrutar de mi gente. La verdad no hago cosas muy raras.

SOPHIA LOREN
(volviendo la vista de regreso al horizonte)
Todos tenemos nuestras rarezas…

LIONEL MESSI
(menos solemne)
Vos hablás sola.

SOPHIA LOREN
(confirmando)
Yo hablo sola.

LIONEL MESSI
Con un tal Marcello.

SOPHIA LOREN parece no haber escuchado la última frase. Los dos vuelven a la posición de frente al público, mirando al horizonte. Un silencio largo.

SOPHIA LOREN
(para sí)
Me hubiera visto fantástica dentro de la fontana.

LIONEL MESSI
(para sí)
Quisiera volver a ser un tipo totalmente normal, poder andar por la calle.

SOPHIA LOREN
(para sí)
Supongo que todo lo que nos ha tocado vivir nos ha convertido en la persona que somos ahora.

LIONEL MESSI
(mirando al infinito)
Como una gran obra de arte.

SOPHIA LOREN
(armando la idea)
Una milagrosa armonía sin tiempo.

SOPHIA LOREN y LIONEL MESSI se quedan semi sentados sobre la gran roca. El mar parece contarles secretos ancestrales y ellos escuchan, atentos. Se van dejando tocar por el carrusel de recuerdos que los reinventa. La luz va creciendo en brillo como si se reflejase sobre el mar, al tiempo que los últimos momentos del tango Malevaje suenan desde una fuente análoga oculta en algún rincón del escenario. La música les llega y no saben bien si viene de fuera o de adentro, hasta que lo entienden. Oscuro.

Miraflores, 5 de noviembre de 2011.