domingo, 23 de septiembre de 2007

con Aura, en la ciudad





Llegamos con un hambre enorme. Nos quedaban aún varias horas, así que salimos a la superficie en la estación marcada con el nombre Allende (buen augurio para mí, más que por afinidad con héroes patrios mexicanos, por el recuerdo del hombre que era un pueblo) y rodeamos la manzana para asegurarnos que el mapa que traía en el bolsillo era fiel. Encontramos el Teatro de la Ciudad y eso nos dio libertad para vagar sin rumbo fijo hasta las veinte, hora en que empezaría el concierto.
El DF nos recibió con una tarde de viento suave y frío, como contradiciendo al sol que se empeñaba en acalorar a los vendedores de piratería.
Vi en los ojos de Aura la emoción del irse. Aunque sea por una tarde, lejos de las vacaciones familiares o los paseos escolares. Fue una tarde en la que nos sumergimos en el tráfago de esa ciudad delirante y fuimos uno más de sus fieles. Caminamos tratando de formar parte, de pertenecer para reafirmarnos. Una sensación que, incluso después de tantas partidas y llegadas, me sigue fascinando.
En sus ojos había un brillo que reconocí mío desde años atrás. La atracción del vacío que te aterra y al mismo tiempo te llena de una emoción única, una invitación a poner a prueba lo que uno es, o lo que cree que es. Las ganas y el miedo. El miedo y las ganas. Ambos son parte de la decisión de irse. Porque cuando uno decide irse lo primero que cae a la mochila es el miedo, en cada rincón de la partida habita esa sensación de desamparo a la que uno está a punto de someterse. Y, sin embargo, agarras tus cosas y te vas. No es personal con nadie más que con uno mismo.
Aura y yo descubrimos aquella tarde que Bellas Artes acoge darks y personal de seguridad que te deja pasar al baño de a uno, como cuando estaba en la secundaria municipal y con inspector; que el Palacio de los Azulejos te invita a la plática y que se come las horas como si fueran pétalos de azúcar o nieves de limón.
Descubrimos que ella tiene una casona llena de libros viejísimos en Donceles y que no hay nada como el metro como medio de transporte (perdón por la transgresión, Drexler).
El concierto empezó algo tarde. Drexler se lució. Los lugares no pudieron ser mejores. Se cantaron todas las canciones. Faltaron algunas, pero siempre faltan algunas, así que se cantaron todas las canciones.
El concierto fue la excusa. Pero fue el cotejo con la ciudad, con el ser lejos de donde uno es cotidianamente lo que nos hizo volver con la sensación de que somos un poco más grandes, un poco más nosotros.
No quiero hablar por Aura. Tal vez ella un día lea esto y me corrija. Esta simplemente es la impresión unilateral de una linda tarde con Aura, en la ciudad.

3 comentarios:

Aura dijo...

No puedo contradecirte en nada, tu relato es fiel. Lo haces ver como si hubiera sido una tarde mágica, y lo fue, más de lo que se entiende, cuando se vive. Creo que nunca dejaré de agradecerte, fue el mejor regalo de cumpleaños.

Luftmensch dijo...

¡Qué honor!

Adriana dijo...

Yo tmb quiero un cumple así, con regalos especiales y diferentes :D
Besos