miércoles, 26 de septiembre de 2007

treinta y nueve escalones


Todas las mañanas (o casi todas) tienen un sabor al pasado. Tal vez es porque uno recién despierta y la guardia está baja y los viejos terrores asaltan aprovechando el descuido. A veces, bajo los treinta y nueve escalones desde mi tercer piso y me comienza a invadir una angustia a la que no le encuentro referente en mi realidad.
Lo que quiero decir, con estas o con otras palabras, es que a veces tengo miedo. Y, además, me da miedo admitir que tengo miedo. Y me da miedo sentir miedo.
Una de las sensaciones más fuertes que recuerdo de mi pasado no tan inmediato es el miedo. De alguna manera aprendí a procesar todo a través de él, siempre temiendo no ser o hacer de la manera aceptada por los demás y que se me reproche, que se haga público (aunque sea sólo para mí y mi juzgador), que lo que hago no es suficientemente bueno. Todo esto lo veo y lo entiendo ahora. Antes no podía. Me limitaba a conformarme con mi calidad de incapaz.
Será por eso que me he interesado por tantas cosas. Ahora, de adulto soy capaz de actuar en una obra de teatro de manera profesional, hornear un huachinango relleno de poro, kiwi y limón y cubierto de eneldo y mantequilla, organizar la producción de casi cualquier producto mediático, escribir un poema, cantar sin desafinar (tanto), emprender una campaña de prensa, dictar una clase sobre la incursión de Aníbal en Roma, hablar en inglés (casi) sin acento, tocar la flauta, memorizar tantos números de teléfono como sea necesario, resolver una (no muy complicada) ecuación cuadrática, recitar versos de Lorca y Neruda, entre tantas otras cosas.
Y hago todo esto por la misma razón por la que me angustiaba de niño: para sentir que soy aceptado. Digo aceptado, queriendo decir querido por quien soy.
Sé que mis habilidades no determinan quién soy. Pero sí la decisión de utilizarlas para hacer que los que me rodean se sientan queridos por quienes son y, en consecuencia, me quieran.
Creo que es mi forma de enfrentarme al pasado desde mi presente. Y recordarlo diluye la ansiedad. Y bajo los treinta y nueve escalones canturreando.
Sí. En mi caso yo vivo para que me quieran más.

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