miércoles, 31 de octubre de 2007

encumbrar volantines


Estos vientos los sentí en el sur, cuando las tardes de septiembre en Maipú se pasaban en la calle viendo a los viejos encumbrar volantines con el hilo curado enrollado en sus enormes carretes de madera.
Ante mis ojos, los volantines de colores parecían invitarme a que me uniera a su ondular despreocupado, sonreía en esas tardes de viento en las que comenzaba a ser conciente de la sensación de desarraigo que despertaban en mí, una sensación que hoy tiene nombre y que a fuerza de tantas despedidas se ha instalado en mi pecho como un recordatorio de mi extranjería.
Por ese entonces era un extranjero de estreno. Y los volantines fluían ante mí, y yo los miraba, y extendía la mano, seguro de que si lograba alcanzar uno me haría más ligero, me levantaría en su ondular y alcanzaría a ver mi casa, esa casa que se desvanecía en mi cabeza, que se venía abajo a más de tres mil kilómetros, ese pedazo de realidad que había tenido que dejar atrás para crecer un poco, así, de golpe.
Estos vientos los sentí en el sur, en una parte del sur que nunca llegué a comprender bien. Ahora miro al cielo límpido, libre de volantines y sus ondulaciones de colores. Y recuerdo todos los sures que dejé atrás porque no se dejaban comprender.
Hace una hora estaba sentado con Leticia, comiendo gorditas, a más de seis mil quinientos kilómetros y casi veinte años de distancia de aquellas tardes de septiembre. Me dijo que hay que aprovechar el fin de semana largo e irnos a alguna parte, fuera de la ciudad, lejos de aquí.
No sé si pueda. Todo lo que dejé y quisiera poder dejar atrás ahora no se deja ser dejado atrás. Todos esos sures que no se dejaban comprender son un espejo, mi déficit de atención conmigo mismo.
Llega el día en que uno deja de ser un mirón y se le otorga el carrete enorme, el hilo curado enrollado, el volantín de colores que sólo sabe ondular al viento.
Quiero ahora precisión, buen pulso. Escapar no. No sabría a dónde. Mirar de cara al cielo sí, al volantín que me invita a que me una a su ondular, ligado a mí, mi corazón de colores bailando allá arriba, vela que se hincha en dirección a casa.

2 comentarios:

Mirmidón dijo...

"Será por todo esto
que mi memoria se empina a ratos
como tus papalotes,
los invencibles, los más baratos
y levanta en peso
Narciso «El Mocho», para ponerte
junto a los elegidos
los que no caben en la muerte..."
Iba a escribir algo así, pero como las cosas interesantes le salen siempre mejor a los otros, te copié esta copla de Silvio. Va con el mismo cariño de hasta siempre.

Luftmensch dijo...

...y con la alegría de saberte rondando mis garabatos.