jueves, 4 de octubre de 2007

facu


No hace mucho tuve a bien agregar a mi lista de contactos del messenger a una chica que estaba en el mismo colegio que yo, un año abajo, que iba en la misma movilidad que yo y de quien estuve perdidamente enamorado, en silencio, durante varios de mis años de primaria y secundaria.
El destino nos volvió a poner frente a frente años después de haber acabado el colegio y, aunque quisiera decir algo distinto, no construimos una de esas amistades a prueba de todo ni tampoco me arrodillé ante ella y le confesé todos los silencios de mi adolescencia. Simplemente convivimos con el resto del grupo en el que nos encontramos y ya.
Hace algunos años, me llegó la noticia de su próximo e inexorable matrimonio, así que como regalo de bodas le escribí la breve historia del muchachito lleno de fobias e inseguridades que sólo vivía para llegar al momento del día en que ella aparecía en la puerta de vidrio del edificio y se subía a la combi de Víctor, la movilidad de Víctor. Ella vivía a pocas cuadras del colegio, así que eran pocos los minutos del trayecto (era la última en ser recogida en la mañana y la primera en ser dejada en la tarde) en que me dedicaba a contemplarla con disimulo y sonriendo por dentro.
No recuerdo exactamente si fue ella la primera en dejar de ser cliente de Víctor o si fui yo. No puedo encontrar ese pedazo de mi historia, la transición en la que me hice un poco más hombre y comencé a ir al colegio en la 73.
Sí recuerdo, en cambio, una tarde en que ya llevaba varios años de ser ex alumno y tuve que ir a recoger a mi hermano al colegio. Llegué un poco temprano. Me paré en la reja grande, la que da directo al lateral, esperando la hora de la salida. Algunos papás comenzaban a llegar y a amontonarse a mi lado. Yo me perdía mirando cómo habían crecido los que pocos años atrás eran unos pigmeos, cuando giré mi cabeza y la vi, parada a mi lado, también ex alumna, y sólo pude decir hola, cómo estás, tratando de hacerme el interesante y disimular que no podía evitar volver a ser el de antes.
Pero la cosa es que no hace mucho tuve a bien agregarla a mi lista del messenger. Por ninguna razón en especial. Simplemente caí en la cuenta de que tenía a todos los integrantes de ese grupo de amigos en el que coincidimos, menos a ella.
Desde ese día, cada mañana se conecta a eso de las diez, según la hora de estos meridianos, y en el extremo inferior derecho de mi monitor aparece su nombre sobre la leyenda “acaba de iniciar sesión” y la foto de un niño con la boca manchada de lo que parece ser chocolate (y que ojalá lo sea). Lo veo mirarme desde su ventana virtual, como quien observa desinteresado mientras saborea el último pedazo de ese chocolate y sonrío. No puedo explicarlo. Simplemente sonrío.
Esta mañana se lo conté. Se conectó como todas las mañanas, el cuadro en mi monitor y la sonrisa inmediata en mi boca. Así que hice un clic sobre su nombre y se lo conté. Ella me dijo que sabía a lo que me refería, que todo podía estar viniéndose abajo pero “Facu sonríe y me siento bien”.
Y me acordé de la sonrisa que aparecía en mi rostro, hace años, sentado en la movilidad de Víctor, cuando ella abría la puerta del edificio y se iba acercando a la combi y yo pensaba en todo lo que nunca le iba a decir.
Y pienso entonces que la vida es justa. Y que ella tiene una recompensa en la sonrisa de Facu, por todas esas mañanas que alegró en mí, sin saberlo, caminando desde el edificio a la combi y sentándose al alcance de mi vista.

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