martes, 23 de octubre de 2007

no es octubre, es el viento


No es octubre, es el viento. Toda una noche sopló y se lo llevó casi todo. Los que aquí quedamos podemos ahora, después del recuento de rigor, dar fe de los ausentes, de los que no amanecieron porque el reloj los sorprendió a media madrugada y sus fibras moradas dejaron una pestilencia que nos hace llorar como lloran los niños en su primer día de escuela, viendo esos brazos que se alejan y prometen, al mismo tiempo, que nada va cambiar, pero todo cambia bruscamente cuando ya no se ven esos brazos, cuando se pierden en la brillantez de la mañana y al rededor no hay más que extraños, muy sonrientes todos, eso sí, muy amables y con cara de comprenderlo todo y de estar ahí para lo que sea, porque comprenden el dolor, ese dolor que me hizo pensar que hoy ha pasado la muerte rozándome la vida dos veces, que ha dejado pisadas de lodo podrido en mi cama, justo hoy que el viento parió una mañana de frío que dolía en los huesos, una mañana de árboles caídos, de adioses.
Cuando la muerte ronda se me cierran los bronquios. El desorden de esta mañana no sólo estaba en las calles. Algo dentro de mí presagiaba los amagues de lo inevitable, el recordatorio sin fecha de vencimiento.
Podría caerme encima de golpe. Sin previo aviso, ni un presagio. Un golpe fulminante que me arranque de mí y de los demás. El no ser más. Pasar a ser un recuerdo que perpetuará mi vida hasta que la memoria del colectivo alcance. Y después nada. El no ser. Efímero y finito en este presente. ¿Por qué, entonces, no hacer más, siempre un poco más y desde la vida vencer a la muerte? La única certeza que tengo es la que me dejará sin más certezas. Sin embargo, hoy tuve unas cuantas. En parte porque desayuné con un alma buena y wingless, pasé la tarde con un hermano que no es hijo de mis papás y la noche se me fue entre ponche y tres luces que me hacen sentir feliz.
Y, entonces, la muerte cierra la puerta por fuera, sin hacer ruido y se desvanece escaleras abajo. Y la voz que tanto me alegra escuchar sentencia, imponente incluso a pesar suyo, "no es octubre, es el viento".
Y antes de dormir, escribo. Un poco más, siempre un poco más.

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