jueves, 11 de octubre de 2007

ocho años


Hace pocos días conmemoré, a última hora y sin alegorías, el haber llegado a México hace ocho años. Lo comenté un par de veces, tímidamente, pero a nadie pareció importarle lo suficiente.
Siempre me he considerado un tipo apegado a las liturgias. Nada muy pomposo pero, eso sí, hay que aprender, también, a ser reverentes, como dice Ofelia con la boca llena de razón.
El punto es que a nadie le pareció digno de reverencia el octavo aniversario de mi llegada. Y ahora que lo escribo me doy cuenta que a mí tampoco. Lo que intento reverenciar no es mi llegada, sino mi partida. Llegar, llega cualquiera y adonde sea. Yo podría haber caído a estas tierras por error o por "causas de fuerza mayor".
El punto de llegada, de alguna manera, no ha sido nunca algo de mucho peso en mi historia. El trayecto, un trayecto que es consecuencia de haber juntado la voluntad de mandar todo a la mierda y largarse. Eso es lo importante. Ese trayecto que acaba de cumplir sus ocho años me ha llenado la mochila de cosas, fundamentales algunas, prescindibles otras. Me ha llenado el álbum de rostros a los que vuelvo cada feriado, cada noche de insomnio, cada mañana mientras camino a la oficina.
Toda esa gente sin la que ahora no sería o seguiría arrivando a destinos casuales, sin encontrar, sin encontrarme. Prójimos todos que me han hecho y rehecho, en los que he vivido, dormido, crecido, huído y a los que puedo volver siempre en mí y en ellos.
Y recién puedo (o creo que puedo) escribir sobre esto, a varios días del aniversario.
Sí, estoy lleno de nostalgia (como dice Emmanuelle con la boca llena de razón, también). Pero no sólo de nostalgia de la tierra dejada atrás, y el jardín de la casa y los amigos. Cada instante de estos ocho años se cuela en mi nostalgia. Cada recuerdo que se instala en mis ratos ociosos dispara una ráfaga de nostalgia a bocajarro. Así han sido estos años y así seguirán. Un constante almacenar nostalgias que se descongelarán en un futuro.
Dentro de algunos años voy a estar a saber dónde, haciendo algo que (espero) me haga feliz, rodeado de otros prójimos que me celebrarán y me rearmarán. Y va a llegar este instante a mí, esta tarde fría de otoño frente a la computadora viajará a través de los años y las distancias. Quizá hasta escriba algo al respecto.

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