martes, 20 de noviembre de 2007

la vida me ha enseñado


Por ahí de mis once años, el mundo comenzaba a complicárseme de una manera que jamás creí posible. No digo que ahora, a mis más de treinta, el mundo ya no se me complique. Lo que quiero decir es que a esa edad comprendí que la vida es una serie de complicaciones, la mayoría de ellas relacionadas con el tener que conocer a otra gente, convivir con ella y, sobre todo, enamorarme de algunas.
Cuando tenía once años estaba perdidamente enamorado de una niña que era un año menor que yo, iba en el mismo colegio y a quien nunca me atreví a hablarle al respecto. Hoy en día tiene un hijo hermoso, no conmigo.
Tiempo después me enamoré de otra chica. A ella sí quise hablarle al respecto, pero me enteré de que había tomado la decisión de estar enamorada de un actor brasileño mucho mayor, menos tímido, más de moda y, sobre todo, más guapo que yo, lo que me hizo seguir en el cómodo y tibio anonimato.
Durante los siguientes años me seguí enamorando de la manera más irresponsable de casi todas las chicas del mundo que decidieron jamás tener un romance conmigo. Las negativas no fueron muchas, la mayoría eran negativas que yo me adelantaba a mí mismo para evitarme la penosa situación de expresar lo que sentía. Todas estas chicas a las que nunca me atreví a acercarme por el terror que me causaba la fascinación que producían en mí, se convirtieron en el conjunto denominado “beneficio de la duda”. Todos esos romances no concretados me otorgan el beneficio que me permite pensar que si hubiera tenido el valor de abrir la bocota y dejar de temblar, mis domingos de aquellos años habrían sido muy diferentes, al menos no tan solitarios y hoy sería un tipo (quizá) más seguro de mí mismo.
Hay historias que tengo muy bien acomodadas en la egoteca (gracias, Arce, por el término), en las que la chica más linda del momento decide ponerme atención ante la atónita mirada de todos los tipos que podrían haber pasado por modelos europeos sin el menor esfuerzo. Sin el menor esfuerzo mío, también, la chica más linda, esa que alborota a todos los alborotables, se abre paso entre todos los brazos que le ofrecen todas las cortesías posibles, hasta llegar al tipo que ni se molesta en inventar cortesías porque sabe que esas batallas se pierden desde el momento en que uno decide aventarse al ruedo: yo. Y ni hablar de la cara de cojudo con que recibo esos milagros, porque no hay peor cara de cojudo que la de un tipo que tiene ante sí a la Venus naciente y trata de hacerse el canchero.
Cuando todos los demás dejan de odiarme y comienzan a conformarse con las amigas de la chica más linda, yo dejo de hacerme el canchero e intento ser lo más honesto posible. Esto, naturalmente, conmueve a la chica más linda al punto que decide confesarme que hace ya mucho rato ha decidido quedarse conmigo, lo que me pone a imaginar un futuro juntos con hijos y perro en el jardín que me dura hasta que acaba la fiesta o llegan sus papás a buscarla y corte a: el ex canchero no sabiendo qué hacer con el futuro con hijos ni con los perros de mierda que le tienen el jardín todo cagado.
La vida me ha enseñado. Hoy, a mis treinta y pico, sigo solo. Y mientras más paso tiempo solo, más me acerco a la versión de Charly Brown que fui décadas atrás y que tal vez nunca he dejado de ser. No reniego de mi situación. Podría decir que soy un tipo mayormente feliz. Al menos cuando no me lo estoy cuestionando tanto. Pero sucede que hay días en que me despierto, me meto a la ducha, voy a trabajar, doy clases y regreso al departamento a comer algo, tal vez leer y acostarme a pensar si será que la vida me tiene preparada la sorpresa de que alguna de las mujeres que quise y quiero me rescatará de mi déficit sentimental o si estoy condenado a la ofrenda esporádica de la chica más linda del momento dedicada a mí, ante la mirada atónita, a estas alturas, incluso de mí mismo.

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