jueves, 29 de noviembre de 2007

lo que quisera explicar

Quisiera que pudieran ver desde mi escritorio pegado a la pared, con una ventana enorme y sucia en los bordes (las arañas llevan casi el mismo tiempo que yo habitando la casa en esos rincones y yo las dejo porque en verano son increíbles con los mosquitos) desde donde domino la ciudad a tres pisos de altura, la ciudad de noche, esta ciudad, esta noche en que la neblina es una nata que impide ver más allá de la vereda de enfrente sin que los límites entre las cosas no se pierdan, no difuminen el carro estacionado desde hace años en el mismo lugar, la antena de televisión del la casa de enfrente y lo único realmente nítido sea mi imagen en la ventana, reflejada de regreso, ese resplandor blanco que el monitor impone sobre mí, sobre las lunas de mis lentes chuecos y rallados, el rabo del ojo que se clava en los números del reloj digital e invaden durante sólo unos segundos mi mente con esa información: 10:44 y pensar, la llovizna testaruda que no sostiene la nota de su desplome, el teléfono agonizante que sólo suena por error y los dos tomos del diccionario de la real academia española que no contienen ninguna palabra que defina algo de lo que quisiera explicar, como por ejemplo, un hombre que barre todas las mañanas minuciosamente la entrada de un edifcio y al que yo veo barrer todas las mañanas en que camino a la oficina hasta que un día se me ocurre, lo decido en el momento, en ese momento repetido demasiadas veces como para que siga pasando inadvertido y le digo, buenos días, y el momento se vuelve otra cosa, cobra peso, valor, y cada mañana, buenos días, lo preparo varios pasos antes de llegar al punto exacto y a veces él me ve acercarme y detiene su barrer o su sacudir, las manos juntas en la cima de la escoba, me sigue con la mirada debajo de su gorra y me dice, buenos días, amigo, que le vaya bien. Amigo.
Cuadras atrás me acabo de cruzar, como casi todas las mañanas, con una bailarina de esas que bailan con sólo mirarte a los ojos y uno perdido en el vaivén de vida que emana de su cuerpo aunque sigue caminando por una calle cada vez más gris y fría a excepción de su casaca verde (es la que más recuerdo) y cómo nos ignoramos primero, nos movimos la cabeza en señal de saludo, después, para finalmente terminar deteniéndola en medio de nuestras carreras contra el reloj a las siete y media de una de esas mañanas y decirle que sus ojos, que el vaivén de su cuerpo, porque días atrás la vi bailar y era tan mágico y cotidiano como verla andando sobre la misma acera, detenerla y darle un beso de buenos días que me arregló la mañana, el día y muchas otras cosas que siguieron y que ella no imagina siquiera. Un beso.
¿Ocupar mi lugar otorgará, además, la sensación de querer al amigo y a la bailarina?
No sé. Sigo sentado frente a la ventana y la niebla sigue difuminando todo lo que mis ojos alcanzan a ver a tres pisos sobre el nivel del suelo. Todo difuminado menos para lo que me faltan palabras. Nítidos el amigo y la bailarina. Furtivos en mi recuerdo explicándose, explicándome, en medio de la niebla que sigue bajando.

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