miércoles, 12 de diciembre de 2007

alguien a quién recordar de memoria cuando estoy de viaje

Siempre que regreso de un viaje me paso horas pensando, mientras miro el paisaje aereo o terrestre, en que la estación última me espera en singular, en que voy a arrastrar mis maletas solo y voy a tener que bajar la penosa rampa que desemboca en el sitio de taxis.
Y esto no aplica solamente para los viajes largos. Durante cuatro años me trasladé a clases cada sábado haciendo un recorrido de dos horas de ida y dos de vuelta. Llegaba a la soledad de la terminal, con mi mochila al hombro, casi a las once de la noche y pensaba en el vacío de la llegada, de mis llegadas, nada más que el detalle de saber que nadie espera en el andén de la estación ni en el departamento.
Puedo estar pasando por un momento de armonía conmigo mismo, pero la llegada a una estación vacía siempre me ha parecido algo muy triste, aunque no siempre me ponga triste.
Simplemente llego y percibo la sensación, ahí. Y me voy a casa.

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