sábado, 15 de diciembre de 2007

el hermano de miki


Cuando se instaló en la enorme panza de mi madre yo me dedicaba a lanzarle los juguetes. La idea de su llegada era algo que ni siquiera podía comprender, pero que sabía que había que rechazar.
¡Es un Beattle, señora!, le dijo el doctor a mi agotada madre porque el redondo ser traía el pelo hasta los hombros.
Miki era una bola, literalmente. Sus cachetes eran tan prominentes que alteraban sus rasgos hasta lindar con lo oriental. Su cuerpo era un repetición de rollos de carne que a mí me provocaban muchos nervios y me obligaban a amasarlo y pellizcarlo de la emoción, a lo que el pobre Miki de estreno respondía llorando.
Cuenta la leyenda que los pellizcos y las amasadas continuaron por un tiempo indefinido hasta que un día mi madre, alertada por mis pedidos de ayuda, corrió para encontrarme atrapado debajo de un Miki que expermientaba los albores de su hacerse respetar.
Crecimos y yo me convertí en el típico y a veces insoportable hermano mayor. Ideaba planes descabellados y quien los llevaba a cabo era Miki, no sé si ingenuamente o simplemente porque le gustaba verme contento. El final era siempre el mismo: mi madre hinchada de impotencia y desesperación al ver el resultado de mi plan (por lo general catastrófico) y un Miki que era inmediatamente exonerado mediante la frase "tu hermano es el inventor de la pólvora". Acto seguido se dictaba la sentencia de acuerdo a la cual debía permanecer en mi cuarto el resto del día. Miki siempre insistía en que él prefería quedarse conmigo dentro del cuarto hasta que termine el castigo.
Los días de verano tenían una estructura en la que amanecíamos bien bañados, desayunando en la terraza, viendo caricaturas en la tele (The Beatles, Krazy Kat, Cool Mc Cool). A media mañana comenzábamos a jugar a algo en el jardín. Después de almuerzo nos peleábamos. Por lo general, a media tarde estábamos castigados y nos pasábamos el resto del día ideando artimañas para conseguir el perdón de la mamá.
Una de las imágenes más vivas que guardo es la de Miki y yo sentados en nuestras sillitas verdes, frente a la mesita comiendo alcachofas, remojando las hojas también verdes en una fascinante mezcla de jugo de limón, sal, pimienta y un chorrito de aceite. Es una imagen con sabor y olor. Los dos en pijama, bien abrigados, sin pensar lo que sería ese futuro que ahora es nuestro presente.
Para mi papá, Miki era Trigorin quién sabe por qué asociaciones. Para mi mamá, Miguelito. Para mí era Miguel. Luego llegó Ricardo, con sus experimentos lingüísticos, y lo rebautizó miles de veces. Miki fue después, con los años.
Ya de grande fui reconocido varias veces en la calle como el hermano de Miki, lo que me ha otorgado entrada a fiestas, chela gratis, datos de pichangas e incluso me ha salvado de broncas callejeras y posibles asaltos. En ninguno de estos casos fui llamado por mi nombre. El ser el hermano de Miki era más que suficiente. Y todo terminaba con la misma frase: "mándale saludos a tu hermano".
Una vez le escribí, de regalo de cumpleaños, unas líneas. No sé si se acuerde ya. Fue hace muchos años, en la quinta de Colón, en una Lima que a veces pienso que ya no existe más.
Pero esas líneas siguen resonando en mi cabeza aunque no tenga la menor idea de dónde haya quedado ese papelito. Hablaba de juegos de cartas inventados por él y que sólo podía jugar conmigo, de los dibujos y las tardes enteras jugando en el jardín con todos los juguetes del baúl.
Miki me ha pagado vacaciones en Lima, ha sido mi aval, me ha dado copia de su tarjeta de crédito, me ha defendido, me ha mandado a la mierda un par de veces (merecidamente, seguro), me ha dicho que soy un huevón (y con razón, seguro, también), me ha regalado lo que quería en alguna Navidad o cumpleaños, también cuando ingresé a la Católica; cosas estas (al menos las tres primeras) que yo difícilmente podría hacer por él.
Un sábado de noche salimos juntos del departamento en el que vivíamos entonces, en la residencial San Felipe, porque los dos íbamos hacia Miraflores, aunque cada uno con destinos distintos. Al llegar al Parque Kennedy, nos encontramos con un pequeño escenario, una discreta multitud de unas trecientas personas y G3 tocando en vivo. Nos acercamos, aunque no mucho. La multitud, si bien discreta, parecía preparada para todo y los oficiales de serenazgo estaban atentos a cualquier intento de disturbio. Miki se quitó la cangurera, la billetera, el reloj y me entregó todo mientras me decía "ahorita vengo".
Lo vi perderse entre la multitud y su pogo, para luego verlo aparecer trepando la "rejita" de seguridad que separaba al escenario del público. Los oficiales de serenazgo iban y venían sin saber qué hacer, como los policías en las películas de Chaplin. Miki ya estaba arriba, ya se había hecho pataza de los músicos de G3 con una sola mirada y se lanzaba de regreso hacia la multitud.
Yo estaba bien atrás. Me sabía incapaz de hazañas de ese tamaño. Tal vez cuando sea más grande. O menos pelotudo.
En el fondo siempre he pensado que Miki es el hermano mayor y nunca nadie me lo dijo.

1 comentario:

Mikibadulaque dijo...

Siempre quise que me vendieras la primogenitura por un plato de lentejas, para mi mala suerte no te gustan las lentejas (o al menos no te gustaban durante el tiempo que yo pretendía ser primogénito o el chonan como diaria los amigos orientales). Pero en fin todo es como debió ser: el ying y el yang, blanco y negro, cara y sello, etc.
Tu eras Batman y luke Skywalker, mientras yo era Robin y me conformaba con Han Solo.
No crees que hubiera sido muy aburrido si los dos fuéramos los que creábamos, o los que realizábamos los planos?, o si los dos hubiéramos sido pacifistas (en términos del Bastardo), o badulaques (en términos de tus amigos los pacifistas).
Bueno y para terminar creo que en la vida todos somos dependientes de otros, y así como tu fuiste el hermano de Miki yo fui el Hijo de Joaquín.