martes, 11 de diciembre de 2007

ganso

Hace diez años fui contratado en la Orquesta Filarmónica (por ese entonces de la Universidad de Lima) donde tuve la alegría de conocer al Ganso, un mexicano de talla y corazón enormes. Pero eso lo descubriría después, porque lo primero que se descubre con el Ganso es la fascinación que produce todo proyecto que te cuenta, a tal punto que sin saber cómo o desde cuándo te ves inmiscuido en alguna locura interdisciplinaria que no tiene más fin que hacerle bien al alma. Él era el director de la orquesta y yo de música clásica sabía poco y nada. Durante casi un año estuve metido en ensayos de hasta cuatro horas, porque algunas piezas no más no salían. Aprendí a distinguir un stacatto de un legatto, un glockenspiel de un contrafagot y que Bach y Mozart no se iban a emborrachar juntos.
El año se fue volando y la posibilidad de que en el Perú un proyecto artístico de la calidad del que se gestaba con la OFUL sobreviviera, también.
Luego me fui a México (me vine a México, más bien). Él me recibió en Xalapa una noche antes del cierre de las carreteras del estado a causa de las lluvias de aquella temporada. A la una de la mañana estaba parado, fumando, en la puerta de llegadas de la estación instalada en lo alto de una colina de la que toda la lluvia del mundo parecía resbalar, dejando a la ciudad en una posición privilegiada.
Llegué a su casa, choqué su carro, hicimos una versión sinfónica de Hamlet, teatro incidental para música como le llama él; con el tiempo nos fuimos de su casa a un sótano en el que la nostalgia se había instalado antes que ninguno de lo dos. Pese a todos los cuidados, las dos palmeras que compró para darle vida al sótano fueron muriendo poco a poco. Y ahí me dejó. Se fue de regreso a Lima en donde se quedó a vivir porque uno tiene que hacer lo que tiene que hacer, aunque sea difícil, aunque te eches encima a la mitad del mundo y a la otra mitad también.
Pasó mucho tiempo para volverlo a ver. Fui a Lima, tres años después. Caminamos al Haití y hablamos de nada en particular. Tomar un café con un hombre en vías de ser feliz es siempre una lección de vida.
Yo me regresé a México y él hizo lo mismo tiempo después. Fui un par de veces a verlo pero las dos veces estaba de viaje, dirigiendo.
En este último año vino a dirigir un par de veces a Xalapa y pude disfrutar de ese viejo diálogo.
Hace un mes me llamó por teléfono y me dijo que la sinfónica de Xalapa, que un concierto de Navidad. Cuando colgamos, yo era el narrador del concierto de Navidad de la sinfónica.
Y vino, de nuevo. Y hablamos, comimos, nos tomamos no sé cuántos cafés. Yo ya no fumo, así que le critiqué que él insista con eso. Hicimos un concierto en Xalapa y otro en Veracruz. Después nos fuimos a los portales porque él necesitaba volver ahí después de no sé cuántos años. Dos cervezas. Aguanté ochenta voltios de electricidad y un señor con su vejestorio nos sacó una de las tres fotos que tengo con él.
El Ganso es una pieza fundamental de quien soy ahora. Un ser humano con todo lo que el término invoca, así de grande (y esto no tiene nada que ver con sus dos metros y pico) y bello.
No confundan las cosas. No nos llamamos por teléfono cada quince días ni nos escribimos emails larguísimos y melancólicos. Simplemente nos volvemos a ver y nos tomamos un café y nos contamos lo que es trascendental en ese momento, así haya sucedido durante la edad media o esa misma mañana.

El hecho es que estuvo aquí. Y nada reconforta más que el cotejo con un amigo, de esos de verdad, de esos que le hacen bien al alma.

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