jueves, 24 de enero de 2008

los ángulos más agudos

Algunas mañanas me instalo en la angustia. Es como si a fuerza de tantos años de vivir angustiado, una parte de mí no me considera merecedor de tranquilidad.
Aunque no tenga nada por qué angustiarme, mi cerebro comienza a hilar ideas, a examinar las cosas de todos los puntos posibles y termina encontrando una razón cualquiera para justificar mi angustia.
Algunas de estas razones, debo admitir, son sencillamente ridículas. Como angustiarme porque tengo que entregar algo en el trabajo que, según yo, no satisfará las expectativas de los demás o porque alguien no me ha hablado y me convenzo de que es por algo que hice o dije para que dejen de quererme.
Es un instinto neurótico que me contrae el estómago y me pone triste conmigo, con lo que soy incapaz de procurarme. Tengo varios métodos para contrarrestar este instinto, o al menos deshacer su avance matutino, pero no consigo más que apaciguarlo hasta obtener una prueba irrefutable de que mis sospechas no tienen lugar en la realidad.
Hoy, por ejemplo. Me despierto y salgo de casa con este vacío en el pecho. Esta sensación de abandono, esta condición de incapaz de la que una parte de mí trata de convencerme. Llevo la mañana entera tratando de encontrar paz en mí. Sucede por momentos, cuando no me dejo tiempo de ponerme a pensar en nada. Las noticias que en otro momento me alegrarían la semana, ahora pasan frente a mí, cabizbajas, disimulando su buen augurio. En cambio, cualquier eventualidad fútil cobra dimensiones pantagruélicas y se convierte en alimento para mi malestar, a través de procesos mentales complicadísimos.
Y de repente sucede. Todo me prueba que no hay por qué angustiarse. No paro de hablar, de bromear con la gente a mi alrededor. Vuela de mi pecho la mariposa negra que me mordía la garganta.
Cómo lograr que esa sensación se vuelva natural, cómo hacer de ella un instinto matutino cotidiano y reemplazar esa angustia que espera, agazapada en los ángulos más agudos de los trozos irresueltos de mi historia.

Música incidental: Wise up, Aimee Mann(extracto)


1 comentario:

El ornitorrinco dijo...

"Vuela de mi pecho la mariposa negra que me mordía la garganta"... queda para la posteridad, sin sobresaltos, simplemente, queda.