lunes, 7 de enero de 2008

no duden de mi presencia


Hoy he vuelto oficialmente. Llegué a México el viernes pasado a las seis de la mañana y, por lo que llamaré caprichos del destino y no mencionaré en este post, llegué a casa a las ocho de la noche.
Pero, oficialmente, llegué hoy.
Hoy sonó el despertador a las seis y media, lunes gris con promesa de sol resplandeciente. Como siempre, lo volví a programar de manera que me permita quince minutos más de sueño.
A las seis y cuarenticinco estaba prendiendo mi desvencijado boiler (palabra que hace referencia al aparato a gas que calienta el agua para la ducha), guardé mis cosas en la mochila y busqué algo que ponerme mientras me congelaba en mi departamento. Me duché y a las siete y media salía rumbo a la chamba con los oídos bien tapados por una melodía de Jon Brion. La mañana, soleada para ese entonces, me recibió como si nunca me hubiera ido, como si en cada uno de los días de mi ausencia un tipo idéntico a mí hubiera salido de la puerta verde de mi edificio, mochila al hombro y audífonos a la cabeza, y hubiera cubierto el recorrido diario, mí recorrido diario.
A veces pienso que uno habita en sus lugares incluso cuando anda habitando otros lugares, de manera temporal o menos temporal. Y esto es posible en la medida en que los prójimos con quienes uno ha habitado esos lugares sigan habitándolos. Es el otro el que nos concede el secreto de la permanencia múltiple, de una ubicuidad que si bien no nos permite modificar nada del entorno (excepto cuando se trata del modelo primero), nos otorga el regalo de ser en los demás, en quienes fuimos desde nosotros en algún pasado y desde quienes somos ahora que dejamos esas geografías atrás.
Muchas veces recorrí la avenida Pardo de noche, completa. Algunas veces solo. Otras acompañado. Hace unos días lo volví a hacer, después de mucho. Caminé con Melisa con dirección al mar y ahí, con nosotros, venían todos los que me acompañaron en las noches otras: Cayo, ese veintiocho de julio en que no nos quedó más que caminar la ciudad entera de un extremo a otro; Mari, en una de esas noches en que quedarnos quietos en los "cubitos" no era un opción; Solange, cuando nos encontrábamos de casualidad; Valeria, cuando terminamos siendo amigos gracias a su persistencia.
Esa noche ella habitaba, tanto como Melisa y como yo, las gastadas veredas de Pardo. Yo la recordaba y habitaba desde mí esa ciudad que se empeñó en que nos quedemos juntos. Porque uno habita y permite que los prójimos imprescindibles habiten con uno, perpetuando presencias, venciendo desde nuestro recuerdo a la ausencia y a la muerte.
Hoy he vuelto oficialmente. Eso lo tengo claro. Pero si una noche les parece verme sentado en una banca de Pardo, por favor, no duden de mi presencia.

Música incidental: Nightswimming, R. E. M.(extracto)

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