domingo, 10 de febrero de 2008

adiós


Esta mañana iba en un autobús que salía de la Ciudad de México hacia Xalapa, disfrutaba de uno de los momentos más lindos de la vida que es cuando te das cuenta que se ha subido el último pasajero y el asiento de al lado queda vacío, entonces te quitas los zapatos y tomas posesión del espacio cedido. Miraba por la ventana cuando vi que, desde la estación, una familia señalaba hacia mi autobús, hacia mi ventana, como quien busca reconocer el rostro recién despedido para un último adiós, ansiando encontrar ese cuerpo, haciendo los ojitos chiquitos para agudizar la vista a través de los vidrios medio polarizados. Desde mi reino de doble asiento, edición dominical de La Jornada y botella de agua, miré durante unos segundos cómo se esforzaban por reconocer en mí el objeto de su nostalgia nueva y me despedí con un movimiento de mano seguro y suave. Los ojos chiquitos se abrieron, los gestos ansiosos y anhelantes se relajaron, los cuerpos se desencorvaron y derramaban sonrisas mientras se despedían creyendo ver en mí al objeto de su afecto. A mí no me costó nada. Un simple movimiento de mano. Además, estaba de buen humor. No me costó nada. Un simple adiós.
En la puerta última del aeropuerto uno ya se ha despedido. Las manos se han separado, han dejado ir y, sin embargo, uno se siente insatisfecho, se queda buscando poder mantener ese vínculo que se acaba de romper, olvidar las yemas de esos dedos ahora huérfanos o al menos asegurarse de que el vínculo persiste como sentimiento post litúrgico, como resaca perenne. Basta una mirada desde el otro lado, un ademán del que se va para interpretar en las horas que siguen, para sentir la seguridad de que sigue habiendo conciencia de uno allá, en los albores de la lejanía. Entonces, uno, que se queda, se puede quedar tranquilo, sabiéndose pensado incluso detrás del muro que la distancia dibuja en el medio.
Si una mañana, al abrir los ojos, descubriéramos que nos falta alguna presencia cotidiana, así, sin aviso, la angustia de la incertidumbre acabaría por apoderarse de todo y dejarnos a la intemperie con la confusión curtiéndonos la piel.
El adiós es tan importante para el que se queda. Cuando es uno el que se queda necesita saber que una parte de sí se va con el viajante.
Toda ceremonia de despedida que he celebrado (cuando he sido yo el que se queda) es un acto inconcluso en el que me quedo esperando una última señal. Es como si careciera de la habilidad de dejar ir algo que hay que dejar ir porque se va a ir de cualquier forma. Uno se toma la partida como algo personal, hay una parte en la que nos sentimos abandonados.
De aprender a vivir las despedidas es de lo que se nutre nuestra capacidad de enfrentar a la muerte, la muerte de los otros, los que se irán antes. Todas esas escenas en aeropuertos y estaciones son pequeños ensayos del desprendimiento que nos preparan, que nos empujan al abismo de la comprensión.
¿Será que no ser más el que se queda es una forma mía de sacarle la vuelta a la inmovilidad? ¿Será que la muerte y su última e implacable permanencia me aterran a tal punto que busco en la movilidad un distractor, un calmante?
Tal vez sea hora de comenzar a quedarme, de aprender a dejar ir y no salir corriendo, de ser esos ojos chiquitos que me miraban desde la estación y no la cara en la ventanilla del avión, no el que ocupa dos asientos sino el que vuelve a casa a permanecer en sí mismo.
Sólo cuando aprenda a habitar en mí sin prisas, sin angustia, seré capaz de irme, de irme sin miedo a dejar de habitar en los demás o a permanecer en pesadillas en las que los años pasan y yo sigo donde mismo.
La permanencia geográfica pierde importancia cuando uno es capaz de avanzar constantemente desde adentro. Y, entonces, no cuesta nada, un simple moviemiento de mano, se puede decir adiós.


Música incidental: I feel a whole lot better, The Byrds (extracto)

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Segundo comentario que te dejo y aun escudandome en el anonimato te digo:

me gusta mucho pasar y leerte, me permite saber un poco sobre ti, pero lo que mas me gusta es la manera en la que escribes, pues realmente provocas emociones en mi, con este reflexione sobre muchas cosas que me suceden en este momento. cada entrada de tu blog me hace sonreir, pensar, cuestionarme y a veces hasta llorar (es que soy demasiado llorona)...cuando quiero sentirme bien visito caboblanco 359 para encontrarme contigo

besos y saludos...que pases un agradable 14 de febrero

Luftmensch dijo...

Entonces este blog es un poco tuyo, también. Muchas gracias por tus palabras y por tus visitas.

P.D. Tu anonimato lo hace todo un poco más misterioso.