domingo, 16 de marzo de 2008

María

María se levantó del sillón-mecedora y me dejó pensando en qué más decirle. No escribo que me dejó con la palabra en la boca porque no había ninguna palabra en mi boca, todas salieron volando cuando me dijo que le daba hueva hablar de lo que yo le estaba preguntando.
Minutos antes, cuando entré a La Mordida de Gato, me topé con sus ojos enormes que se anclaron en los míos, que me forzaron a sentarme (en el sillón-mecedora) frente al trono desde donde dominaba el salón, a pesar de su vestido negro, de su tristeza y la edición de Rolling Stone que ojeaba porque sí.
Me levanté veinte veces, siempre girando en torno a ella, haciéndome el interesante y también tratando de encontrar en mí la voluntad para saltarme el muro del que me he rodeado en lo que a estos asuntos se refiere.
Tal vez fue todo demasiado obvio, pero cuando volví al sillón vacío y la encontré a ella ocupando una mitad y logré infiltrarme hasta convertirme en su vecino temporal, y pude iniciar una plática sin dejar que se note el temblor de mis piernas, y alcancé a verla sonreír para dejar que ese gesto me llegue, fui incapaz de anticipar el derrumbe, la nube de polvo que me cubriría pocos minutos después cuando ella se levantó del sillón-mecedora y me dejó balanceándome a solas, sin más palabras qué decir, pensando en ella y todo lo que no se llevó, todo lo que me dejó y en lo que me vi un poco patético, mucho, para ser más sincero; porque quería platicar con ella y saber de dónde salió, qué serie de eventos la pusieron frente a mí o frente a ese sillón-mecedora, el que una serie de otros eventos me llevaron a ocupar anoche. El silencio que sobrevino entre nosotros, segundos antes de que se fuera, amplificó su alejamiento, lo dejaron resonando en mis manos que nunca tocaron las suyas. Yo quería preguntarle algunas cosas, saber si el campo de la bioquímica es tan gris que pone así de grises a las personas, porque detrás de sus ojos yo seguía intuyendo una tristeza-ancla que arrastró mis incursiones de aprendiz fascinado con la idea de sus dientes de coral contándole mentiras al oído, hacia el fondo de un mar tenebroso.
Me quedé pensando en ella. Me quedé pensando, también, en mis torpes intentos.
Cuando caminaba hacia la puerta de salida me la topé al pie de la escalera. Me miró, me sonrió y una mano suya circundó mi cintura. Chau, le dije sin dejar que se notara la importancia de ese instante en mí ni las ganas que tenía de darle un beso que me redimiera con ella, con su tristeza, con la cerveza que finalmente consiguió tomarse a pequeños sorbos, con las fotos que tomó y en las que yo no salgo, conmigo y mis intentos por dejar atrás este año sabático emocional.
Hoy es domingo. Me gustaría llevarla al río. Me gustaría prepararle algo de comer. Me gustaría saber quién es detrás de todas las ideas que me hice de ella tratando de justificar cómo me sentí anoche, para quedar menos como un idiota ante mí mismo.
Tal vez ésta hubiese sido una conversación que no le hubiese aburrido. ¿Y si le hubiese hablado de mis ganas de llevarla al río para saber quién es después de mojarnos los pies en el agua helada? Todo esto pudo haber sido más interesante para ella que el cuestionario estadístico al que quise someterla. Para mí lo es, pero la costumbre me obliga siempre a un cotejo superficial antes de pasar a asuntos como el río. Hoy es domingo y ahora me parece verlo con claridad. Pero María ya no está. Ja.

Música incidental: Danny (Lonely blue boy), Jon Brion (extracto)


2 comentarios:

El ornitorrinco dijo...

Mi querido amigo, si María no va al río, llévale el río a María... tal vez eso la convenza de que las malas primeras impresiones, son las mejores en estas lides.

Pequeño Cuervo dijo...

¿Porqué no se lo dijiste? sabes? muchas veces las mujeres podemos sentir justo lo que no se dice...pero nos gusta escucharlo...¿vanidad?¿ego? podría ser, pero somos seres tan raros que ciertamente, como dice el ornitorrinco, las primeras malas impresiones nos "jalan"...tal vez María quiera compartir contigo más que un domingo en el río...