sábado, 1 de marzo de 2008

she's in my ears and in my eyes



La primera vez la vi y no supe qué hacer. Hay una parte de mí que ha buscado toda la vida un par de ojos en los cuales posar los míos y sentir que se arrullan en el vaivén de cada paso, del ritmo que contagian.
Como siempre, demasiado tarde descubrí que la situación es mucho más compleja de lo que parecía. No solo porque Penny Lane a estas alturas es mucho más que la canción que tanto me costó aprender en mi adolescencia, sino porque todo contexto adverso tiende a prevalecer, al menos el tiempo necesario para hacerte mal.
Por eso, el contexto lo voy a hacer a un lado y me voy a centrar en los rulos que acompañan a su rostro y a sus ojos que, aunque se tardaron un poco, resolvieron quedarse en los míos que, para ese entonces, ya habían fundado un pueblo en los suyos.
También es cierto que no la conozco. Compartíamos una facultad entera, ella por un lado y yo por el otro, y acabamos compartiendo un puente, justo en el medio, los dos parados sin saber hacia dónde ceder el paso, y aprovechando ese baile improvisado e involuntario para cotejarnos y decirnos, y decirnos, hasta que se acordó del contexto (adverso, según yo) y de que llevábamos un buen rato solos en el puente tendido sobre la facultad que seguía su alboroto cotidiano y se fue a una clase que no le tocaba.
Ya son cuatro los días que llevo en esta ciudad y cuatro los que llevo con la sensación perpetua de que a la vuelta de la esquina menos pensada me la voy a topar, desde esa primera mañana en que la vi llegar saludando a todos los saludables. Ahora, son cuatro los minutos que llevo aquí sentado en el suelo viéndola jugar ping-pong y escuchándola emitir sonidos de todo tipo porque le pega a la bolita, porque no le pega. Es difícil no fijarse en ella. Al menos siendo yo. Y es más difícil aún hacer como que no la veo, que no la oigo cuando grita mi nombre para presentarme a su novio.
Penny Lane lo escucha todo, se pone todos los audífonos de todos los IPod, camina sobre todas las baldosas de todos los pasillos de la facultad para tener la seguridad de que no quede un lugar que no haya habitado, en el que no haya dejado la estela de su paso; prueba todos los cafés de la maquinita aunque probablemente lo odie; juega todos los partidos de ping-pong aunque los pierda, sistemáticamente, uno tras otro.
Vine hasta acá a propósito, para verla un poco y escribir un poco mientras la veo, mientras hago como que no la veo. Quisiera poder afirmar que ella también hace un esfuerzo por no mirarme. Tal vez solo porque prefiere evitarse una discusión o una confusión. Quisiera poder decir que ella también se sintió distinta esa primera mañana, al descubrir que no solo compartíamos baldosas, sino que también amigos. Las probabilidades tan altas y, al mismo tiempo, abandonados los dos por esa casualidad que nunca nos alcanzó.
Cuántas veces, sin sabernos, habremos estado a punto de cruzar líneas. La conozco tan poco y sin embargo sé tanto: Miami Dade, Bobby Mc Ferrin, Cuba, padrastro, curso de gramática, Hialea. No debería saber todo esto. Al menos no para quedarme acá sentado sin poder hacer más por mí que escribir todo lo que no encuentro el valor de decirle. Me gusta mirarla aunque no esté sola. Me gusta mirarla aunque no pueda acercarme arrastrando el puente que compartimos hace unas horas, cuando el sol ardía en el centro del cielo, no como ahora que se diluye en un rincón, que baña, cansado, el espacio que ella ya no ocupa, que abandonó mientras mis ojos coqueteaban con estas letras.


Música incidental: Hush little baby, Bobby McFerrin(extracto)


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