sábado, 19 de abril de 2008

hace mucho que no salía a caminar


Hace mucho que no salía a caminar. Nada más a caminar. Sin rumbo fijo ni objetivo claro. Casi no llueve y la neblina bajó de golpe. Además, me siento un poco solo. No es una condición nueva esta de que llegue un sábado por la noche cualquiera y yo no tenga plan, pero esta noche miré por la ventana y sentí la invitación. Me puse un polo de mangas largas cualquiera y bajé los tres pisos con la fe puesta en que tal vez esta noche la mujer que me salvará la vida me estaría esperando a la vuelta de la esquina menos pensada.
En esta ciudad la lluvia engaña. Miras por la ventana y casi no la alcanzas a percibir, no se oye. Atraviesas la puerta de la calle y se deja sentir sutilmente, sin ser una molestia, quedándose en las lunas de los lentes tan delgada, tan ligera que ni siquiera es necesario tener que hacerla a un lado para seguir camino.
No es muy tarde. Es esa hora de transición en la que las familias comienzan su peregrinar a casa, con las bolsas y las panzas llenas. Los veo colmando los paraderos, haciendo del tráfico un vía crucis en las estrechas calles del centro, tipos neurotizados reventando con el claxon al que decidió parársele delante, señoras con ocho niños al rededor y buscando protegerse de la lluvia que parece que no moja, pero sí.
He recorrido estas calles cientos de veces. Recuerdo una en que la chica que me gustaba debería haber estado rondando la zona sin buscarme (como lo habíamos acordado el día anterior, Rayuelamente) y yo dejando sutiles pistas de mi paso por cada rincón, durante horas, demasiadas horas, tantas que me parecieron sospechosas y me hicieron hablarle por teléfono para descubrir que se le había olvidado y yo dando vueltas y dejando pistas para una Maga que nunca salió de casa.
Los domingos por la mañana, solía salir a sentarme a tomar un café a la intemperie mientras leía el diario. Pero antes de llegar al café y al diario seguía una ruta en apariencia inconexa, pero que aumentaba (según yo) las probabilidad de encontrarme con alguien con quien tomar el café dominical y poder posponer el diario para después del almuerzo.
Debo reconocer que hoy todo es menos trágico. Creo que he aceptado mi condición de solitario y la disfruto, aunque a veces me de por salir a la calle en busca de la chica que no vive en esta ciudad. Pero creo que esa también es una manera de disfrutar de mi condición de solitario. Al menos de reafirmarla, porque (casi) siempre termino en casa y solo.
Hay una parte de mí que supone que la chica salvadora debe caer del cielo (no literalmente, por supuesto) para librarme así de la responsabilidad de tener que conocerla, atreverme a hablarle, entrar en confianza y todos los consecutivos pasos a seguir cuando uno siente que se está enamorando de alguien o al menos quiere intentarlo.

Hace mucho tiempo que no salía a buscarla. Hace mucho que no recorría la ciudad, mejor dicho el pedazo de la ciudad en el que intuyo que ella habita, al menos cuando sale a buscarme.
Esta idea de que todos en el mundo tenemos un par asignado, alma gemela si se quiere, podría tratarse de una suerte de imperativo genético destinado únicamente a perpetuar la especie.
Este imperativo genético, en mi caso, se manifiesta como un amplificador de mi noche de sábado en singular, me lleva por calles y más calles, aquí y en las ciudades otras que habité antes, me dota de una esperanza y una nostalgia que se renuevan periódicamente, me pone a pensar en las caminatas de los sábados (o miércoles o lo que fuere) otros en que hallé o creí hallar a la salvadora, la suavidad con la que me dejaba deslizar hacia el vacío inconmensurable de unos ojos nuevos para mí.
La vida es una herida absurda, dice un tango . Y dice Ariel (como la mayoría de los argentinos) que los tangos no mienten. No mienten, pero todos los tangueros cantan el estado maldito en el que se quedan después de haberse arrancado a sus salvadoras del pecho. Creo que nunca he escuchado un tango que hable del huevón que decide estar solo por razones que ni él aún termina de comprender.
Sea pues, que los tangos no mientan. Pero quisiera aclarar que a veces pienso que el absurdo soy yo y no la herida.
Lástima, bandoneón, mi corazón...
Música incidental: La última curda, por Roberto Goyeneche (extracto)


1 comentario:

mari dijo...

Si tus caminatas por las calles de Xalapa se desviaran un poco más por estos lares, probablemente verías una cara conocida caminando tranquilamente, con rumbo o no, tal vez por el centro, quizá por El Retiro. Entonces podríamos tomarnos un café y, quién sabe, compartir el periódico del día.