sábado, 5 de abril de 2008

sentí ternura


La última vez que llegué a Lima fue como a las once de la noche, al final de un trayecto que empezó quince horas antes. Ya en casa, me senté con la familia en el comedor y uno a uno fueron desertando hacia la cama. Sólo mi mamá y yo quedamos ahí. Y quedamos ahí hasta que amaneció y los pájaros que viven desde hace años en el jardín comenzaron a hacer sentir su presencia, así que pusimos agua para cebar un mate y nos mudamos a la terraza para seguir diciéndonos todo eso que nos dijimos, porque cuando uno se da cuenta ya pasaron los quince días y estamos en el aeropuerto, de nuevo, dejando ir por enésima vez, ya más maduros, más expertos, eso sí.
Pero la cosa es que amanecimos en la terraza, cebando mate, contándonos las cotidianas que no tienen cabida en las apuradas llamadas telefónicas.
Así me enteré del vecino y la remodelación de su casa que incluía un eterno golpetear de martillo sobre concreto (tipo tortura de la gotita de agua) y que incrementó la posibilidad de derrumbe de una de las paredes del cuarto de mis padres. Me enteré de cómo mi mamá estuvo a punto de levantar una demanda o volverse loca (lo que saliera más barato) y de la visita inesperada del vecino remodelador, orientalmente amabilísimo, varias semanas después de terminadas las obras y el golpeteo infernal, ofreciendo una canasta de frutas y otras delicias de temporada junto con sus disculpas y los servicios de los mismos albañiles-gotitadeagua que se habían pasado meses taladrando la paciencia de mi madre, para que arreglen los daños causados en la pared del cuarto.
Tomé el tour obligatorio por el jardín-huerto de hierbas, caminé con mi madre y Laika por el malecón, rumbo a la panadería y de regreso paramos en la farmacia de la esquina porque el magnesol está haciendo milagros en su salud, aunque, con o sin magnesol, cualquiera que la vea, a sus sesenta años, podría dar fe de que esa mujer chiquita y enorme, con la fuerza suficiente para tirar abajo de una patada la puerta de un baño en el que mi hermano Ricardo había quedado atrapado a sus cuatro años, es capaz de seguir sosteniendo una casa que ha estado a punto de venirse abajo sin necesidad de la intervención de ningún vecino-gotitadeagua con iniciativas remodeladoras.
También fui actualizado sobre la situación de las amigas más queridas, que a fuerza de años y cariño son tías, todas. Supe de la soledad de la casa a media tarde, porque todos tienen algo que hacer y es tan difícil habitar así, habitarse así, añorando los días en que los límites de la casa nos contenían a mí y a mis hermanos.
Yo le conté de mi vida en esta ciudad tan lejana. Traté de dibujarle mis rutinas, mi pequeño y fértil jardín de departamento, mis caminatas matutinas hacia la oficina, mis domingos por la tarde, los prójimos queridos que la conocen sin haberla visto nunca.
El resto de la familia despertó porque era viernes y había que ir a trabajar, así que a las nueve y media de la mañana ya estábamos solos de nuevo. Intentamos planear el resto del día, ir a comer a alguna parte, concluir alguna tarea pendiente de la casa, pero a las once estábamos tirados en la cama, rendidos por la madrugada en vela y por el cotejo.
Me quedé dormido durante un par de horas y abrí los ojos sintiéndome desorientado por la reciente llegada, con esa necesidad de ser acunado que me asalta de vez en cuando, y la vi ahí, a un lado de la cama, entregada al sueño reparador, chiquita y enorme. Y la vi también años atrás, en el aeropuerto todas las veces que me fui y que llegué (excepto las dos sorpresas que jamás se olió), en la casa de Maipú cuando llegábamos del colegio entrada la noche porque nos tocaba el turno de tarde; cubierta de rodajas de tomate, papa y palta y muerta de la risa después de algún paseo familiar a la playa. Y sentí ternura.
Hay relaciones que uno no elige entablar, que nos son puestas en frente y con las cuales tenemos que aprender a vivir.
Todavía hay muchas cosas de mi mamá que no entiendo y que tal vez nunca llegaré a entender. Todavía hay varios detalles de su forma de ser que me sacan de quicio, pero creo que es normal.
Mi papá suele decir: "tu mamá es como una niña". Y recién lo vine a entender ese medio día, cuando me acerqué a ella y la desperté hablándole suavecito: "mami, mami". Sus ojos renacieron y brillaron inmediatamente como la niña que despierta y recuerda que es el día de su cumpleaños o la mañana de Navidad: "Joaquinito, sí estás acá. A veces me parece un sueño".
"Vamos a almorzar, ma".

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