miércoles, 23 de abril de 2008

yo era Tom y él Huck


Recuerdo que la lectura siempre me produjo una fascinación singular. Bueno, siempre en este caso quiere decir desdequemeacuerdo. Cuando era niño y a mitad de la noche sobrevenían los ataques de asma que no me dejaban dormir, pese al insistente cansancio, me ponía a leer porque era lo único que me hacía pensar en otra cosa con la fuerza suficiente como para que se me olvidara que casi no podía respirar. Lo que fuera, cualquier papel que estuviera a la mano. Me veo claramente en mi cuarto de la casa de Teniente Chabrier, a mitad de la madrugada, leyendo un tríptico que describía los beneficios de una medicina naturista de sabor espantoso que mi mamá nos suministraba con fe y regularidad. El estar leyendo me hacía sentir seguro a pesar del asma.
Pocos años antes había recibido una edición infantil/juvenil de Las aventuras de Tom Sawyer que estuvo tirada sobre un estante durante meses, hasta que una tarde de fin de semana lo abrí para comenzarme a enterar de una serie de cosas que ocurrían a orillas del Mississippi, y Tom escondido en la alacena comiéndose la mermelada directamente del frasco, y la tía Polly buscándolo por todas partes, y las conversaciones con Huck a la orilla del río, y Becky.
A través de esas páginas yo viví todas las aventuras que uno no puede vivir a los diez años. Todas. La tía Polly tenía la cara de mi tía Eliana, hermana de mi mamá. Huck tenía la cara de Mateo Gubbins, el mejor amigo que tuve en mi infancia. Y Becky, Becky era rubia y tenía la cara de una niña argentina que por esos días asistía a las clases de teatro en Retama. Creo recordar que su nombre real era Moira, tenía el pelo rubio como la Becky de las ilustraciones de mi libro. La última vez que la vi llevaba un polo con unos hipopótamos caricaturizados, de los que yo me burlaba para tener una excusa para hablarle y no dejar en evidencia que me estaba muriendo por ella, y se subió al carro que llegó a buscarla antes de que terminara la clase porque esa misma noche salía de regreso a Argentina. Se despidió de todo el grupo de beso y el idiota de yo lo tomó tan personal que cuando ya se había ido salí corriendo del foro en el que tomábamos la clase, corrí a la puerta y la abrí para verla subirse al carro. "Me olvidé de despedirme de los hipopótamos", le grité, haciéndome el simpático e improvisando una salida porque todos me miraban desde el carro y, además, todavía tenía que darle una explicación a mis compañeros y al profesor por haberme largado olímpicamente de la clase. Ella me devolvió una sonrisa que aún recuerdo y me regresé al foro maldiciéndome por no haberle dado un buen beso de despedida, en nombre de Tom, de Mateo y de todos los que tuvieron diez años y se enamoraron.

Así era a mis diez años, heroico. Al menos cuando me ponía a hacer balances de situaciones y descubría el mundo de posibilidades a mi disposición y mi falta de atrevimiento. Digamos que era heroico en retrospectiva, por eso admiraba tanto a Tom Sawyer y su capacidad para mandar todo al diablo y largarse a vivir a una isla con sus amigos o tener el valor para acercarse a Moira/Becky.
Cuando terminó el libro me quedé con la sensación de que algo debía cambiar en mi vida. Necesitaba encontrar la forma de ser valiente y que no salga tan caro. Y creo que, a mi modo, lo soy. Las líneas de Twain marcaron un parte aguas, fueron el inicio de algo que en ese entonces no podría haber comprendido.
Tom y Huck vivirían unas cuantas aventuras más juntos, pero estaban condenados a separarse. Becky era demasiado rubia como para ser real y los prejuicios de la tía Polly terminarían por dejar de importar. Y es ahí cuando uno se queda con la responsabilidad entera y decide entre seguir corriendo a orillas del Mississippi o salir en busca de todas las Beckys que aún no ha besado.
Hace demasiados años que no veo a mi tía Eliana. A Moira la vi por última vez sonriéndome desde el carro que se la llevaba para siempre. La última vez que vi a Mateo nos encontramos en la esquina de Larco y Manco Cápac. Yo caminaba a casa y él iba a alguna tienda del barrio a comprar no recuerdo qué. Llevábamos años de no vernos y más años de no ser los amigos que fuimos. Nos dijimos las frases que el protocolo exige y luego hubo un breve silencio entre los dos, así que optamos por despedirnos. Esa tarde lo abracé por última vez y me quedé pensando en que sería lindo un día sentarnos a conversar y contarnos lo que había sido de nosotros en todo el tiempo transcurrido, y acordarnos de las tardes en la piscina, de los veranos en que me invitó a su casa en Punta Hermosa, de cuando nos infiltrábamos al golf de La Planicie a buscar pelotas huérfanas o las tardes en que descendíamos la pendiente del malecón de Armendáriz buscando lagartijas. Entonces no lo hice. Ahora ya no puedo.
De cualquier forma él habita aún en mí, el recuerdo de todas esas tardes después del colegio, los veranos en la playa, ese ser amigos sin complicaciones que me hizo creerme más aquella historia del Mississippi, en la que yo era Tom y él Huck.
"Así se termina esta crónica. Siendo estrictamente la historia de un niño, tiene que terminar aquí; no podría ir mucho más lejos sin convertirse en la historia de un hombre. El que escribe (...) sobre adultos sabe exactamente dónde hay que terminar (...), pero cuando escribe de chiquillos tiene que detenerse donde mejor pueda [1]".

[1] Twain, Mark. The Adventures of Tom Sawyer. En http://en.wikisource.org/wiki/The_Adventures_of_Tom_Sawyer. La traducción es mía.

1 comentario:

El ornitorrinco dijo...

Hoy volvía leer el post y aunque estoy de acuerdo con las letras finales de Twain, me da bronca descubrir que en la vida real a veces nos da por comportarnos como autores y ponerle límites a la inocencia... pero después pienso que también es un poco culpa de la vida, ¿no? La avenida, cualquiera, jamás será el Missisipi.