domingo, 8 de junio de 2008

mi círculo más íntimo


Con los años me he vuelto selectivo. Hace algunos meses fue mi cumpleaños y cuando me dieron ganas de hacer algo de cenar, un par de botellas de tinto y la mesa a la azotea me di cuenta de que la gente con la que quiero estar es cada vez menos. Mi círculo más íntimo de amigos se ha visto severamente reducido en los últimos años. Mi lista de invitados no pasaba de las diez personas.
Uno comienza a quedarse con poca gente. Ayer me di cuenta de eso. ¿Será porque me he vuelto más viejo y más neurótico? No sé. Pero sí sé que me siento mejor así. He aprendido a entablar una relación sana con mi soledad (hasta cierto punto, claro está) y consigo disfrutar de ser quien soy. Me gusta estar solo, pero también me gusta no estar solo y los únicos que pueden rescatarme de esa esquina son los amigos, los pocos que han ido quedando luego de los naufragios y los que cada muy de vez en cuando se suman a mi irregular cofradía.
Me acuerdo de la noche en que subí hasta el último piso de una facultad de la que nunca fui alumno para encontrarme con un amigo que me abrazó porque la marea venía subiendo conmigo y a esa altura fue incontenible.
Me acuerdo de los sábados en que me despierta el grito de "¿ya está el mate?", buena música y fundamos esas mañanas conversando y conversando, para que después de tantos años sigamos teniendo material para conversar.
Me acuerdo de la oficina de Proyección Social donde coincidíamos los tres y la orquesta no era más que una excusa para estar juntos.
Me acuerdo y me acuerdo y se van sumando a la mesa hasta los que están del otro lado del mundo.
Y otros van llegando, de a pocos, como a cuentagotas. Otros más regresan, porque la vida así es.
El hecho es que estoy contento con los que me rodean, de cerca o de lejos. Pocos y hermosos ante mis ganas de ser querido. Y quería dejar fe de eso.

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