miércoles, 23 de julio de 2008

Allende













"Para matar al hombre de la paz

para golpear su frente limpia de pesadillas
tuvieron que convertirse en pesadilla..."
de Allende, Mario Benedetti


Mi mamá llegó de Chile a los veintiocho años. Después ya no pudo volver. Eran tiempos tristes para ese mi otro país y para todos los que se tuvieron que ir de ahí. Mi mamá conoció a mi viejo y se fue quedando en Lima hasta que, seis años después, con apellido de casada, pasaporte peruano y dos hijos pudo volver.

Mi viejo tuvo desde siempre una fotografía enorme de Salvador Allende en su escritorio. El señor de los lentes para mí, al principio. Después, Allende, el presidente que se murió en La Moneda cuando el golpe militar. El señor de los lentes tenía nombre e historia, un héroe era ante mis ojos que miraban y miraban su perfil inmóvil y gris, sereno como quien mira a la muerte a los ojos y le dice: "ven, muerte, si ésta es la hora".
Pero la cosa es que los preparativos del viaje a Chile incluyeron una conversación en la mesa del comedor a la que Miki y yo fuimos citados. Los dos tratamos de presentarnos con nuestro gesto más solemne y fue entonces que aprendimos que cuando llegásemos a Chile no podríamos mencionar el nombre de Allende.
- Pero...
Hablar de Allende en Chile podría traer problemas porque los militares pueden estar escuchando. Y ellos no permiten que en Chile se hable de Allende, explicó mi contrariado padre.
Me quedé pensando en el señor de lentes, me quedé pensando en que si le decía "el señor de lentes" nadie sabría que me refería a él, solo yo. Pero la imagen de los tanques irrumpiendo en las casas, las botas pisando los jardines me hicieron mejor dejar de pensar.
La emoción de subir a un avión nos duró pocos minutos a mí y a Miki porque dormimos casi todo el viaje. Desperté en el carro, camino a casa de mi tía, atravesando calles nunca vistas bajo un cielo gris de madrugada vacía. Mis ojos buscaban y buscaban tratando de dar con algunos militares en sus escondites, pero nada. Mis tíos parecían contentos de vernos y de estar ahí, nadie lloraba como imaginaba yo cuando escuchaba las historias de ese golpe que no sabía bien a quién le había pegado.
Los días se disolvieron en paseos, visitas a la familia, a los amigos de tantos años. Mi mamá brillaba con luz propia de la emoción del volver.
Cada noche, cuando apagaban las luces y se acababa la fiesta de nuestra estadía, yo me quedaba pensando. Pensaba y pensaba en el nombre que no podía decir. Lo escuchaba con la parte de adentro de mis oídos para que nadie más lo escuche. Quería decirlo porque así es uno cuando es niño. Y supongo, también, que de alguna manera sentía el deber de hacerlo. Si te prohiben decir el nombre de alguien que ya no está, uno se termina olvidando del nombre, primero; del rostro y las palabras, después. ¿Y si lo decía bajito? Ya era tarde y los militares se despiertan temprano, así que a estas horas deben estar durmiendo. Si hundo la cara en la almohada y digo el nombre despacito no va a pasar nada. Y si resulta que me escuchan les digo que estaba soñando.
Pero nunca encontré el valor. Siempre me ganaba el sueño y la idea de estar siendo vigilado.
El verano se acabó rapidísimo y llegó la tarde de la despedida en el aeropuerto, llena de lágrimas y abrazos que parecía que no iban a terminar nunca y que cuando terminaban era solo para volver a empezar. Yo no me quería ir. No así. No podía dejar de pensar en el rostro sereno del hombre de los lentes. Mi papá jalaba a mi mamá que no se podía soltar y a mi mamá no le quedaba más remedio que aferrarse a mí y a Miki, como para sentir que seguía abrazada de los rostros que tenía que volver a dejar. Estábamos a punto de cruzar la línea en que nadie más que los que viajan pueden pasar y me solté de la mano materna para ir a dar a los brazos de mi tía que me abrazó emocionada ante mi arrebato. Yo la abracé fuerte y le dije al oído, despacito: Allende. Mi tía no debe haber entendido nada. Tal vez ni me escuchó. Yo salí corriendo de regreso al otro lado de la línea, a salvo de cualquier incursión militar.
Ha pasado mucho tiempo y ahora el que tiene una foto de Allende en su escritorio soy yo. Y ahora pienso en que un hombre tiene que haber sido muy grande para enfrentar lo que él enfrentó, para seguir siendo fiel a sí mismo hasta la hora última, más allá de cualquier ismo.

Este fue y es mi homenaje, fuera de fecha y a destiempo pero de corazón, ¡Allende!.

1 comentario:

El ornitorrinco dijo...

Nos unimos a la copla con complicidad: ¡Allende!... Un abrazo, hermano