domingo, 6 de julio de 2008

rectificando


Cuando llegué a esta ciudad todo lo que dejaba atrás poseía una fuerza de atracción brutal que durante años me obligó a tener la maleta siempre hecha, como queriendo mantener los vínculos que al mismo tiempo quería romper o, al menos, hacer a un lado por un tiempo. Un año, me dije como quien le miente a un niño para que acceda a algo que no quiere hacer pero que le hará bien. Un año para probar.
No era la misma ciudad. Ahora también es un póco mía. Aunque a veces reniegue de mi calidad de ciudadano suyo me sé transeúnte frecuente, caminante de su neblina y contemplador de sus paisajes. Me sé, también, uno más entre su habitantes, uno más que va al mercado, uno más que quiere aprender a tocar la jarana en el Patio Muñoz, me sé comensal de El Refugio y La Mordida de Gato, corredor esporádico de Los Lagos, escuchador de la lluvia de junio.
Ha sido un proceso lento. Sin darme cuenta, el que soy se ha ido adaptando al milagro de vivir en una ciudad así, en un punto intermedio entre la sierra y el mar. Tengo un tercer piso en alquiler y sin cortinas porque despertar y ver el cielo de mi ventana me hace sentir un poco Altazor. Tengo una cocineta en la que el agua para el mate y la bolognesa hierven bien. Tengo un escritorio de cara a la ventana en el que he escrito esto y tanto más. Tengo dos parlantes que me han hecho amigo de Karajan, de Serú, de las Lilianas. Tengo un patio de dos por cuatro con macetas que hacen germinar lo que sea que arroje a la negrura de su tierra siempre mojada.
Me gusta esta ciudad. Ya va siendo hora de que lo diga, de que me lo diga. Uno, a fuerza de costumbre, sigue haciendo o diciendo cosas hasta que un día descubre su antigua caducidad.
Por estos días pienso en mis ganas de volver. Más que de volver, de irme. Unas ganas que han estado conmigo desde esa noche de octubre en que llegué a la estación cargado de toneladas de cachivaches y de un hilo de Ariadna largo, largo, que me permitió adentrarme en el laberinto de quién soy lejos de todo y de todos. Y no puedo decir si siguen siendo unas ganas reales o si es la fuerza de la costumbre. No sé.
Por ahora es domingo. Ha llovido toda la noche y escampó al amanecer. Estoy despierto desde las siete y media frente a la ventana. Los techos mojados me llenan de una nostalgia rica. Una nostalgia, a esta altura también, del que he sido aquí en estos años, cuando recién llegaba, cuando cada tarde se pasaba con Manolo y un café, cuando Hamlet se tuvo que ir y cuando volvió, cuando la Cuty nos hacía la once en su casa comunitaria, las clases de español con Dan y Bethany en la casa del bosque, la chica por la que aposté todo y perdí, los cientos de pueblitos a los que llegamos con un poco de teatro, la llegada de Clovis y sus aventuras con Federica, las horas sentados en las jardineras de la facultad de danza buscando el valor para invitar a una bailarina, los veranos en que me sentí el único habitante de esta ciudad.
La nostalgia está instalada en estas calles, en estos rostros con los que convivo y en los que me reconozco.
Me gusta esta ciudad. Ésta que ahora es mi ciudad. Esta ciudad que me habita.

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