miércoles, 6 de agosto de 2008

promesas

Conocí a Mateo Gubbins hace tanto tiempo que ya no me acuerdo cuándo comenzó todo, pero en cada recuerdo de mi niñez él tiene el papel de mejor amigo.
Me encantaba irme a su casa después del colegio. Su mamá pasaba por él y sus hermanos en la nissan amarilla que a mí me recordaba a los atardeceres en Punta Hermosa, en donde tenían una casa y donde tantas veces pasé veranos con él, muchos ratos viéndolo correr olas, pero eso fue después, porque al principio su casa estaba en el malecón Armendáriz, abríamos la puerta azul, cruzábamos la calle, saltábamos el murito de ladrillo y ya estábamos cazando lagartijas en pleno cerro, en pleno acantilado de tierra reseca, moviendo piedras cautelosamente para regresar a su casa con lagartijas, algunas sin cola, "no las agarres de la cola, ¡del cuerpo!" me repetía, pero a mí me daban unos nervios y terminaba agarrándolas de la cola con la que me quedaba mientras Mateo hacía malabares para alcanzar al pobre animal auto mutilado con el que regresábamos a su casa donde tenían un árbol enorme del que colgaba una soga con una pelota atada en el extremo de la cual, a su vez, colgaba un perro aferrado con puros dientes y al que yo le tenía miedo. Después la casa fue lejos, tanto que en el camino desde Barranco jugábamos largas partidas de UNO en la maletera de la nissan porque había que llegar hasta la casa que quedaba frente a un club de golf enorme, todo un mundo en el que nos infiltrábamos tardes enteras, recorriendo esas llanuras verdes, hasta que perdíamos de vista la casa también enorme y a la que regresábamos para zambullirnos en la piscina y quedarnos ahí, sumergiéndonos y haciéndonos caras graciosas el uno al otro. Ese es uno de mis recuerdos favoritos: los dos en la piscina, sumergiéndonos por turnos en los que uno hacía una cara graciosa y el otro la veía, también debajo del agua, para poder hacer una cara más graciosa en la siguiente sumergida. Se me sale una sonrisa ahora que escribo esto y recuerdo sus cachetes inflados, sus ojos bizcos debajo del agua azul de la piscina. No me acuerdo cuántos años teníamos. No me acuerdo si al otro día teníamos clases. Me acuerdo del sol brillante y del azul que nos rodeaba.
Una tarde aciaga, flotando en esas aguas, me preguntó si yo sería su amigo aunque no tuviese esa casa, la piscina, la casa en Punta Hermosa y todo lo demás. Me quedé callado un instante pensando en cómo se le podría ocurrir semejante cosa. Quise decirle las palabras más verdaderas del mundo, quería decirle de mi amistad por él, de tantas cosas pero me salió: "yo sería tu amigo igual, la piscina y lo demás no sería nada si tú no estuvieras adentro. Siempre voy a ser tu amigo aunque ya no tengas todo esto", o algo así. Mateo hizo un gesto desinteresado de alivio y cambió el tema.
Luego crecimos y cada uno siguió rumbos diferentes. Después yo me fui a Chile por tres años y cuando volví a terminar el colegio en Lima ya no éramos los mismos.
Me acuerdo del primer día de clases de ese último año de colegio. Llegué temprano y nerviosísimo. Iba a ver a toda esa gente que no había visto en tanto tiempo. Él llegó adormilado, me miró y me saludó sin mayores aspavientos, un gesto que podría haberse confundido con uno de sorpresa, un apretón de manos y siguió su camino hacia el salón. Yo me quedé ahí, extrañándolo, extrañando al yo que tampoco había podido llegar a ese encuentro. Hacía ya varios años que éramos otros. Un derrumbe previsto, supongo.
Después de salir del colegio no lo volví a ver en varios años hasta que una tarde me lo topé en la esquina de Larco y Manco Cápac. No nos dijimos nada trascendental. El encuentro duró pocos minutos. Esa fue la última vez que lo abracé.
A tantos años de distancia lo pienso y me doy cuenta que las promesas que se hacen en el agua se cumplen a cabalidad.
Mateo ya no tiene la piscina ni nada de eso y sigue siendo mi amigo.
Yo lo siento así. Quizás él también.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Esta lindo esto que escribiste Joaquin, porque me da la oportunidad de comparar a ese niño que narras y al que acabo de conocer en una clase de educación personalizada.