martes, 30 de septiembre de 2008

11:06


Esta mañana caminaba, apresurado, bajo el sol brillante de septiembre cuando me preguntaron la hora al paso. Miré el reloj de mi teléfono y leí 11:06.
Los números siempre han tenido una fascinación especial para mí. Supongo que las supersticiones se heredan, uno las adquiere del entorno y cuando ya se es un poco más grande y la imaginación se vuelve un poco más responsable, uno se las inventa.
Los número (y los olores) funcionan en mi cabeza como elipsis temporales.
Pero el caso de los números es el que me sentó a escribir. Leí en mi teléfono 11:06 e inmediatamente me puse a cantar a sottovoce que enuncafésevieronporcasualidad y así me fui por un par de cuadras hasta que me acordé que no le había respondido al que me preguntó la hora, pero para ese entonces ya era demasiado tarde.
Y es que un número desata, por ejemplo, una canción y ésta, a su vez, desata el recuerdo de tardes y noches de deambular para demorar la llegada al café a hablar y hablar de las mismas, siempre de las mismas, porque los dos fuimos fieles a ellas hasta que el destino o incluso ellas mismas se encargaron de tirar abajo nuestras idealizaciones.
Por ese entonces nos atendía una hermosa chica que ahora es estrella de la televisión, pero que en ese entonces era una habitante más de esas temporadas y tenía la delicadeza de no decirnos nada cuando ya íbamos por la sexta ronda de vasos con agua.
También estaban el hombre de la camisa de siempre y la calvicie pronunciada que deambulaba por las calles de Miraflores con el mismo rictus de amargura o de no pertenencia, que para su caso era lo mismo; el policía al que los años habían emboscado en Mártir Olaya, frente a las mesas de ajedrez, y lo habían dejado ahí, sin perder la mirada vigilante; el poeta que una vez aterrizó borracho en la mesa contigua y decidió avergonzar a gritos a la mujer que lo acompañaba y saludarnos desde su miseria.
Una tarde en que una muchacha hermosa que quise escapó de su casa para verme por última vez, consiguió información de mi paredero en el café. Me encontró en un parque atestado de gente en el que se iba a presentar Sueño de una Noche de Verano, montaje que nunca vi porque ella me vino a decir adiós y a besarme y a salvarme ese día de San Valentín hasta ese momento gris y aciago, así que cuando me dejó fui a tomarme un café con mi beso.
Ahí he pasado horas, solo o con los prójmos imprescindibles, escribiendo o hablando boludeces. Ahí vi chicas con las que me quise casar, me cayó una pluma sobre el capuccino que acababa de arribar a la mesa, auguré el final feliz de una tímida pareja que parecía estársela jugando en la primera cita. Ahí decidí que me iba a otro país. Ahí me senté cuando me regresé. Ahí me encuentro con Giancarlo cuando llego a Lima.
Ahora ya no nos pasamos la noche entera a puntas de vasos con agua. Como para desquitarnos de aquellas épocas nos cansamos de pedir de todo y dejamos sendas propinas.
Si la bella chica que nos consentía en aquellos años nos viera hoy en día, tal vez pensaría en dejar el agotador tráfago de la televisión y añoraría sus noches en la terraza del café, no escuchándonos decir tantas y tantas palabras que ahora residen en instantes como el de esta mañana, en el que alguien me pregunta al paso ¿quéhoratiene?
Y son las 11:06.

3 comentarios:

El ornitorrinco dijo...

Todavía, por inercia o por costumbre, los mozos siguen separando la mesa de siempre para un par que están próximos a llegar.

Adriana dijo...

Que buena coincidencia! son pocos los números que me llevan a otros lares, solo fechas tal vez, pero los olores uff eso si cala!
Besos

mari dijo...

Increíble eso de que un café se haya convertido en el lugar del eterno retorno, no? Pero, finalmente, regresar a esas mesas es regresar a esos tiempos tan queridos, tan ahí siempre para nosotros, tan nuestros siempre con todo y el tiempo, la distancia y demás coordenadas medio inútiles, al fin y al cabo, a la hora de entornar la memoria hacia atrás.