lunes, 10 de noviembre de 2008

en mi árbol


Mis abuelos tenían una casa verde en un balneario llamado Santa Rosa al que no he vuelto en más de veinte años. La casa tenía una terraza y estaba en la parte más alta de la bahía, desde donde se podía ver el mar, al fondo. Frente a la casa, un jardín con árbol de esos que te invitan a trepar y que tenía por fruto unas bolitas verdes y duras que cosechábamos en baldecitos de colores para jugar guerritas.
Santa Rosa era un balneario exclusivo cuando yo era un niño, pero con el avance de la década de los ochentas fue quedando olvidado a su suerte. Los vecinos casi no se aparecían y la mayoría de las casas comenzaban a deteriorarse por el abandono.

Santa Rosa está al norte de Lima, antes de llegar a Ancón, y tiene una sola vía de acceso. Literalmente hay que subir un cerro enorme por un camino coronado con un gran arco en el que versa la leyenda "Bienvenidos a Santa Rosa" para luego bajarlo contemplando la pequeña bahía partida a la mitad por un cerro.

Me acuerdo que, de pequeño, los veranos se pasaban ahí. Al menos hasta que murió mi abuela. A partir de entonces las visitas fueron haciéndose cada vez más esporádicas, no sólo las de mi familia sino las de todos los vecinos.
Pero antes de la decadencia estuvieron los días de sol, la casa con las persianas arriba, los cuartos llenos de gente, el club de golf verde y concurrido. Santa Rosa era una fiesta. Por las mañanas el desayuno se tomaba en la terraza, mirando al sol prepararse para una jornada de bronceados espléndidos. Al final del desayuno se preparaban los bolsos, la sombrilla y nos íbamos a instalar en la playa. Al rededor de esa casa, de ese balneario, se habían armado historias de la familia que lindaban con el mito: la vez en que mi tío Alfredo voló con su moto en uno de los cerros de arena y se rompió no sé cuántos huesos, la época en que se hacían carreras de automóviles y todas las casas eran cercadas con protecciones, el dueño de la única tienda de abarrotes del lugar que cobraba sumas irracionales por productos algunas veces caducos y atendía sólo cuando estaba de humor, la cueva que se adentraba en el mar, del lado norte de la bahía; la inmensa bolichera, encallada en el lado opuesto al de la cueva, convertida en cevichería y que a mí me producía fascinación y miedo.
A unos cincuenta metros de la casa de mi abuela estaba la casa de mi tía Esther. A mí me gustaba ir a visitar a mi tía Esther porque siempre me recibía con una sonrisa y me convidaba higos de su higuera. Cada tarde de verano, yo tomaba de la mano a mi hermano de unos dos años y lo obligaba a caminar los cincuenta metros sobre una vereda llena de baches en los que el desvalido caminante de estreno que era Miki por esos años tropezaba y se abría las rodillas. Siempre llegábamos a casa de mi tía Esther, yo sonriente y Miki con las piernas bañadas en sangre. Ahí éramos atendidos, Miki con gasa y desinfectante y yo con un plato de higos.

A algunas cuadras con dirección a la playa estaba la Plaza Miami, que era un parquecito con columpios, resbaladillas y otros milagros. A veces me llevaban, pero siempre estaba llena de niños y niñas que yo no conocía y que parecían conocerse muy bien entre ellos, así que nunca fue mi lugar favorito.

Por las noches, mis abuelos se iban a casa de mi tía Avelina, ubicada a pocos metros de la playa. Allí se organizaban juegos de cartas donde todos parecían felices, donde todos reían.
Toda la gente que iba a Santa Rosa parecía estar feliz y desde ahí el mundo se veía como un lugar privilegiado en donde vivir. Cada día era un suave devenir de idas a la playa en donde uno se encontraba con vecinos igual de sonrientes, de almuerzos en la terraza, de atardeceres de reposo y noches de sociedad sólo perturbadas por el nuevo amanecer que prometía, como mínimo, una jornada exactamente igual a la anterior. También estaban el club de golf, toda una victoria de los propietarios sobre la aridez de la zona; la moda de las tardes de domingo en Ancón, las enormes y rojas tajadas de sandía que me comía sentado en la terraza frente al gran árbol del jardín frontal, mi único refugio cuando quería alejarme de todo eso. No sé si cuando uno es niño lo que siente es una necesidad de hacerse a un lado buscando profundizar en uno mismo o queriendo alejarse de los demás. La cosa es que siempre llegaba el momento en que salía de la casa guiado por mis manos que buscaban corteza, por mis plantas hartas de su proximidad con el suelo. Allí me refugiaba sin saber bien de qué o de quiénes.
Muchos años después, cuando mi abuela ya no estaba más y mi abuelo se había vuelto a casar, inició la temporada en la que él quiso rearmar la familia, crear vínculos con sus nuevos integrantes. Fue una época difícil para todos, pero supongo que sobre todo para él. En representación de la familia primera íbamos mis hermanos y yo. Mis padres no.
Llegar a la casa de Santa Rosa fue extraño, después de varios años, y más extraño sentir cómo se amplificaba la ausencia de mi abuela y como todos los cambios se sentían un poco invasivos. Supongo que mi abuelo también se daba cuenta de eso.

Un fin de semana de esos, mi hermano y yo encontramos una ratonera y decidimos tenderle una trampa a los roedores, así que sacamos un poco de queso del refrigerador y colocamos el mecanismo activado detrás de un arbusto a la entrada de la casa. Esa tarde, cuando volvíamos de Ancón con mi abuelo, nos encontramos con que nuestra emboscada había sido descubierta en la casa y se nos acusaba de haber desperdiciado el queso de nuestro nuevo tío (un bebé aún) para nuestros juegos tontos. A mi abuelo no le quedó más remedio que enojarse y, por primera vez en la vida, fuimos testigos de su molestia y blancos de su regaño. A partir de ese día, la idea que tenía de mi abuelo cambió para siempre y nunca volvió a ser la misma.
Cuando un niño es defraudado, es defraudado para siempre. Su confianza se rompe y cualquier intento por repararla es una empresa inútil, al menos en mi caso.

Al día siguiente, mi hermano y yo decidimos irnos a vivir al árbol. Nos llevamos nuestros bolsos con la ropa y un par de sandwiches. No podíamos irnos a nuestra casa porque estaba demasiado lejos. No dimos mayor explicación, simplemente nos instalamos en el árbol. Cuando mi abuelo llegó, esa tarde, y nos vio arriba del árbol, y le dijimos de nuestra decisión, su rostro se puso un poco gris, aunque sonreía tratando de disimular. Su intento por acercar a su nueva familia no funcionaba y los únicos embajadores que aceptaban el cotejo acababan de asilarse en un consulado extranjero.

Para ese entonces, el club de golf era un edificio abandonado, con los vidrios rotos y los pastos amarillentos; las casas eran rara vez visitadas por sus dueños quienes habían enfilado sus veranos con rumbo sur; los juegos de la plaza Miami se oxidaron de desencanto; la tienda de abarrotes no volvió a abrir más; la casa verde de mis abuelos comenzó a perder luz y la bolichera encallada se pudría, vacía, en la playa desierta.

Volver a los lugares en los que uno fue feliz, buscando volver a serlo, es un recurso torpe. Tal vez porque no somos los que fuimos y, por lo tanto, siempre nos faltará algo. En la historia que cuento, faltaba naturalidad. Todos hacían demasiado esfuerzo por revivir la época en que la familia era distinta en número e integrantes y, por lo tanto, se sentían frustrados continuamente. Creo que por eso me fui a vivir al árbol.

Años después me iría a otros árboles, hasta llegar a éste del que cuelgo ahora, desde el que puedo verlos y verme, desde donde puedo tirarles una de las bolitas verdes que le crecen en las ramas, para llamar su atención, para saludarlos con la mano, sonriendo, para que entiendan
que esta decisión es mía y de nadie más y que estoy bien aquí, en mi árbol.

5 comentarios:

Adriana dijo...

Santa Rosa! claro de niña iba a Los Corales y en algunas oportunidades ibamos de pasada a Santa Rosa, tl vz solo fuimos un par de veces pero me pareció encantador, pensaba en vivir ahi cuando fuera grande. Hoy no estoy por alla pero tengo un depa algo equivalente frente al mar, humilde pero mio
Besos

mikibadulaque dijo...

No me acordaba lo de la ratonera, y supongo que hubiera sido un buen tema el ano pasado en mi viaje a Miami, cuando nuestro pequeño tío me invito a comer sushi o cuando nos juntábamos a tomar cerveza Miller. Tampoco me acordaba de nuestra mudanza al árbol, ni de los juegos. Pero al ir leyendo volvían a mi esas imágenes, esos momentos y nuevos momentos como cuando nos manguereban calatos en el jardín para sacarnos la arena, o nuestras ropas de baño de gaviotitas (las que se dibujan como si hicieran una letra N en corrida) y líneas, la mía azul y la tuya roja, los videos del Sr. de barba blanca que cantaba y le fascinaba a mi abuelo y las inacabables búsquedas de búhos siguiendo sus pequeñas huellas.
Yo volví hace unos años para una grabación, la cueva estaba llena de basura, la bolichera no existía, en la entrada había una pista de Kars, entre otros muchos cambios.
Lo único que me queda decir es que después de tantos cambios y años para mi Santa Rosa siempre va a ser una foto de toda la familia feliz en una linda casa y un imponente árbol en primer plano.
Como dato suelto podría acotar que jamás pudiste subir mas alto que yo en ese árbol.

Ricardo Vargas dijo...

Yo no me acuerdo de nada de eso!! ahh no había nacido :D

Luftmensch dijo...

Si habías nacido, pero eras un piojito chiquito con rulos y te quedabas en la casa con la vieja.

Anónimo dijo...

HOLA SOY MARIANA PINEDA :
NIETA DE GUILLERMO PINEDA UNO DE LOS CASI FUNDADORES DE SANTA ROSA JAJAJA.
AL CAER SIN QUERER X TU PAGINA Y LEER TODO LO Q DICE, NO SABES QUE EMOCION ME VINO AL RECORDAR TAMBIEN MI VIDA EN SANTA ROSA.
AHI PASE DE TODO Y LA VERDAD QUE EXTRAÑO TODO ESO YA PASARON MUCHOS AÑOS Y RECUERD ESA CASA DE TU ABUELO Y DE MAS GENTE TAMBIEN.
TAMBIEN ME ENAMORE AHI PLATONICAMENTE NO SE SI LOS CONOCISTE A UNOS HERMANITOS, BRUNO Y OMAR QUE VIVIAN CERCA DEL SERPENTIN JIJIJI.
AY Q LINDA INFANCIA Y TODO LO QUE
Q UNO VIVIO EN ESE HERMOSO PARAJE ALEJADO DEL MUNDANAL RUIDO DE LA CIUDAD.
DONDE SOLO UNO ESPERABA Q LLEGUE FIN DE AÑO PARA IR A PASARLO AHI TODO EL VERANO.
COMO ME HUBIERA GUSTADO Q MIS PEKES CONOSCAN ESO.
BUENO VIVO EN LA PATAGONIA ARGENTINA HACE 7 AÑOS Y BUENO AUQNUE SIEMPRE VOY A LIMA, PUEDEN CREER Q NUNCA LOS LLEVE A SANTA ROSA.
SERA PORQUE YA NO TENEMOS LA CASA Y COMO TODO CAMBIO X ALLA YA NO ES COMO ANTES.
PERO IGUAL EL LEER TU ESCRITO ME VINO A LA MEMORIA TODO LO BELLO QUE PASE AHI.
GRACIAS X COMPARTIR TAN BELLA HISTORIA CON TODOS... TE DEJO MI MAIL X SI ALGUN DIA QUIERES CHARLAR O QUIEN SABE RECORDAR MAS DE SANTA ROSA.
tamo89@hotmail.com
BESITOS.

MARIANA.