viernes, 28 de noviembre de 2008

G


Hoy G. trajo yogurt de durazno. Elegimos una de las mesas en el centro del patio de la escuela, con dos sillas. Él, como desde el primer día, recordándome con gestos que mi lugar es a su lado y no en frente. Pusimos todo sobre la mesa: tuppers, cubiertos, el vaso.
El primer tupper que abrimos puso al descubierto una sincronizada (tortilla de harina de trigo o maíz doblada, rellena con queso y jamón y puesta al comal) bañada en salsa de tomate. Venía cortada en trozos pequeños. Vi que G. tomaba los cubiertos indistintamente, con la mano derecha o la izquierda, pero era evidente que se desenvolvía mejor con la derecha. Sucede que cuando toma el vaso, lo hace con la mano derecha, la que siente más segura, de la que se aferra al vaso para llevárselo a la boca. Luego, se olvida de soltarlo y sólo le queda libre la mano izquierda para tomar el tenedor.
Me pregunto si incluso esa estructura, la del recordatorio del lugar que ocupa y la función que está cumpliendo en ese momento su cuerpo, forma parte de sus necesidades. Cada dos bocados dejaba el tenedor y tomaba con la mano derecha el vaso, del cual se aferraba. Al dejar de beber, buscaba con la mano izquierda el tenedor, En ese momento, le recordaba utilizando mi mano, que aún tenía el vaso en su mano derecha y mostrándole el lugar sobre la mesa en el que podía dejarlo. Al hacerlo, utilizaba la mano liberada del vaso para tomar el tenedor. Cada vez que tomaba el vaso, yo le recordaba dejarlo sobre la mesa para poder utilizar la mano derecha en el uso del tenedor.
En su intento por pinchar un bocado con el tenedor para llevárselo a la boca, el tupper resbalaba sobre la mesa. La primera vez lo sostuve, pero luego dejé que él se diera cuenta del problema guiando su atención hacia el hecho. El proceso comenzó a llevar el siguiente orden: yo le recordaba que debía dejar el vaso sobre la mesa para tomar el tenedor y él me recordaba a mí, guiando mi mano, que le sostuviera el tupper para que no resbale cada vez que intentaba pinchar un bocado.
¿En dónde está el límite de mi inferencia en su desarrollo? ¿El hecho de que me pida ayuda refleja un avance? Cada paso dado, hasta ahora, involucrándome en los procesos de G. han tenido como respuesta una demostración de habilidades que es capaz de realizar, algunas a flor de piel y otras ocultas en lo que, para mí, es la niebla de su percepción.
Ahora, ¿qué hago con la niebla de mi percepción, todo eso que yo creo que entiendo de él? ¡Cómo saber que decodifico acertadamente sus signos? Todos mis sentidos están puestos en él cuando estamos juntos y, aún así, siento que el carácter subjetivo de mi percepción puede estar desviando los caminos que él me trata de mostrar. Es ahí donde G. se vuelve el guía, quien muestra el camino, quien invita a entrar. Yo debo seguirlo, también. Es un intercambio, debemos cotejarnos, por algo somos prójimos.
Al final, cuando debo volver a otros alumnos, a otros asuntos, queda el rastro de nuestro recreo juntos: las manchas de yogurt de durazno en mi camisa, las muchas dudas y las pocas certezas, esas a las que me aferro como él a su vaso, al vínculo que le ofrezco con mi realidad, al vínculo que él me ofrece con la suya.
Está ahí, entreabierto, esperando la mano, el referente del otro lado de la ventana.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Gracias por la puerta que le abriste del yogurt de durazno en adelante solo han sido avances.

Luftmensch dijo...

Para mí también, desde entonces solo han sido avances. Gracias.