sábado, 21 de febrero de 2009

blur


Una tarde me encontré una caja llena de cachivaches de mi padre que habían quedado en desuso, cosas que él había ido dejando a un lado, tesoros fascinantes para mí: cajas de fósforos de hoteles y restaurantes de muchas partes del mundo, entradas a funciones de teatro en Nueva York, una pipa y, entre otras cosas, un par de lentes de marco cuadrado y grueso de color negro. Los lentes fueron los que menos llamaron mi atención, pero después de haber repasado cada objeto que la caja contenía y antes de ponerla de regreso en su rincón de olvido, me los puse. Levanté la mirada e hice un paneo de la habitación. Nada nuevo, todo parecía verse igual a excepción de las pequeñas letras de una calcomanía pegada en la puerta de entrada del cuarto de mi hermano que decía "diadora". Me sorprendió la nitidez con la que podía leer la palabra que, a esa distancia y sin los lentes, no era más que una mancha borrosa. La cosa es que quince días después salía del consultorio del oculista con unos lentes de marco plateado y con un hilo que me permitian tenerlos colgados en el cuello como los usaba Fabián, profesor de mi colegio. Los lentes nunca me significaron una carga. Debo aceptar que desde que supe que los necesitaba me invadió una secreta y serena alegría. Mis primeros lentes fueron de vidrio y de marco metálico. Una tarde, saliendo del colegio me los quité y los dejé caer esperando a que el hilo los sostuviera. Mis dedos se separaron mientras recordaba que el hilo se había roto esa misma mañana y que mis lentes iban camino a un trágico aterrizaje. Reaccioné con reflejos envidiables, pero era demasiado tarde. Mis segundos lentes también eran de vidrio y un pelotazo en la cara los hizo añicos. Años más tarde, paseaba por Patio Bullrich, en Buenos Aires, y me topé con el marco más caro que me compraría hasta ese entonces. La señorita que atendía me explicó, amabilísima, que la marca, los materiales, el diseño, buscando justificar la suma impresa en la etiqueta. Lo pensé diez minutos y me los compré. Pocos meses después, en un estudio de televisión, los dejé sobre una mesa durante quince segundos y cuando volví la vista habían desaparecido. No volví a pagar una suma estratosférica por un marco para lentes hasta hace unos cinco años. El marco me cautivó de inmediato y no dudé en pagar el precio. Me acompañaron durante estos cinco años y resistieron el peso de mi cuerpo sentándose, apoyando una mano o un pie sobre ellos. Resistieron caídas desde un carro en movimiento y el ser exprimidos por Gerardo. Hace unos meses tuve que cambiarlos por unos que parecen estar a la altura.
Muchos doctores me han ofrecido los beneficios de la cirugía, a todos les he respondido que lo pensaré y no lo he hecho. No me malinterpreten, esta no es una apología a los anteojos. Lo que aquí intento es salir en defensa de mi derecho a ver borroso, a quitarme los lentes, enfrentarme al mundo de límites difuminados, que las cosas y la gente pierdan por un instante esa arrrogante nitidez. Es entonces cuando le hablo de tú a tú a las autoridades y a las berenjenas; cuando decido, por enésima vez, retomar la lectura del Ulises de Joyce; cuando el orden que trato de mantener en mi casa deja de molestarme con su predecible monotonía. La chica que alcanzo a ver en la parada de autobuses mientras camino por la mañana a la oficina es despojada de la aquitectura perfecta de su nariz que me distrae de asuntos menos relacionados con la estética. El tipo que me saluda con la mano desde el otro lado de la calle tiene una nube en el rostro y a mí me gusta imaginar que se trata de Saramago o Cortázar.
Los lentes me los quito para leer por las noches en mi cama, para ir a la playa con los Amigos; para jugar al cíclope; para salir a correr al alba; para escuchar la tercera sinfonía de Goreçky; para hacer el amor.
Hay momentos en que no interesa que el mundo sea apenas un vitral confuso.

2 comentarios:

Adriana dijo...

Es decir que hay momentos de tu vida que te gusta vivirlos como si estuvieras inmerso en una pintura impresionista! me gustan mis lentes xq si y no hay mas q decir
Besos

Anónimo dijo...

Yo quisiera unos lentes tan resistentes como los tuyos esos que resistieron la estrujada de Gerar. Donde los mercaste??? jaja.