domingo, 1 de febrero de 2009

fin de semana

viernes
Voy en el asiento de atrás de un lujoso automóvil, conducido por un ex alumno. He pasado la tarde con él y su novia y ahora me llevan a mi casa. Ha oscurecido ya y una fina e insistente lluvia lo moja todo, paciente.
A medida que nos acercamos al centro de la ciudad, el tráfico se hace denso.
Ha sido una linda tarde, hemos reído mucho.
A él lo conocí hace varios años, durante su primer año de secundaria, y ahora está a un paso de convertirse en universitario. Su novia es una chica linda, el equilibrio perfecto entre la timidez y el atrevimiento. No pueden evitar quererse, es evidente cuando se les ve juntos.
Es un viernes por la noche. El celular de él no para de sonar anunciando los planes inmediatos.
Yo disfruto de hacerlos reir hablando tonterías. Un automóvil atravesado en el cruce de una avenida nos detiene.
Ella se vuelve hacia él.

- Mañana voy a poder estar contigo casi todo el día.

Él casi no reacciona pero el brillo en sus ojos lo delata. Trata de contenerse, tal vez porque sabe que yo estoy en el asiento trasero. Toma la mano de ella y le dice, despacio, teamo, y ella, yoati.
Los dos vuelven las miradas al frente exhibiendo unas sonrisas que hacen que el camino se despeje y continuemos, yo hacia mi casa, ellos al encuentro de la noche de viernes que les espera, paciente, como la lluvia.

sábado I
Entró al restaurante acompañado. Se instalaron en una mesa junto a la nuestra y, mientras se enredaba tratando de acomodarse en la silla, sus ojos se encontraron con los míos. Yo lo noté desde mucho antes, desde que sus diminutos pies se adueñaron de las baldosas de ese patio de casa antigua en el que ahora comemos extraños. Sus redondos ojos marrones me miraban hipnotizados. Yo no podía dejar de admirar su expresión, sus cachetes redondos, el fino cabello que comienza a cubrir su cabeza.
La arquitectura de su persona invita al abrazo, a acunarlo hasta que se duerma.
A pesar de su corta edad, inició una exploración confiada del lugar. Recorrió todos los caminos y caminitos, rodeó las mesas, esquivó obstáculos y regresó a seguir comiéndose las jícamas de la ensalada que su mamá se había pedido.
Ella me envió su anuencia con una sonrisa, detrás de su tenedor adornado con una enorme hoja de lechuga cuidadosamente doblada, sorprendida ante la insistencia con que los enormes ojos diminutos me miraban y me buscaban desde todos los rincones del patio.

sábado II

Mi nuevo teléfono inalámbrico tiene un timbre sutil, grave. Me hace salir del sueño en el que estaba de manera dócil. Mi voz se cuela por las grietas de la vigilia. No es que la llamada me sorprenda, sino la simpleza con la que me deslizo en ella, cómo entra en mi cuarto y es como tenerla sentada a mi lado, compartiendo una de mis almohadas enormes.
Y descubrir que hay cosas que nunca se rompieron, que hemos crecido. Y entenderlo es, también, una aventura, dejarme llevar por la vida a latitudes opuestas y disfrutar del viaje que acortará una década de distancias.

domingo

Despierto ante un domingo joven, sorpesivamente soleado. Recuerdo que aún tengo un feriado por delante, entonces es como si el reloj volviera sobre sus pasos ante la inminencia de la muerte del fin de semana, como la medusa de la que me contó Mari.
Salgo de la cama y, mientras espero a que se caliente el agua, parto en pedacitos un trozo de cáscara de naranja seca sobre la yerba, que es como me gusta el mate.
Me siento frente a la computadora y al cielo luminoso de este segundo sábado, y dejo que mis dedos brinquen sobre las teclas, que mis palabras se acomoden y digan un poco más de mí y las cosas que me sostienen.
Nota: La imagen de este post es de Gerardo Vargas y fue tomada de http://serigrafiasgvf.blogspot.com/ .

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