sábado, 14 de febrero de 2009

un día


En pocos meses él se había convertido en el cajero estrella de aquella famosa cadena de fast food, al punto que lo instalaron en la sucursal acabadita de estrenar y lo nombraron entrenador de los cajeros recién contratados.
Los dedos de él se movían con una agilidad inverosímil sobre las teclas de la caja registradora computarizada. Los códigos de los productos eran reflejos instantáneos que su cerebro enviaba en procesos complicadísimos y veloces para que la orden estuviese a tiempo en el mostrador, pero nada más. Las satisfacciones en ese trabajo no eran demasiadas.
Durante las horas de menos clientela, cuando el encargado de la plancha se tomaba una hora para almorzar, él se quedaba a cargo confeccionando cuidadosamente la arquitectura de las hamburguesas más famosas del país y aprovechando para enfrentar al aprendiz de turno a la solitaria responsabilidad de la caja.
El momento más denso del día era cuando terminaba la hora de almuerzo y aún no empezaba la hora de la comida. El sol moría lentamente allá afuera. Fue a esa hora de un día cualquiera de enero en que el administrador le dijo a él que su próxima aprendiz sería ella. Él asintió tratando de no darle importancia al asunto, pero sus ojos, los de ella, lo escrutaban desde abajo de la visera de la gorra roja y su mente, la de él, jugaba a adivinar cómo serían sus manos, las de ella, que se encontraban ocultas detrás del mandil azul marino.
Ella tenía dieciséis y vivía a unas diez cuadras del trabajo. Sus palabras, las de ella, fueron: trabajo de verano, enamorado de viaje. Él no quiso saber más.
Durante tres semanas pasaron gran parte del día juntos y él la acompañaba hasta su casa, con paso lento, sacándole brillo a sus mejores historias, gozando de su sonrisa, la de ella.
Una tarde, durante la acostumbrada extensión de la conversación en el umbral de la casa de ella, sobrevino la invitación: según ella, él tenía que ver su nuevo disco, el unplugged de Soda Stereo, en la computadora. Y en eso se entretuvieron, muy poco la verdad porque los dos comenzaban a sospechar de las palabras que no se terminaban de decir, del rubor cuando se encontraban cada medio día en el trabajo, de las disimuladas caricias que él le hacía en la mano izquierda, porque era la que le quedaba más cerca, de acuerdo a la disposición de las cajas.
Esa noche la familia de ella lo invitó a quedarse a cenar porque ya era hora y él no encontraba la voluntad para dejarla. Ella sonrió ante la invitación, en parte por el gusto que le causaba y, en parte, burlándose de la sorpresa en el rostro de él.
Durante la cena él se sintió cómodo. Los padres de ella lo fueron invitando a que se presente con toda la disposición de saber quién es y para cuando se sirvió el postre el tono era coloquial. No hubo sobremesa pero sí el voto de confianza de los padres. Subieron a su cuarto y los dejaron, a él y a ella, a merced de su intimidad.
El primer beso fue tímido y los dos miraron al suelo sin saber bien qué decir, así que, después de unos segundos, optaron por uno más.
Estaban sentados en el suelo, en la pequeña terraza del jardín. Los dos temblaban pero ella no podía disimularlo. Él intentó tranquilizarla: vamos a ver qué pasa, pero ella ya había empezado a llorar, así que se abrazaron. Y así se quedaron, él sin saber bien qué decir pero sintiéndo que lo estaba haciendo muy bien y ella a la deriva en el mar de la confusión pero bien agarrada del cuello de él, durante un tiempo indefinido.
La mamá de ella la llamó, lo que quería decir que él debía irse.
No se dio cuenta, hasta que salió a la calle y se descubrió casi solo, que eran las doce y dieciséis de la noche de un martes cualquiera y que estaba sonriendo por dentro y por fuera.
Cada jornada era una fiesta privada. Sólo ellos dos sabían de su vínculo. Ahora las manos se rozaban y se quedaban juntas. Eran los únicos que sonreían por cuestiones que no tenían nada que ver con la política de atención al cliente de la empresa.

La primera cita formal fue a caminar sin rumbo fijo. Él la buscó en su casa y la mamá dijo "chau" y dijo "a las diez y media", también. Él le mostró su ciudad, el café de siempre, el pedazo de malecón que poseía antes de la llegada de Larcomar, la casa al fondo de la quinta en donde se demoraron. Eran casi las doce cuando llegaron a casa de ella. Hubo regaño y castigo, pero a esas alturas se necesitaba más que eso para borrarles la sonrisa de la cara.
Ese fin de semana ella no trabajó. Era su último fin de semana como aprendiz de cajera y su último fin de semana de vacaciones, así que se iba con sus papás a la playa. Él la esperaba de regreso el lunes siguiente, día de san Valentín. Y el miércoles sería su último día de trabajo.
Uno sabe cuando las cosas han cambiado y él no era la excepción. La vio llegar y sus ojos, los de ella, lo esquivaron. Desorientado, comenzó a deambular por la tienda a la que le faltaba media hora para abrir cuando le vinieron a avisar que ella lo esperaba en el vestidor de las mujeres.
Allí dentro ella le habló de su fin de semana en la playa, de lo que había pensado, del regreso inminente de su novio y su intención de esperarlo.
Fue entonces cuando él sintió lo que Manuel Mandeb describe como una patada en el corazón, pero las manos y los ojos de ella hablaban con claridad y le daban la espalda. Él no sabía cómo responder sin quebrarse. Le dijo que valoraba su honestidad, que qué bueno que se lo había dicho, que nunca le quede debiendo palabras a nadie porque después es demasiado tarde para decirlas, en fin, los floros que se meten para hacerse pasar por un tipo maduro y tratar de salvar, aunque sea, la dignidad.
Ella no se quedaría ese día a trabajar ni volvería los días siguientes.
La jornada fue una estampida de bisontes que pasaban sobre él en cámara lenta y ante la cual no sentía necesidad de protegerse. A las cuatro de la tarde dijo sentirse mal y se fue a su casa. De allí llamó a su amigo porque era catorce de febrero y nada mejor que un amigo para desvalorizar la soledad en días como ese.
Pasaron al café, como siempre, en donde su amigo se enteró de los pormenores, del final, de la tristeza. Nada de llantos ni escenas, sólo dos tipos tomándose un café al comenzar la noche.
Luego emprendieron camino hacia el Parque del Amor porque se presentaría un montaje de Sueño de una noche de verano.
No hace falta ser demasiado suspicaz para prever que el Parque del Amor estaría repleto de gente un catorce de febrero por la noche. Él y su amigo se esforzaban ingenuamente en encontrar a otros con los que habían acordado verse allí, pero cualquier empresa de ese tipo estaba destinada a fracasar. Recorrieron el parque tres veces juntos y dos por separado, pero nada.
Él decidió que seguir allí no tenía sentido y fue en ese momento cuando sintió una mano sobre su hombro y una sensación conocida. Ella llevaba horas buscándolo en todos los lugares de los que él le había hablado durante la primera cita. Finalmente, en el café, le dieron la información que necesitaba.
Él quiso improvisar unas palabras pero no tuvo oportunidad.

- He venido a darte un beso-, dijo ella, acercándose.

Los siguientes minutos son inciertos en los recuerdos de él. Sólo retomó el control de sí mismo cuando ella se separó y le dijo "chau" con su pañuelo soberbio.
Fue ese día en que él entendió que su vida estaría marcada siempre por el aire nostálgico en que sus historias desembocan inevitablemente.
Entonces, volvió al café con su amigo. La mesa de siempre estaba desocupada. Mientras esperaban el pedido, el amigo pensó en voz alta.

- Un día podrías escribir lo que te acaba de pasar.

5 comentarios:

The butcher dijo...

Pasu machu, me encantó.
Besos,
E

Luftmensch dijo...

Gracias por pasar, es bueno saberte sobre mis letras.
Besos.

The butcher dijo...

Y claro, me suscribí.
:)

Adriana dijo...

Wow, como q tenía razon eh
Besos

AURA dijo...

Es impresionante ver lo mucho que una historia puede cambiar de la palabra hablada a la palabra escrita, no la reconocí hasta el final

un abrazote kuah'ji