martes, 14 de julio de 2009

alta


Mañana lo dan de alta.
Días atrás, en un consultorio con poca iluminación fue donde se enteró de la intervención inminente y algunos de los miedos que le brotaron en las plantas se arrastraron piernas arriba y se le instalaron en el pecho y la garganta, que es donde el miedo habita en ese lado de la familia.
Una semana transcurrió entre el consultorio a media luz y el día del quirófano. Siete días en los que el teléfono sonaba y sonaba porque todos lo queremos y sentimos una tremenda necesidad de decírselo en el auricular, a viva voz, en notitas guardadas en sobrecitos amarillos.
La noche anterior a su partida a la clínica, mi llamada lo encontró en su escritorio, ordenando papeles mientras mi mamá le pasó el teléfono y se quedó con él porque todos nos hemos hecho un poco más viejos y hemos aprendido sobre el rol que nos toca al interior del clan. Su voz fingidamente tranquila me llenó los bolsillos de cáscaras de mandarina y los ojos de fotos amarillentas.
A las seis de la mañana lo internaron pero la operación no empezó sino hasta pasadas las once.
Todo esto sucedía del lado de allá y todo parecía marchar bien.
Pero no acá. Quiero estar allá y no es posible porque el acá me muerde la pantorrilla como el pastor alemán neurótico de mi tío Roberto, la tarde en que pasé a su lado y me sorprendió su traición.
Sobre todo quiero estar allá desde ayer en la tarde, cuando vibró el teléfono y yo estaba a la mitad del concierto del sur para guitarra y orquesta (aunque en su reducción para guitarra y piano) y tenía que hablar bajito, y escuché su voz convaleciente decirme cosas que no alcanzaba a entender justo cuando se acabó el concierto y la gente se arrancó a aplaudir como loca, porque Álvaro se lució.
El teléfono volvería a vibrar, esta vez conmigo afuera del teatro, bajando por Ávila Camacho, y escucharía sus monosílabos pesados y llenos de aire, ese ruido que a mí me supo un poco a queja que quizá no fue pero que me acompañó calle abajo, incluso cuando el asfalto se volvió piedra volcánica en Betancourt y la basura amontonada en la esquina me obligó a refugiarme en la librería donde le compré un regalo a Marie, como celebrando el día a día de nuestra amistad.
Crónica extraña, esta del anhelo.
Mañana lo dan de alta. Y yo volveré a casa temprano para tomar el teléfono y escucharlo recuperar terreno en pecho y garganta, que es donde también habita el amor de ese lado de la familia.

* La imagen de este post pertenece a Gerardo Vargas.

No hay comentarios: