viernes, 17 de julio de 2009

rayuela

Esta mañana comencé a releer Rayuela. Después de muchos años volví a mirar sus letras, en una edición distinta porque la anterior emprendió el viaje (sin retorno en este caso) del préstamo, que todo libro respetable debe emprender algún día.
Mi nuevo volumen está impecable. Lo compré hace poco menos de un mes y antes siquiera de haberlo abierto, accedí a prestárselo a Gerardo. Semanas permaneció mi libro condenado a un rincón de su casa hasta el domingo en que lo rescaté, para convertirme en el primero en separar sus capas en busca de su centro, que cambia de lugar según me acerque o me aleje de la última o de la primera pagina, un pulso herido que sonda las cosas del otro lado.
He sacado la cuenta y son nueve años. La última vez que leí Rayuela fue hace nueve años, cuando vivía en una casa vacía que mi colchón individual y la cafetera prestada no alcanzaban a llenar y mi único jardín estaba constituido por mi maleta de libros y las canciones que me llenaban los ojos de tiempos y latitudes pasadas.
Por esos días aprovechaba las tormentas eléctricas para apagar las luces y leer a Cortázar a la luz de una vela y así no perder conciencia de la fiesta estróbica de los relámpagos, para dejar que el olor y el ruido de la lluvia se mezclen con la voz de Oliveira y que los cocuyos se metan en mi cuarto y reescriban mi infancia.
Por esos días mal comía una vez y media al día y tenía la confianza de hacer cálculos sobre el bloc del futuro y la hoja reciclada del amor. Armaba rompecabezas de miles de piezas sobre una mesa sin lijar que me llenaba las manos y el coraje de astillas.
Ahora he regresado a esas páginas en las que existe el único París que conozco, en las que todavía habita, mirando azorado, el tipo que fui y que llegó a estas tierras sin saber muy bien qué hacer y mucho menos cómo hacer; y ahora, a fuerza de años y nostalgias, decido emprender con varios meses de anticipación un regreso que carece ya de flechas direccionales, que podría ser una ida en más de un sentido o un regreso a cuestiones y profundidades que ni yo mismo me puedo imaginar pero sí sospechar... sin más equipaje que el que me fui llevando de a pocos (excepto por el proyector de ocho milímetros, una polaroid de los 40's y un clarinete viejo y hermoso), sin pretender nada más que el arribo, el cotejo con esas calles que se han reinventado mil veces desde la última vez que las pisé... yo con mi vida, frente a la vida de los otros.

2 comentarios:

Adriana dijo...

Yaaa no t creo, en serio stas cn Rayuela ahora??? puxa mira tu, yo tambien! q loco
Besos

Laura MB dijo...

tus palabras hacen querer leer a Rayuela.
Volver a decir cuánto me gusta leerte está de mas.

PD... de mi cuento... el helado de maracuyá... hay que probarlo, es de Tepoznieves

ciao