martes, 7 de julio de 2009

una ruta




En abril de 1989 conocí a Fabián. Había llegado a Lima no hacía mucho, venía de Argentina e iba camino a México y, por azares del destino, terminó quedándose. Y no sólo eso. Se convirtió en profesor del colegio en el que ese año empezaría a cursar el segundo año de media, grupo del que fue designado tutor. Antes de que acabe ese año yo me iría del colegio y del país y Fabián se quedaría en Lima. Yo me iría con mis anteojos nuevos, unos igualitos a los de él, de marco metálico plateado y con un hilo que permitía tenerlos colgados a la altura del pecho.
Tres años después, volví a Lima y Fabián seguía allí y sería tutor del grupo de Riky años más tarde.
En 1999 llegué a México, país al que Fabián no llegó. Me instalé, por razones puramente incidentales, en una pequeña ciudad: Xalapa. Era lo más lejos que había estado de casa. En esa ciudad fundé mi vida de teatrero. Riky me dio el alcancé tres años después y trajo consigo la noticia de que Fabián tenía un sobrino en la misma ciudad.
Una tarde, cuando salía de un negocio de renta de Internet, Riky se topó con un argentino que resultó ser laudero y, además, sobrino de Fabián. Y se apareció en el departamento con él: Ariel. Eso fue en el dos mil tres.
Ariel es hoy mi hermano en estas tierras y, a fuerza de años y vida, lo será en cualquier tierra que pase bajo mis suelas. Hace cuatro años que compartimos el mismo departamento. Él ceba el mate y llena la casa de azerrín. Yo hago pollo teriyaki y no lavo nunca los platos.
La cadena comenzó con alguien que se fue de donde tenía que irse y que desató una reacción que ha llegado hasta aquí, a kilómetros y décadas de distancia. Una ruta en la que yo gané un maestro, un hermano.
La vida siempre nos acerca a la gente en la que debemos mirarnos.

1 comentario:

Adriana dijo...

Por eso yo siempre digo que todo tiene un porque aunque en ese instante no lo entendamos
Besos