domingo, 20 de septiembre de 2009

domingo inmóvil


Por esta época del año, comienzan a aparecer domingos inmóviles escondidos en algunos fines de semana de cada mes. Los he visto y no tienen nada que ver con esos domingos de día del padre o los de almuerzo en la casa de los abuelos. Hay domingos en que prender el televisor se vuelve un acto más ridículo que otros días. Abro las cortinas del cuarto sólo después de las nueve porque sé lo que me voy a encontrar del otro lado. Hay un viento que llega esos domingos, a media mañana, y deja las calles sin nadie ni nada más que los rastros de una lluvia de perfil bajo. Leer tal vez sea la actividad más recomendable. Yo me siento en la silla de plástico blanco que hay en el balcón y desde ahí intento no prestar atención al silencio que se cuela por todas partes. Los automóviles pasan como flotando sobre los famélicos charcos de las calles y nunca los veo, sólo sé de su presencia por el sonido que hacen al cortar el aire. Muy de vez en cuando puedo ver algún caminante equivocado, quizá un despistado que sigue pensando en sábado o algún optimista que pretende llegar primero al próximo viernes. Hoy, por ejemplo, he tostado las dos últimas rebanadas de pan de la bolsa y he hervido dos huevos. El café invade el cuarto igual que otras mañanas al pasar por la cafetera, pero su ánima permanece menos tiempo. Elijo una melodía al azar y programo su repetición, buscando entonarme con la inmovilidad de allá afuera. Y es que cuando todo deja de moverse no me queda más remedio que hacer lo mismo para comenzar a mirar esas cosas que sólo aparecen los domingos inmóviles. Así he descubierto milagros inesperados en mi cuadra. Hay un perro que tiene más de tres nombres y que duerme la siesta a la entrada de una lavandería, a la hora en que se encienden las secadoras y un tibio aliento emana como si se tratara del suspiro somnoliento de un dragón viejo. El panadero de la cuadra que de lunes a sábado oye danzones de su infancia en un desvencijado toca cassettes, olvida las letras de sus canciones que resuenan a la hora del almuerzo y uno se imagina caminando calle abajo con una bolsita de poliuretano llena de cuernos y de conchas recién horneadas. La ropa blanca en los tendederos ondea en el aire, se infla y vuelve a caer, y a mí me encanta sentarme minutos larguísimos a espiar sus acciones impredecibles, su gordura momentánea, el momento en que se rompan las cuerdas y se vayan volando a saber a qué cielos. Mi teléfono se convierte en un objeto carente de todo sentido. En tardes como esta podría confundirlo con un pisapapeles, un traba puertas o con el contrabajo muerto que vive a la entrada de mi departamento. Las fotos en blanco y negro que tengo aquí y allá cobran un nuevo valor y entonces disfruto acordándome de Julio Ramón, de Ernesto, Isadora, mis viejos, de Julio, Salvador, Ricardo, Miguel y de Giancarlo. El edificio en construcción al frente del mío yace triste y despeinado, esperando la fiesta del lunes al amanecer cuando albañiles desayunan, ruidosos, en sus entrañas. Dejo el papel un rato y volteo a ver mis torres de libros y discos y pienso en cuáles de ellos reinarán este otoño. También pienso en que tengo que ir a comprar un poco de pan y que debo apagar la cafetera antes de salir. No cabe duda que el otoño es el momento del año en que me hago un poco más viejo.

2 comentarios:

El ornitorrinco dijo...

El otoño no te ha puesto viejo, te ha convertido en discípulo de Parménides. El abrazo nuestro.

Laura Mb dijo...

No te haces viejo... el Otoño es la estacion del oscio y la Bohemia.

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por cierto... ya se que es ankoku