domingo, 10 de enero de 2010

imperativo emocional


La última vez que lo vi me hacía adiós con la mano.

Me fui porque no soportaba un segundo más en esa casa, aunque me tomó dos años partir. Tanta es la atracción que ejerce esa gente de la que uno necesita escapar.

La última vez que lo vi me hacía adiós con la mano y la imagen sigue impresa en mí, como el último fotograma antes del oscuro inevitable de una historia que no se termina de contar.

Hablo con él por teléfono, lo veo un poco pixeleado en la pantalla, leo sus emails de pocas palabras. He tratado de explicármelo sin éxito demasiadas veces. He querido encontrar una pista en mi infancia, en mi tímida adolescencia, en mi torpe adultez y lo he hallado por todas partes, explicándome el significado de la palabra alternar en las recetas, perdiendo la paciencia, brillando cuando estaba de buen humor, inventando un mundo para mí y mi hermano en el jardín, su ausencia hecha angustia en época de parciales.

He pasado los treinta y todavía no sé qué hacer con todo esto. A veces comienzo a pensar en quedarme donde estoy porque me jode comprobar que incluso después de tanto tiempo mi imperativo emocional mueve todas las agujas hacia el sur.

Sé que va a leer esto. Sé que lo va a leer en su lap, quizá en la casa una tarde.

La última vez que lo vi me hacía adiós con la mano y ahora comienzo a imaginarlo haciéndome hola.

2 comentarios:

The butcher dijo...

Y seguro le pondrás una sonrisa en la cara.

Luftmensch dijo...

Es la idea...