viernes, 15 de enero de 2010

noción de familia

Cuando era niño tuve la tendencia a “pasarme de la raya”, como me decían. Casi todos los juegos o bromas terminaban cuando yo hacía un comentario desatinado o aplicaba más fuerza de la que debía, por poner algún ejemplo.

Recuerdo específicamente una tarde de verano.

En el edificio que aún existe frente a la casa de mi niñez vivía la mayoría de los amigos del barrio de esos años. Había una familia en el tercer piso, una familia numerosa y entre sus miembros una “tía” de pocos años aunque mucho mayor que todos nosotros y que tenía un niño de poco menos de un año. Esa tarde subimos a buscarla no recuerdo para qué (quizá para conocer al niño) y ella aceptó a bajar con nosotros y nosotros le improvisamos una especie de procesión: mientras bajaba las escaleras con el niño en brazos todos decíamos cosas y movíamos nuestras manos alrededor de ella. Lo recuerdo como un momento emocionante. En medio de esa emoción yo arranqué una hoja de una especie de gomero que había en uno de los descansos de la escalera y continué haciendo lo mismo pero con la hoja. Fue evidente que a ella no le gustó nada la idea. Dejó de reírse inmediatamente y levantó la cara para revelar un rostro enojado que me miraba con ojos enormes y rojos en mi imaginación. Yo, sin saber qué era lo que había hecho mal, sólo atiné a salir corriendo y esconderme en un árbol de moras que había a la entrada de mi casa. Ella salió del edificio ya sin el niño en brazos y, para mi desconcierto, en lugar de buscarme entró a mi casa por unos minutos para luego salir de ella y meterse de vuelta en el edificio.

Miki me contó después que mi madre había tenido que soplarse un confuso discurso que argumentaba mi malcriadez. Y fue Miki el que salió a buscarme al árbol para decirme que mamá me llamaba y que no me preocupe, que no se había molestado.

Todavía recuerdo mi estado de confusión, esa sensación de niño a punto de ser regañado. No entendía qué era lo que había despertado el arranque de ira en esa mujer. Me sentía asustado por el rechazo que sentí. Le pregunté a Miki por la mujer y me dijo que ya se había ido a su edificio. Lo recuerdo claramente caminando a mi lado por el pasillo estrecho y largo que desemboca en el jardín al centro de la manzana en donde está la casa de mis padres. Mamá me esperaba en la puerta. Nos dijo a mí y a Miki que el lonche estaba listo y luego me dijo a mí palabras que quisiera poder recordar ahora, palabras que me devolvieron confianza, disiparon el miedo.

La tarde de verano se fue oscureciendo en las ventanitas de casa de muñeca que hay en el comedor. Mi mamá tostaba pan y la leche con Milo era un bálsamo. Miki no decía nada pero estaba ahí, dejando bien en claro a qué equipo le iba. Recuerdo la sensación de seguridad.

Mi madre siempre me dice que lo que ella siempre ha querido para mí y mis hermanos es una familia. En los últimos años yo he mantenido cierta tendencia a subrayar todo lo negativo que ese esfuerzo suyo trajo como consecuencia.

Hoy me doy cuenta que ese lonche de verano, esas palabras que se me escapan y que me dijo mirándome a los ojos, todas las veces que llegó de sorpresa al colegio a recogernos, el interés con el que escuchaba las nuevas canciones que aprendíamos en clase de música, su presencia palpitante, sembraron en mí este instinto de clan, esta noción de familia que me acompaña hasta este rincón del mundo e impide que en el fondo callado de mi alma me sienta solo.

3 comentarios:

Adriana dijo...

Nunca jamas estamos solos...
besos

Laura MB dijo...

Creo que este es mi favorito. Me gusta mucho cuando escribes de tu familia. Y no creo que tu vayas a estar solo ningun día de tu vida

Encarna Martínez dijo...

¡Qué tarde se aprende a veces a valorar!
Me pregunto muchas veces si siempre será así el papel de la madre: dar, recibir desprecios, seguir luchando y dando con el mismo amor y cuando ya parece que nunca será valorada,desaparece el niño y aparece el hombre. Entonces, llega la hora de la partida.

Encarna