jueves, 4 de marzo de 2010

la Ítaca de los orígenes


Y es que uno crece, no queda más remedio. Uno crece y una parcela interior se queda atrás, nos pierde el paso en la carrera de hacernos más grandes y nos contempla desde su quietud. Uno avanza a paso algunas veces decidido y otras no tanto, sabiendo que se deja atrás ese paraje que alguna vez fuera tan cotidiano y del que a fuerza de años y kilómetros uno se ha ido apartando. Pasa el tiempo y uno comienza a sentir el saberse lejos del jardín de la casa de Cabo Blanco, del paradero por el que cada mañana pasaba la verde 73, de los amigos en las épocas que no había más que los amigos y las tardes aciagas, de las noches en el café, de los fines de año durmiendo bajo un cielo marino desnudo, de la brújula cambiando de dirección a cada paso dado, porque cada paso dado nos ofrecía algo nuevo y fascinante.
Con el tiempo me he vuelto un tipo nostálgico. Nostálgico no solo de lo que viví, sino un poco del que fui, también. O al menos de la idea que hoy tengo del que fui. Una nostalgia de mí que constituye el fondo de mi ser y a través de la cual me comunico con lo más antiguo que hay en mí, como escribiera Ciorán.
Y, entonces, la nostalgia se vuelve bandera y su afilado hilo me guía en el laberinto desenfocado de mis recuerdos. Organizo y desempolvo, escribo cartas de esas con sobre que uno tiene que ir a dejar en el correo, me acerco a los que fueron cómplices de esos fines de año, de esas tardes y esos cafés, a la abuela que me jalaba la cola para curarme el empacho y a la que cantaba muss i denn, muss i denn; al día en que me di cuenta de que estaba enamorado de mi prima Ana, a la noche en que mi hermano y yo atravesamos el desierto de Atacama para hacernos un poco menos niños. Me agarro bien fuerte de todo esto porque siento que no puedo continuar si pierdo ese hilo, si miro hacia atrás y no veo más que bruma.
Y así emprendo lo que queda al frente, abriendo un camino que desemboca en la patria única, la vuelta a la Ítaca de los orígenes fundada en el centro de mi pecho.

2 comentarios:

maría cristina dijo...

Hola Joaquín: Mi nombre es María Cristina. Soy de Argentina. Llegué a tu blogs de una manera rara, busqué en google imágenes de flores hermosas. Cliqueé en una de ellas y me remitió a tu post, donde habla de que te gustan las plantas.
Me quedé leyendo. Tu forma de escribir me gustó y quise comentarte. Y leí más. Hasta llegar a Constantino. Lo descubrí y me emocioné con tan gran persona.
Luego leí tu homenaje a Allende y mis lágrimas cayeron, a tan temprana hora, agradeciéndote semejante reconocimiento.
Quiero decirte que el poder nombrarlo, a él o a otros prohibidos, yo que pasé por la dictadura argentina, hace que no nos destruyan totalmente.
Es el madero del náufrago que nos sostiene.

Un abrazo muy fuerte.
Seré una de tus seguidoras.

Luftmensch dijo...

María Cristina, muchas gracias por quedarte leyendo y por las palabras que dejas.
Un abrazo grande, desde este norte que está por volvérseme sur.

Joaquín