lunes, 3 de mayo de 2010

a la orilla de mi llegada


Durante muchos años imaginé este regreso que ahora me despierta temprano por la mañana en cama improvisada de huésped y me desacomoda algunas tardes en que no encuentro por ninguna parte mi balcón, ni mi escritorio, ni mi molino de café.

Evidentemente, casi nada de lo que imaginé durante diez años tiene algo que ver con esto que estoy viviendo: la sordera de Laika, la lluvia de Lima, los amigos de siempre enfrascados en sus vidas de ahora.

Y también el amor. Me ha sorprendido desde el día en que corrió a mí en el aeropuerto porque me sonreía desde que el avión inició su descenso. La he encontrado floreciendo algunas tardes a los pies de mi miedo y me ha saludado desde el escenario sin que ninguna de las trescientas personas del público se diera cuenta. Me encanta aprertarle la mano cuando caminamos juntos a donde sea y también darle su nombre a las vendedoras de flores. A veces, nos refugiamos en un chifa veinticuatro horas que queda a la vuelta de su casa para hablar y hablar desde su sopawantán y mi chaufaconnaboencurtido.

Ella sabe qué decirme cuando me duele la barriga y le gusta que la espere cada noche a la salida del teatro. Y a mí no me abandona esta sensación de bienestar.Sus ojos me miran desde el espejo y juntos hemos fundado este pueblo a la orilla de mi llegada.