domingo, 17 de abril de 2011

Rafaela


Mi sobrina Rafaela me mira con sus ojos grandes como la luna de esta noche. Yo la cargo y me la llevo a la hamaca y nos instalamos allí a pasar el tiempo, a reconocernos tío y sobrina, mientras el vaivén nos regala la cercanía y lejanía de las ramas verdes del jardín de la abuela/madre, según la perspectiva.
Me encanta que sea domingo porque es el día en que llega a la casa de mis viejos a alborotarlos a ellos dos y a todo al que se ponga al alcance de sus ojos/luna. Mi mamá canta, mi papá ríe y ríe, mi hermano (el otro tío) consume y consume tarjetas de memoria de su cámara digital.
A mí me gusta tenerla cerca, mirarla un rato mientras duerme su siesta de las cuatro, estirar mi mano cuando busca de dónde prenderse para iniciar su ascensión al mundo bípedo.
Su llegada a la familia nos ha hecho crecer un poco más a todos. A sus siete meses ya nos ha enseñado sobre respeto, sobre perdón, sobre amor.
Me gusta pensar que ella puede sentir lo especial que es para mí, pero no es algo que me apura. Sé que tendremos tiempo a montones para leer historias, para comer helados, para caminar por la playa.
La familia crece y todos crecemos con ella.
Gracias, linda Rafaela.

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