domingo, 8 de mayo de 2011

más de un año


Hace más de un año que estoy de regreso.
Anoche, sentado a siete pisos de altura sobre la Plaza San Martín, me di cuenta de que sigo disfrutando el estar rodeado de mis amigos como si hubiese llegado hace pocas horas. Los miro a mi alrededor, cada uno en lo suyo, reinventando nuestros viejos diálogos. Entonces se los digo, desde ese séptimo piso en el que uno se siente un poco más en control de algunas cosas se los digo, lo importantes que son para mí y cómo sigo disfrutando tenerlos cerca después de tantos años de distancias.
Esta mañana Miki y yo atravesamos la ciudad en bicicleta buscando un regalo de última hora que nunca encontramos. Lo fui a buscar a su casa y pedaleamos como lo hubiésemos hecho un día cualquiera de verano en la época en que todavía llevábamos lonchera al colegio. Rumbo a la casa de los viejos recorrimos el malecón, comimos un helado de lúcuma y él chocó y se hizo una herida en la pierna, igual como cuando recién comenzaba a caminar y yo me lo llevaba de la mano a la casa de la tía Esther, allá en la playa de Santa Rosa donde los abuelos nos llevaban a pasar el verano. La vereda que unía la casa de mis abuelos y la de mi tía Esther estaba semi destruida y por más cuidado que ponía en guiar al caminante de estreno que era Miki en esos años, él siempre terminaba cayendo de rodillas con lo que acabábamos yo regañado por el intento de fuga y Miki sometido a largas curaciones y lágrimas varias.
Hoy no fue mi culpa. Miki pensó que sería sencillo comer su helado de lúcuma y contestar el teléfono mientras pedaleaba por el malecón. Cuando nos dimos cuenta el ya se había estampado contra un macetero y yo contra su bicicleta. Por su pierna corría un grueso hilo de sangre y vino a mí la sensación de la vereda de Santa Rosa.
Cada día compartido con mis hermanos es un cable directo a nuestra infancia, a los que fuimos y que son parte vital de los que somos hoy. Me gusta restarle días a los que pasamos lejos y sumarle uno más a este presente de cercanías.
Ha pasado más de un año desde mi regreso y sigo viviendo cada día con mis hermanos como si hubiese bajado recién del avión.
Me gusta estar aquí, ahora, viviendo este tiempo cerca de los que me toca estar cerca.
A todos los que hacen esto posible, mi corazón.

3 comentarios:

maría cristina dijo...

Escribes poco, pero cuando lo haces, es tan sentido que toca el corazón de quienes por hache o be, no tenemos hermanos con quien compartir nada.

Y es muy descriptivo tu relato. Puedo ver el malecón y las veredas destruidas y los dos desconocidos para mí, en bicicleta.

Saludos desde Argentina. Y gracias.

Luftmensch dijo...

Gracias a ti, María Cristina, por seguir visitando este insonstante blog.

CharlyINC dijo...

Es la primera vez q leo tu blog y la primera q escribo algo tb con este último post me hicitse reir :)..
....comentar que:

AFIRMATIVO

No eres la única persona que conozco que se alegra al volver a Lima y la contempla .....rs decir eso sí esta bueno.. no?

APORTAR:

Los malabares , en bicicleta, Domingos pedalenado x el malecón , no son buenos ... Y menos si la llamada que recibia , ese muchacho , era desde Los Angeles.

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