sábado, 3 de diciembre de 2011

el carro amarillo


Una mañana, cuando era aún un niño, fui enviado de regreso a mi casa del colegio por no haber llevado una tarea. Mi mamá no tenía cómo ir a recogerme así que tuve que salir a la enorme avenida Grau de Barranco a una hora en que (al menos según yo) todos los demás niños de mi edad estaban dentro de un colegio y emprender el camino a casa en la 73, cargando el peso de no haber cumplido con mi responsabilidad.
Mientras esperaba mi micro verde, pasó la mamá de mi mejor amigo, Mateo Gubbins, abordo de su inconfundible stationwagon amarilla. Cuando la vi venir hacia mí sentí mucha vergüenza: tener que explicarle que no había hecho una tarea y que además me habían mandado a casa desde un colegio del que nunca mandaban a nadie a casa (al menos según yo, también). Justo detrás del carro amarillo, se acercaba mi 73.
Opté por voltearme y darle la espalda al sentido desde el que vienen los carros en la avenida Grau y justo cuando la mamá de mi mejor amigo pasó, me di la vuelta e hice la seña para que la 73 se detenga y poder esconder mi vergüenza en sus fauces.
Pude ver cómo el carro amarillo de la mamá de Mateo (que en otras ocasiones me había llevado en la maletera, jugando UNO, a La Planicie o a Punta Hermosa) se detenía de improviso (seguro reconociéndome) pero yo no tuve el valor de enfrentar mi responsabilidad en todo este asunto ni la vergüenza de haber sido separado del resto del grupo que seguía dentro del colegio. Subí rápidamente al verde monstruo de metal y me senté mirando al frente, pretendiendo no haber visto nada pero deseando ir en el asiento del carro con la mamá de Mateo, hablándole de todo lo que me pasaba. Y sintiéndome muy mal, también.
Supongo que el único responsable del laberinto en el que me sentía atrapado era yo y confesar eso frente a quien sea era inconcebible, como si poniendo en evidencia mi error fuera a perder el aprecio de los demás cuando descubran que en realidad no merecía su cariño, su atención.
Yo seguí por la vida cometiendo errores y buscando acomodarlos en la sombra para que no maltraten esa versión perfecta de mí mismo que trataba de construir y que a medida que pasaron los años se fue desmoronando sobre mi cabeza.
Esa mañana de mi infancia me tuve que ir solo en un micro en lugar de acceder a recibir la ayuda de alguien que se preocupaba por mí. Y muchas veces más me autoexilié en el micro de la soledad, mirando cómo todos los carros amarillos del mundo se iban a Punta Hermosa sin mí.
Hace unas noches estuve en aquella esquina de la avenida Grau y me asaltó el recuerdo de esa mañana. Y me sentí más grande, más valiente. Y la 73 que dejé pasar antes de cruzar solo se llevó mi vergüenza, porque desde hace tiempo que elijo viajar en el carro amarillo de la mamá de Mateo, jugando UNO en la maletera.

2 comentarios:

Juan Manuel dijo...

Amigo querido: cuenta con mi carro amarillo cuando lo necesites. Ahorita está en el taller, pero apenas salga, es todo tuyo :-D

Luftmensch dijo...

¡Guanma! :D