viernes, 24 de febrero de 2012

casa

Acá algunas cosas siguieron su rumbo y otras se quedaron dormidas, como esperando que mi regreso echase a andar algún mecanismo oculto que les devolviera vigencia. 
Recogiendo piedritas he llegado de regreso a la puerta de la casa de mis anhelos y también a una casita que dejé abandonada hace tantísimos años. He encontrado paredes cuarteadas porque no hay estructura que soporte ese tipo de pesos y porque me llevé pedazos enteros para mostrar por el mundo cómo era mi casa, esa que me vio y me dejó, esa que me tuvo escondido días enteros en el cuartito de arriba para no ver lo que pasaba afuera. 
En esa casa me he enterado de cosas muy complicadas y también tengo fotos de algún cumpleaños en su jardín, riendo con Martín, Mateo y Miki.
Hay un jardín que sigue vivo y hermoso y eso no puede ser más que un buen presagio. 
Todos hemos contribuido a su permanencia y a su mal estado. Todos hemos sido parte de los cortocircuitos y de las remodelaciones. 
Casi cada domingo la visitamos como a una abuela centenaria y gordísima. Ella nos recibe con su airecito, con el vaivén de su hamaca, con sus rincones por revisar. Ahí nos encontramos todos. De manera irregular e intermitente, sí, pero siempre llega la confluencia. 
Verla así, jodida y radiante, con algunas cuestiones irresueltas, habitada por los Viejos que la han traído abajo y la han sostenido tantas veces, me recuerda que ahí he pertenecido siempre, incluso durante los tiempos en que la negué.
Ella y yo sabemos. No por nada pasan los años. No por nada volvemos.

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