martes, 8 de mayo de 2012

desidere

Esta primera parte del año ha sido complicada. A mi alrededor he visto derrumbes y pérdidas y mi día a día ha estado invadido por una desidia difícil de sacudir. 
Quizá empecé el año con demasiadas expectativas puestas en el destino que me pronosticaba el horóscopo chino, pero me fue difícil rechazar un documento tan prometedor.
Es como si mayo fuese una especie de limbo en el que estoy atrapado y para escalar hacia la claridad es necesario tomar una serie de decisiones nada sencillas. O tal vez simplemente debo ser paciente, contemplar la situación y obtener información que pueda transmutar en aprendizaje. 
Lo que me queda claro es esta necesidad de callar, como si hubiese algo que debo escuchar y para eso tengo que agudizar mis atenciones. Y, también, las ganas de acercar a la gente, a los amigos. Disfruto de tenerlos cerca o de saber que se acerca inevitablemente un encuentro pactado.
Y es que estar rodeado de ellos me recuerda que soy uno más, que todos tenemos algo que nos cuesta demasiado resolver y, sin embargo, seguimos despertando cada mañana y convocándonos a comparecer alrededor de una parrilla y unos chilcanos o una noche de sábado a tres pisos sobre el nivel del mar.
Esta semana la comencé enterándome de que no estoy solo en este recorrido por momentos tan desolado. Me he instalado en este momento de mi vida, en estas circunstancias, y el flujo de todo lo que he hecho, esa ola que a veces me revuelca para sacarme del automatismo, me invita a seguir escribiendo. Parafraseando a Pierre Sansot, escribir no para decirle algo al mundo o poner a prueba mi talento, sino para tratar de acercarme a mí mismo y no "desperdiciarme", y no desperdiciar toda mi existencia.
Con estas líneas busco sentir que despego otra vez.

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