martes, 12 de febrero de 2013

he vuelto a ellos

My body is broken. You have to let me go. 
I go to my fathers, in whose mighty company 
I shall not now feel ashamed.
J. R. R. Tolkien, The Lord of the Rings: The Two Towers

Después de más de quince años volví al cementerio Baquíjano del Callao a visitar la tumba de mi abuela. Una iniciativa de mi padre quien soñó con ella durante la semana y decidió que era necesario ir. También visitamos las tumbas de mis bisabuelos Adán y Excilda, quienes murieron un mismo día, la una en una sala del Rebagliati y el otro, una hora más tarde, estrenando soledades en su casa de siempre.Y a un lado de ellos, mi tío abuelo Hernán, fulminado por un ataque al corazón en un restaurante pocos años después de haberse divorciado.
Mi papá nos contó que era su tío favorito y que la abuela Excilda siempre decía "Hernán se ha casado con una mala mujer" porque se trataba de una actriz de una compañía de teatro itinerante.
Más allá, mi tía Cleotilde, la tía Cotita, que nos regalaba a mí y a Miki chocolates europeos cuya fecha de caducidad ya no se alcanzaba a leer en la vieja envoltura y que mi mamá evitaba que nos comiéramos permutando esas reliquias europeas de cacao por sendos sublimes en buen estado.
Pero volvamos a la tumba de mi abuela. Creo que ha sido la primera vez (ya de adulto) en que he acompañado a mi padre a la tumba de su madre. 
Es una sensación extraña. Verlo recogiendo hojas secas del verde jardincito coronado por la enorme piedra que lo identifica como lugar sagrado para nosotros. Verlo de pie, frente al recuerdo de todo lo que significó y significa su madre. A él, que hace tantísimos años era un ser invencible e infalible para mí.
¿Qué será de mí cuando se muera mi padre o mi madre? ¿Quién de los dos se marchará por delante? ¿En cuál de mis costillas se instalará el palpitar de sus ausencias? ¿Qué podré decirles para que no tengan miedo? ¿Qué cantaré para no tener miedo del nuncamás?
Mi comportamiento no siempre está a la altura de quienes son y de lo que han hecho y han querido hacer por mí. Mi soberbia, a veces, me impide verlos con claridad y volver a decirles lo que he querido decirles durante tanto tiempo.
A veces, lo que digo o hago no refleja lo que siento por ellos, sino vergüenza por no haber entendido un poco antes esto que comienzo a entender ahora. Y entonces peleamos, me gritan porque soy un insolente y yo a ellos porque no tienen problema en ser imperfectos, en no saber, en no poder más. 
Incluso esas veces en que decido recorrer el camino difícil, ellos no me sueltan la mano y nunca les he agradecido esa incondicionalidad.
Ahora que he vuelto a ellos estoy aprendiendo a quererlos sin miedo a equivocarme. Así voy a saber qué decirles cuando llegue el momento, para que ninguno de nosotros tenga miedo, la melodía que ellos me cantaron siempre cuando no entendía que me tenía que quedar sin ellos en el nido, cuando había que ser valiente frente al doctor y su inyección, la inconfesable soledad de la adolescencia, los domingos por la tarde de la extranjería.
Ahora que he vuelto a ellos sé que nunca me dejaron solo.





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