jueves, 27 de junio de 2013

con Nilda, saliendo para el teatro


Ahora mismo tendría que estar escribiendo otra cosa, pero estas letras que en este momento encuentran una rendija me han venido pisando los talones desde hace ya varias semanas. 
Nilda era viejita desde que yo era chico. Ella siempre tuvo el pelo blanco y a mi corta edad eso era evidencia más que suficiente para saber que se trataba de alguien mucho mayor que todos. En realidad nunca supe su edad. Ni siquiera puedo recordar(nos) celebrando su cumpleaños. 
La primera vez en que me subí a un escenario para formar parte de un elenco profesional fue a principios de los años ochenta, en un montaje de Casa de muñecas que dirigió mi padre en la AAA. Yo interpretaba a Ivar y mi hermano Miki a Bob. Éramos un éxito. Sobre todo entre las chicas a las que les parecíamos encantadores con nuestros seis años y esos trajecitos de época. Compartíamos el escenario con Elva Alcandré y aún recuerdo cuando, durante la función, la veía tras bambalinas esperando para entrar a escena y me parecía que era otra persona. También formaban parte del elenco Ivonne Frayssinet, Germán Vegas Garay, Antonio Zevallos a quien le dio un infarto en plena temporada. Todavía recuerdo el gesto del hombre que llegó a darnos la noticia una noche mientras todo el elenco llevaba un buen rato repitiendo la misma frase como una suerte de mantra a destiempo: "qué raro que no haya llegado Antonio". También compartimos escenario con Nilda. Sobre todo Miki y yo porque ella tenía el papel de Ana María, la mujer que cuidaba a los hijos de Nora. 
A partir de esa temporada en la AAA, Nilda comenzó a frecuentar la casa, al igual que Elva, Ivonne y todos los demás. Me acuerdo de una fiesta de carnavales en el jardín de la casa que terminó a manguerazos porque Nilda le salpicó agua con los dedos a alguien. Al final  todos los hombres volvieron a sus casas con ropa de mi papá y las mujeres con ropa de mi mamá, además de sus prendas empapadas en bolsas de plástico.
Nilda nunca dejó de frecuentar la casa. Siempre nos contaba de los proyectos y más proyectos que tenía. Siempre vivía en unas casas enormes. Primero en una que ahora es un instituto, en San Isidro, frente a la Pera del Amor. Luego en un antiguo palacio miraflorino en los altos de un KFC.
Me acuerdo que a veces llegaba a la casa con la plata justa para el pasaje, pero siempre con un chocolate para mí, uno para Miki y uno para Riki (el hermano menor). Cuando Miki y yo crecimos, ella solo le traía chocolates a Riki, por lo que se ganó el apodo de Nilda Chokete, palabra esta última que reemplazaba a "chocolate" en el vocabulario temprano de mi hermano, el menor.
Después se atravesaron algunos problemas. Esos malentendidos que ocurren cuando alguien recomienda a otro alguien que termina no comportándose a la altura de la situación. Y, entonces, el distanciamiento. 
Varios años pasaron sin verla hasta que una tarde fría de junio, ya de grande, la vi entrando a El Peruanito de la avenida Angamos. Le dije a mi papá que parara el carro y bajé a buscarla. Se había pedido una empanada y un café kirma con leche. En esa época había optado por usar el pelo color castaño y se le veía mucho mejor.
Mi mamá llegó detrás mío y, entonces, el reencuentro.
Se comenzaron a ver más frecuentemente, pero eso no significaba mucho. La última visita que hizo a casa fue al cumpleaños sesenta de mi papá, hace ya algunos años. Casi no veía. Esa noche la acompañé a su casa en un taxi. Me contó de su nuevo proyecto, que le urgía tener una conversación al respecto con mi papá, con Ivonne, con Elva. El proyecto ya estaba a punto de concretarse, pero necesitaba hablar con todos, juntarlos a todos, como antes. Me dio su número de celular. Que no me olvide. Como antes. Había que juntarlos a todos. El proyecto estaba casi listo.
Hace unas semanas nos informaron por escrito que falleció el pasado veinticuatro de diciembre.
No puedo evitar sentirme triste cuando pienso en su partida y en la distancia que se había instalado entre nosotros y que nunca pudimos hacer a un lado. 
Ya casi son las cinco y media. Tengo que salir para el teatro. Es todo lo que puedo hacer. Salir para el teatro. Quizá el mejor homenaje que puedo hacerle en esta fría tarde de junio en la que ningún otro proyecto parece importar. 
Y esta vez no olvidarme de juntarlos a todos. Dondequiera que estén. Porque parece que, en el fondo, eso era lo realmente importante para Nilda. Juntarnos a todos y, así, vencer por fin a la soledad.  

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