lunes, 6 de octubre de 2014

a quince años


Un día como hoy, hace quince años, estaba sentado en un ADO camino a Xalapa
El panorama era desolador: a la carretera le faltaban enormes pedazos que el agua había arrastrado en el transcurso de los últimos dos días a causa de la depresión tropical número once, según la versión oficial. No paraba de llover y el chofer hacía malabares para que el autobús pase sin desbarrancarse. 

El viaje, que según me dijeron duraría cinco horas, terminó durando once. Llegué a la ciudad de Xalapa pasada la media noche y me enteré que habían cerrado las carreteras y que mi autobús era el último en llegar hasta nuevo aviso.

Toda la ciudad estaba mojada. Mi maleta también.

Me había subido a un avión casi veinte horas atrás, en el aeropuerto de Lima, con más dudas que certezas y fingiendo no estar muerto de miedo. 
En Xalapa, demasiado lejos como para regresarme al primer ataque de nostalgia o pánico, me esperaba gente maravillosa. Me esperaban, también, una serie de situaciones que viviría y que me transformarían en el tipo que hoy las ve pasar a un pedazo de vida de distancia.

La primera casa en la que me hospedé quedaba al lado de una reserva ecológica, una enorme plantación de café. Mis anfitriones decidieron poner en pausa importantes asuntos que los ocupaban para recibirme, para amortiguarme. Traté de hacer muchas cosas para agradecerles de alguna manera, pero creo que ninguna me salió bien. Todo lo contrario. 
La primera semana ya había chocado el carro y tenía una cuenta por pagar de más de cien dólares en llamadas de larga distancia internacional. Estos dos hechos hicieron que mi tímida bolsa de viaje se viese reducida a su mínima expresión.

Pero no me rendí y quise seguir demostrando mi nocivo agradecimiento. Lo que realmente aprecio de mi amistad con ellos, mis primeros huéspedes en tierras mexicas, es que me siguen queriendo. 

Pocos días después, conocí a dos chicas que decidieron unilateralmente que lo realmente consecuente era llevarme de fiesta por la ciudad. Comenzamos en La Tasca, donde escuché por primera vez el son de aquellas tierras y me enamoré para siempre de su ritmo, de sus letras, del desparpajo con el que se canta. Me acuerdo que jugamos billar en un bar. Me acuerdo que aprendí a bailar quebraditas. Me acuerdo que entramos a decenas de bares porque una de ellas insistía en que quería cerveza de barril. Me acuerdo que me dejaron casi de día en la casa junto al cafetal y que el son seguía sonando en mi cabeza en medio del silencio de la noche en una reserva ecológica.

Me acuerdo, también, que me quedé solo muchos domingos. Estar solo es una cosa, pero estar solo en medio de una tarde de domingo en la que llueve a cántaros es algo completamente distinto. Todo aderezado por la inconmensurable distancia que me separaba de todo y todos los que había dejado atrás. Tenía mis libros, eso sí. Me aseguré de llevarme una maleta entera de libros. Eran los únicos que me salvaban del delirio de la no pertenencia. En la soledad de ese cuarto conocí a José Emilio Pacheco, a Guillén, a Lorca y releí en espiral a Ribeyro, a Rulfo, a Mempo Giardinelli, a Bryce, a Cortázar, hasta que una noche soñé con una voz de mujer que llamaba a los gritos a Horacio y me desperté por el ruido que esa voz causaba no solo en mi sueño, si no que también fuera de él.

Entonces decidí creer que en esa ciudad me esperaba mi maga. Que esos lugares que todavía no me atrevía a recorrer llevaban años esperando mi llegada, el cotejo, con una alta propensión al milagro.

Y, después, los hermanos. Esa gente que aparece ante uno e inmediatamente te das cuenta. Así, fui llegando para desembocar en un entrenamiento actoral de un año en el que aprendí más de lo que pensé que me permitiría aprender. Todavía hay tardes en que me siento en la terraza y cierro los ojos para verlos y verme, sentados en el suelo, confrontándonos, transparentes, hermosos. Hoy todos estamos repartidos por aquí y allá, pero también todos habitan aquí, conmigo. Ahora lo sé como esa noche en que escampó y abrí la ventana para que me llegue el olor que deja la lluvia tras de sí. Entonces, como si hubiese estado esperando a que me asome, se encendió la primera luciérnaga de mi vida ante mis ojos. Y, en su luz, descubrí a aquellos que había dejado en el sur poblando ese mismo páramo en el que esta noche acampo.

También encontré familias que decidieron hacerse cóncavas y contenerme en la tibieza de sus detalles, de sus confianzas; encontré demonios sin nombre que han vivido conmigo desde siempre; encontré calles que subían, empinadas, solo para volver a bajar; escenarios de tierra y sin techo, inmensos salones de clase que no se terminaban de llenar; andenes de estaciones en las que no me esperaba nunca nadie; caminatas nocturnas, bordeando el lago, al final de una función.

Recuerdo, al azar, la casa comunitaria de la calle Alvarado; el frío al bajarse del autobús que llega antes de las seis am al DF, las clases de jarana en el taller de Ramón, en el Patio Muñoz; el café de las mañanas de primavera en el balcón de mi departamento; la Navidad comiendo sushi y viendo la trilogía de El Señor de los Anillos en un televisor que solo funcionaba si estaba de cabeza; los viajes al alba rumbo a Carrizal, el profesionalismo y el cariño de los dueños de la lavandería de El Dique; las enfrijoladas de La Sopa, siempre bien tarde; manejar un carro ajeno tarareando El Cascanueces a gritos; a mis alumnos del taller de periodismo y del taller de juego dramático; las madrugadas jugando Age of Empiresfingiendo que en el Teatro J. J. Herrera no hay fantasmas o contándole a la gente cómo era mi casa.

También extraño a la gente que pasó por esos once años de exilio voluntario y que se fue pero también se quedó. Yo entre ellos. 

Todavía los recuerdo mientras persiste en mí el vaivén de esos sones.

Hoy, a quince años de distancia, los abrazo.



No hay comentarios: