sábado, 9 de enero de 2016

un viaje

"Ten siempre a Ítaca en tu mente. 
Llegar allí es tu destino. 
Mas no apresures nunca el viaje. 
Mejor que dure muchos años 
y atracar, viejo ya, en la isla, 
enriquecido de cuanto ganaste en el camino 
sin esperar
 que Ítaca te enriquezca."
K. Kavafis

Hace veinte años me di cuenta de que quería irme. No sabía bien a dónde. Quizá fue un deseo inconsciente de escapar, pero la cosa es que quería irme. Había pasado tres años de mi vida viajando por trabajo.

Mi primera huida fue a los Estados Unidos. Tener familia allá hacía el plan mucho más viable y, de paso, me quitaba el peso de esa inminente e inconsciente necesidad de hacerme responsable de mi vida.

Inconsciencia. Gran parte de esos años los viví en un estado en el que me inventaba tareas imposibles para estar muy ocupado llevándolas a cabo y poder culpar a todo el mundo de mis frustrados intentos de ser feliz, de crecer, de tomar una postura.

Ese primer intento de emancipación no fue más que una suerte de extensión del cordón umbilical. Vivía en casa de mis tíos en donde no pagaba un centavo por nada, me dedicaba a escribir líneas intrascendentes pero con tono erudito y devoraba cantidades impúdicas de brie y coca cola. No hacía más. Según yo, quería estudiar en FIU pero lo único que hice al respecto fue presentar el TOEFL y averiguar que debía esperar seis meses para cambiar mi estado de turista al de estudiante, idea que hasta hoy me parece, también, una invención de mi miedo a fracasar.

Una tarde de tormenta decidí rapar mi melena de Lion-O y regresar a Lima. Así volví: como me fui. Solo que con la cabeza rapada.

Tuvo que pasar un tiempo más para emprender una nueva partida, una que me instalaría por más de una década en México, donde me convertí en el tipo que soy ahora. No sé si eso está mejor o peor pero, sin duda, me ha dado mejores resultados.

Allí conseguí otro trabajo gracias al que viajé mucho, esta vez haciendo lo que más me gusta: teatro. Hicimos funciones en teatros abandonados habitados por murciélagos, en plazas públicas sin pavimentar, en patios de escuelas rurales, en cines viejos, en pabellones infantiles de hospitales, en festivales, en salones de clase, en Casas de la Cultura. Cargamos escenografías y vestuarios en aviones, en autobuses, en las tolvas de camionetas, tiramos dedo en las carreteras; comimos en los comedores comunales, recibimos diplomas firmados por alcaldes de municipios difíciles de pronunciar, escuchamos discursos de funcionarios de gobiernos que hablaban sobre la importancia de la cultura, como no; dormimos en hostales, en colegios, en cuartos húmedos, en camas polvorientas, en suelos fríos; comimos garnachas, chiles rellenos y tacos dorados hasta hartarnos; fuimos celebridades fugaces en lugares perdidos, se nos llamó 'artistas' extendiendo los brazos hacia los lados al pronunciarlo.

Ese viajar no para llegar sino para vivir el trayecto y aceptar el cotejo con los demás me enseñó a mirar hacia dentro.

Esta semana, Patricia y yo recorrimos un largo camino, cargado de un simbolismo especial para nosotros. Al final del trayecto nos esperaba un pueblo que parecía pintado por Hopper, un faro, los mejores bagels que he comido en mi vida y una playa helada. Nos sentamos en una banca frente al faro, donde el camino termina en una inexorable vuelta en U que te regresa al lugar de donde viniste. Yo cebé unos amargos para mí porque a ella el mate no le gusta. Corría un viento helado. Y ahí estuvimos un rato, contemplando el paisaje sin decirnos nada.  

Recuerdo una tarde, hace muchos años, en que viajaba en autobús desde Orizaba a Zongolica, en la sierra del estado de Veracruz. Yo no podía dejar de mirar por mi ventana y me sentía conmovido por la belleza del camino. Hay un término en japonés, mono no aware (物の哀れ), que describe la capacidad de conmoverse, de sentir cierta melancolía al contemplar lo efímero.

El camino es hermoso y pasaba ante mis ojos, quedándose atrás y dejando en mí una melancolía intensa. Es importante contemplarlo porque, brevemente, nos habla de nosotros mismos, de nuestra belleza.

El camino me enseñó sobre consciencia. Contemplando el camino aprendí a quererme como soy y a hacer lo necesario para ser quien quiero ser. 

Hace veinte años descubrí ese impulso que me ha traído hasta aquí, que me seguirá llevando por rutas que me invocan con una voz antigua, que me invitan a calmar el paso y a mirar por la ventana para verme hacerme adiós con la mano.

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