sábado, 16 de abril de 2016

Los ochenta de mi tía Picha

Mi tía Picha cumplió hoy ochenta años.

Ella vivió, en su juventud, una temporada en Buenos Aires. Una temporada que la marcó tanto que, durante los años en que vivimos en su casa, nos pasábamos juntos largas horas sentados en la cocina fumándonos sus Salem mentolados y contemplando esos recuerdos porteños que renacían en su mirada perdida en otros tiempos.

Siempre me ha gustado querer a mi tía Picha porque no se deja querer. Cuando la abrazo efusivamente, se limita a darme un par de palmaditas en el hombro. Las veces en que le he dicho lo que la quiero, me ha respondido con un "ya, cojudo", tan suyo cuando no sabe cómo decir que algo que alguien hace por ella le gusta o la hace feliz.

Hoy cumplió 80 años y le han tomado fotos con los primos, con los sobrinos, con todos. Ella muy bien sentada, con un gesto neutral y la gente diciéndole 'sonríe, Picha'. Ella parece no escucharlos pero yo sé que no le importa. Como para que dejen de decirle, comento en voz alta que mi tía Picha sonríe por dentro. Y escucho a alguien por ahí que dice 'es verdad'.

Como regalo sorpresa, le han traído a una pareja que bailó tangos y bailó milongas. Hoy la he visto mirar, encantada por esa música que la transportaba, a pesar de su resistencia, a esos días que la marcaron y que habitan el cajón feliz de su historia.

He visto en sus ojos la melancolía de su temporada argentina, del golpe del humo de sus Salem mentolados, de sus cafecitos con leche evaporada, de sus castañuelas flamencas. 
La he visto cotejar esos recuerdos con el que nacía hoy: su hija Claudia tomándole fotos con sus primos, su hermana Mónica dándole la sorpresa del tango, su nieta Daniela animándola a bailar y su nieto Alonso mandándole besos por FaceTime. 
Y todos los demás, sus sobrinos, sus amigos de toda la vida. 

Hoy cumple ochenta años y yo pienso en escribirle algo mientras la miro bailar tango. Y me acuerdo que casi no tengo fotos con mi tía Picha.

Le pido que pose conmigo para un selfie y yo sonrío un montón porque sé que ella sonreirá por dentro.

Y, así, en el día de su cumpleaños ochenta, mi tía Picha me hace este regalo. Esta sonrisa por fuera vivirá en mi recuerdo siempre. 

Le digo que la quiero y me sonríe de nuevo, en lugar de decirme "ya, cojudo".


1 comentario:

Anónimo dijo...

Hola Joaquín! Gracias por compartir tu blog. Le he dado una ojeada y me he detenido en los artículos relacionados a las personas cercanas a ti. Tu sentir se puede evidenciar a través de tus palabras. Tus narraciones invitan a recorrer los lugares de los que haces mención. Te felicito por la iniciativa y sobre todo por inculcar en los alumnos el amor por el arte y la cultura. Felicidades!