jueves, 8 de diciembre de 2016

Hola, profe

Hay algo profundo en mi relación con los alumnos. Hay algo de mí en cada uno de ellos. Frente a ellos, me encuentro con el que fui cuando tenía trece o catorce, cuando no sabía cómo decirle lo que quería decirle a la chica que me gustaba, cuando el mundo visto a través del filtro de mi emociones era un cúmulo indescifrable, cuando me sentía solo como solo un adolescente puede sentirse.
Tuve la suerte de estar rodeado, en parte, de un mundo adulto que me marcó un norte prometedor. Creo que fue por esa época en que me di cuenta de que quería ser profesor. 
Supongo que fue por la admiración que sentía y siento por esos mis profesores, por su manera tierna y directa de confrontarme, de reír conmigo, de ser papá/mamá, amigo (a), una mezcla de muchas cosas. En suma, de no soltarme.
A veces me pregunto cómo pude sobrevivir a mi caótica adolescencia y creo que la respuesta está en mi ámbito escolar, en mis profesores, en su serenidad.
He sido profesor de historia, inglés, literatura, historia del arte, entre otros tantos temas y siempre he disfrutado el proceso porque la materia se vuelve un excusa para el cotejo, para ofrecerles un espacio de mi mundo adulto y recibir la oportunidad de verme en ellos, falible, indagador, recordándome y comprendiéndome. 
Está tarde me encuentro con una alumna frente al helado de pistaccio de 4D y me lleno de una luz al verla. 
Ella me dice 'hola, profe'. Y yo me quedo pensando en Constantino, en Fabián, en Cecilia, en Fito y Arnaldo, en Mónica y Silvana, en Javier, en Raúl, en Wili, Susy, Miguel, Lili, Jorge, en todos. 
Ellos me enseñaron a querer ser una mejor persona. Un profesor como ellos.