lunes, 27 de noviembre de 2017

estrategias

Anoche tuve un sueño de aquellos que son muy difíciles de contar porque están llenos de arbitrariedades anti narrativas. Mucha gente en ellos, de distintas épocas de mi vida, y yo allí, tratando de estar a la altura y evidenciando todas mis carencias, mis ausencias, todo yo vulnerable y falible. 

Me desperté angustiado. Hice un poco de ejercicio porque la panza a comenzado a notarse de manera casi escandalosa. Me di un baño y salí de casa comiendo una manzana. Manejé escuchando un poco de la música que me gusta y no me hice mala sangre por el tráfico. 

Llegué a dar clases con la emoción de siempre, vi los ejercicios de mis alumnos de sexto grado y reí con ellos. 

Sin embargo, la angustia no se va. Esta sensación como de mal presagio que nace en el pecho y se extiende, si la dejo, hasta habitarlo todo. Recuerdo sentirla desde que era niño, solo que en esa época todo era mucho más solitario porque no sabía bien cómo etiquetarla ni qué hacer al respecto.

Aunque hoy mis estrategias no han servido de mucho, hay una certeza que me hace sentir a salvo o al menos no tan solo. Los otros, mis otros. Esos prójimos que han decidido quedarse y que con su sola presencia me recuerdan quién soy detrás del velo de la pesadilla de anoche. 

Por un lado está ella que es buena y me ama y le da sentido a las cosas que tengo que hacer y que a veces no sé por dónde empezar.

También está la familia que desde su brutal amor está de mi lado contra todo presagio.

Y los amigos. Los que están aquí cerca y de los que me ha separado el tiempo y la distancia. Ellos son un poco yo y quererlos es, también, una manera de quererme.

De esta última estrategia me agarro cuando todo lo demás parece fallar. Son los otros los que me me ayudan a rearmarme con su existencia. Desde ellos, a partir de su presencia o su recuerdo, recuerdo el sabor de la manzana que estaba comiendo esta mañana y la música acompaña llena de imágenes claras.

Desde aquí los abrazo. Porque solo su amor me salva cuando el hundimiento parece inevitable.




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